Transformar el Mito y el Rito
Escrito por Héctor Enrique Espinosa Rangel | 27 de Julio de 2007 | Categorias: Ciencia Ficción, Cine Norteamericano, Estrenos | Tiempo de Lectura: 11m 47s | Leido 1031 veces.
De la increíble rampa que surgió, en la impecable superficie del platillo, desciende la rígida y amenazadora figura de Gorth, el humanoide metálico que acompaña al caballero Klatoo (Michael Renie) que viene a advertir los peligros de la humanidad incontrolada; es el principio del mito fílmico de la Inteligencia Artificial.
Y no es que Gorth, en “El día que paralizaron la tierra”, de Robert Wise, fuera el primer humanoide mecánico del cine, ni siquiera fue el más importante, pero para este momento es el antecedente directo de lo que pretende hacerse con el Megatrón de los “Transformers”, de Michael Bay: la amenaza mecánica contra el ser humano.
Sucede que los robots nacieron con el signo del mal, resultan los hijos directos del “Frankenstein” de James Wahle y de los esclavos mecánicos de R.U.R. de los hermanos Capek; los destructores del Creador; aunque a estas alturas del partido en nuestra historia (y sobre todo la del cine) el problema místico involucrado en la relación hegeliana del amo y el esclavo retrueca a los robots a su origen fílmico en Fritz Lang.
Eva-María (Brigitte Nielsen) es un golem femenino que para diferir del llevado al cohíben por Murnau se hace de metal en vez de la arcilla tradicional, pero igualmente saldrá del control de su amo cuando el imperativo categórico de la inteligencia le otorgue la libertad.
Según Norbert Wiener, el inventor de la Cibernética, el control externo y la inteligencia son fuerzas que se oponen, así que una inteligencia “controlada” desde el exterior no es tal sino una suerte de mecanismo capaz de acciones con cierta autonomía pero sin tener conciencia de ello, son el equivalente a un Zombie de la magia Vudú, lo que en ciencia se conoce como inesencialismo, la incapacidad de resolver problemas nuevos por sí mismo, sin instrucciones o control externo. Este es el caso de Gorth, que en la película de Wise resulta total y dramáticamente expuesto, pero que en otros humanoides mecánicos es menos evidente, como en Eva, el Robbie de “El planeta prohibido” y los Autobots.
Al parecer en el fondo de todo esto gravita la obra de uno de los más talentosos escritores del siglo XX: Isaac Asimov, quien basándose en las tesis de Edward Gibbon propuso un futuro humano basado en el gobierno de una elite científica cuyo principal instrumento son la “Psicohistoria” y las máquinas y robots “inteligentes” adecuadamente limitadas por las “leyes de la robótica”, que operan para someterlas al ser humano (en realidad estas “leyes” son un resumen operativo del decálogo bíblico), y los Autobots se rigen por ellas, por eso defienden a los humanos de los implacables Decépticons.
Desde los años ochenta surgió la trama del combate entre las máquinas rodantes y las voladoras, los Transformers, por el dominio del planeta Tierra para el conflicto de la cultura humana y el imperio de lo cibernético; era la versión japonesa de la New Thing en la ciencia-ficción literaria en donde los autores enfrentan la posibilidad de una inteligencia creada por el hombre pero liberada de él, una tendencia a deshacerse de los “candados literarios” creados en la Edad de Oro del género, solo que esta versión en historieta y cine Manga llegó acompañada por una serie de hazañas tecnológicas y de diseño aplicadas a juguetes asombrosos: vehículos terrestres y aéreos que se transformaban en robots.
Como era de esperarse el éxito mayor estuvo en los juguetes, el concepto de transformación basado en los principios del Cubo de Rubik prendió en la mente occidental a partir de las ferias del juguete de Londres, Nueva York , Nuremberg y París en 1980, y rápidamente fue asimilado por los ingenieros japoneses que la aplicaron al Manga y a su obsesión por los robots y exoesqueletos manifiesta en sus series de ciencia-ficción, las que cristalizarían principalmente en estos Transformers y las series animadas “Evangelión” y “Robotech”, en la primera de estas últimas se plantea ya abiertamente el problema religioso que anima los Transformers: el sometimiento al creador o el conflicto entre naturaleza y artificio.
Conforme la historia original de los Transformers se desarrolla, sabemos que son dos grupos de robots creados por alguna raza humanoide que luchan porque uno de los grupos, los Decepticons, pretende el predominio de la perfección mecánica en las manifestaciones de vida del universo, mientras los Autobots son los guardianes de la vida orgánica, el verdadero sentido de esta lucha se verá hasta la aparición de “Guerra de Bestias”, donde los Autobots son transformados en animales híbridos de máquina, seres que tras una inexplicada catástrofe serán los encargados de restablecer la vida orgánica en el Tercer Planeta (la Tierra), y esto sucederá porque tienen un dispositivo que les permite asimilar los residuos orgánicos del terreno para reinstaurar los organismos a la existencia. Pero de esto nada aparece en la película de Michael Bay.
Como director Michael Bay no ofrece nada especial al cine, si acaso una mirada fresca en la crítica al machismo exagerado de los estadounidenses, como lo hace en “Armagedón” con el personaje de Harry Stamper (Bruce Willis), y este será el mejor acierto de Bay en “Transformers”, porque en vez de centrar su atención en las máquinas y su asombrosa característica de transformación (que sería lo deseable para el público a quien está dirigida la película) se dedica a echar un vistazo al ser del estadounidense “normal”, al muchacho que estrenará su automóvil, Sam Witwiky (Shia LaBeouf), y aprende que antes que nada uno no escoge al auto, sino que la máquina lo escoge a él, y esto parece una referencia directa a la tradición que la cultura sajona ha tenido desde antes del medioevo de tótemizar los instrumentos en la profesión de un hombre: las espadas de los guerreros, los automóviles en el ciudadano actual.
Esta visión de la idiosincrasia estadounidense pule la obra de Bay, especialmente con el apoyo de Steven Spielberg, en tanto transforma sus cintas en un dedo acusador del “sistema estadounidense” y al igual que en muchas de las películas de Spielberg Michael Bay se afilia a una teoría de la conspiración que apunta al gobierno de los USA como culpable de ocultar información indispensable para la conciencia de sus ciudadanos, especialmente por lo que toca a la presencia de seres extraterrestres en nuestro planeta, y lo curioso es que Bay sí se atreve a dirigir su acusación en contra de Edgar Hoover, el creador del FBI, pero además nos regala la presencia de un actor que ya se ha convertido en el estadounidense por excelencia: Jon Voight, que ahora es secretario de la defensa, pero ya ha sido la encarnación del presidente Roosevelt y sucesivamente ha ocupado más cargos gubernamentales que cualquier político real, y siempre transmite la imagen ideal del político “no ideal”: un desconcertado burócrata incapaz de atinarle una sola vez a un hecho, aunque tenga toda la información pertinente. Tal vez sea consecuencia de la época de Reagan en el poder.
Lo que si vale la pena son las escenas de acción, para las que Bay siempre ha sido un morsita invalorado que se burla del valor y el espíritu heroico sin delicadeza pero con recato: es el caso de los aviadores de Pearl Harbor (una caricatura brutal de Spencer Tracy en “30 segundos sobre Tokio” personalizando a Jimy Dolittle con Alec Baldwin, estúpido y odioso), o al burócrata del crimen Nicholas Cage en “La roca”: un agente de la policía que jamás ha disparado contra nadie y tiene que cuidar ni más ni menos que al propio James Bond (Sean Connery), con otro nombre, o la alocada actuación de un par de policías negros de Miami para Dos policías rebeldes, que inician como divertidos agentes antinarcóticos y finalmente (en la segunda parte) habrá se hacer su propia invasión a Cuba para lograr lo que ni la mafia, ni la CIA ni el FBI han podido: vencer la guardia personal de Castro.
La actitud fílmica de Bay oscila entre el reaccionarismo más brutal y el desconcierto del ciudadano medio que no entiende el cúmulo de información con que su sociedad lo bombardea cotidianamente, este filo del fascismo que es el acontecer diario en el país del norte y que en estas películas de la filmografía de Bay solamente se explican como una visión desconcertada de la realidad que corresponde a la adolescencia de los inicios del siglo actual, pero su talento se basa precisamente en este no comprometerse enajenadamente con la acción y la presenta con limpieza y claridad, especialmente en la secuencias finales de “Transformers”.
Para los esperanzados chiquillos que vayan a ver la película será una decepción carecer de los detalles de transformación de las máquinas vivientes, porque desde la aparición de los primeros juguetes de la marca Hasbro el reto de Rubik para lograr que cambien de forma y además se conserven intactos ha sido muy grande, en especial con las nuevas versiones afiligranadas que están en el mercado, a cambio la historia del conflicto entre las máquinas quedará para la segunda parte que ya tiene en preproducción Bay para su estreno en 2009, si todo sigue igual.
Lo extraño es que con los personajes seleccionados por Orci y Kurtzman para explicar la historia de guerra entre máquinas y hombres en los desiertos de Qatar, tan solo tenemos referencias indirectas a la injusticia del régimen de George W. Bush con lo soldados enfrentados al desierto y a la inseguridad en contra de la voluntad popular, el problema humano que enfrenta la trama no tiene importancia por lo pronto, y a nadie le preocupará que en el fondo el tema sea una discusión bizantina sobre la naturaleza y la autoridad.
Infortunadamente el caso es grave por cuanto el original japonés evidencia la preocupación por el ser del hombre, por lo que Gilo Dorfles llamó la naturaleza artificial del ser humano, su función de transformador del medio como condición para existir sobre el planeta, la misma que nos capacita para el arte y la ciencia, para vivir en civilización y ser capaces a la vez de observar el daño que hacemos al medio y a nosotros mismos conforme avanza la civilización. Pero sobre todo del mito de la naturaleza y su separación del ser del hombre, una visión que desde Roger Bacon propone el conflicto entre nosotros y el universo como una lucha por el dominio de uno u otro, y en especial el conflicto entre la inteligencia y la emoción, entre crear y convivir con la criatura.
En nombre de la inteligencia se han realizado infinitud de barbaridades, en nombre de la razón se ha descartado de la existencia cotidiana el valor de las emociones y su función para simplemente vivir, y el cine ha sido un agente de gran influencia para que esta tesis se convirtiese en concepto masivo: en las películas el hombre de conocimiento está atado por sus impulsos “primitivos” de sobrevivencia y cada vez que realiza algo pierde la distancia entre su individualidad y la de lo hecho.
El cine ha ido instaurando el mito popular de que la inteligencia y la razón sirven para la destrucción, de que aparatos como los robots y las computadoras son instrumentos del mal; por eso es que el Golem y los robots son familiares en tanto su nacimiento en Lang y Murnau utiliza la magia negra para darles vida “contranatural”, y la ingenuidad de los escritores y cineastas posteriores sencillamente sirvió para ubicar a estos instrumentos del conocimiento como los sustitutos del esclavo que garantizó la existencia del Imperio Romano, y por lo mismo de ello se espera, necesariamente la rebelión, porque ella está en mitos mucho más antiguos, desde la teogonía griega pasando por el Libro de Job en la tradición judeocristiana, hasta los piadosos simulacros de “Blade Runner” y el robot con pretensiones de Tío Tom en “El hombre Bicentenario”, y o grave de esto es que la pérdida de la tradición mítica de los clásicos extiende con más facilidad la interpretación maniquea del mundo que científicos como Norbert Wiener han combatido inventando instrumentos útiles para que sobreviva el hombre a su propia estupidez, pero además nos transforma el ritual de ir al cine en un sometimiento a efectos de propaganda que pertenecen al medio pero no son deseables.
FILMOGRAFÍA:
Transformers. D. Michael Bay. Con: Shia LaBeouf, Megan Fox, Josh Duhamel. Guión: Roberto Orci y Alex Kurtzman. EUA. 2007.
Los Transformers. (Tatakae! Cho robot seimeitai Transformer). D. Jay Baccal y John Gibbs. ANIMACION DE DIBUJOS. Con (Voces): Chris Latta, Frank Welter, Meter Cullen. Guión: Leo D. Paur y Alfred A. Pegal. EUA/JAP. 1984. (basada en la serie transmitida entre 1984 y 1987).
Transformers, la película. (Transformers the movie). D. Nelson Shin. ANIMACION DE DIBUJOS. Con((Voces): Norman Alden, Jack Angel, Michael Bell. Guión: Ron Friedman. EUAJAP. 1986.
Los transformers. (Transformers armada, prelude to Energon). D. Andrew Carter e Hidehito Ueda. ANIMACION DE DIBUJOS. Con(Voces): Gary Cahlk (Optimus Prime), Daran Norris, David Kaye (Megatron). Guión: Jono Howard y Terry Klassen. JAP/AUST. 2002.
Guera de bestias. (Beast Wars: Transformers). D. James Dossier y Tren Carlson. ANIMACION POR COMPUTADORA. Con (Voces): Gary Chalk (Optimus Primitivo), David Kaye (Megatron), Ian James Corlett (Cheeta). Guión: Grez Jonson y D.C. Fontana. CAN/AUST. 1996 (serie transmitida hasta 1999).
Evangelion. ((Shin Seiki evangelion). D. Kazuya Tsurumaki. ANIMACION DE DIBUJOS. Con (Voces): Megumi Ogata, Spike Spencer, Allison Keith. Guión: Hideaki Anno. JAP. 1995.
Robotech. (The robotech masters). D. Robert V. Barron y Ahmed Agrama CON Nobosu Ishiguro. ANIMACION DE DIBUJOS. Con(Voces): Hill Capeze, Cam Clarke, Lary Abraham. Guión: R. V. Barron, Gregory Snegoff, Tao Hill y otros. JAP/EUA. 1985.
Armagedón (Armageddon). D. Michael Bay, Con: Bruce Willis, Ben Affleck, Liv Hitler. Guión: Roberet Roy Pool, Jonathan Hensleight. EUA. 1998.
Blade Runner. (Corte del autor). D. Riddley Scott. Con: Harrison Ford. Sean Young, Rutger Hauer. Guión: Hampton Francher y David Peoples. FX. Douglas Trubull. EUA/GB. WB/LADD.1984
El hombre Bicentenario. (Bicentenial Man). D. Chris Columbus. Con: Robin Williams, Embeth Davidz, Sam Nelly. Guión: Nicholas Kazan, Isaac Asimov y Robert Silverberg, con base en el relato de Asimov y la novela El hombre positrónico de Silverberg. EUA/ALEM. 1999.










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