El Cartero Llama Dos Veces a Lana Turner
Escrito por Gustavo Arturo de Alba | 19 de Julio de 2007 | Categorias: Actores y Actrices, Cine Norteamericano, Cine de Siempre en DVD, Policíaco, Que ver en TV | Tiempo de Lectura: 10m 31s | Leido 1884 veces.
“Una mujer no hace nada por sí misma, necesita seducir al hombre para que ejecute sus deseos”
Stendhal
“No tengo interés en la violencia. Hay más violencia en “Macbeth” o en “Hamlet” que en mis libros. Yo escribo historias de amor”.
James Cain
“El Cartero Siempre Llama Dos Veces” (The Postman Always Rings Twice) es la primera y, quizá, la más célebre novela de James M. Cain, la cual ha sido llevada a la pantalla en varias ocasiones, algunas de ellas reconociendo la procedencia de la historia y en otras ignorando la “inspiración”. En 1939 Pierre Chanel la filmó en Francia con el título “No Desearás la Mujer de tu Prójimo” (Le dernier tournant). En 1942 Luchino Visconti hizo una versión “no autorizada”, por la simple y sencilla razón de que no pagó los derechos de autor, conocida en Italia como “Ossessione”. Aunque no se considera entre lo mejor de ese gran director italiano, es indudable que en ella ya encontramos rasgos de su gran estilo, sobre todo en el tratamiento de las forma ligadas al neorrealismo como en “Rocco y Sus Hermanos”. La MGM bajo la dirección de Tay Garnett y con las actuaciones de Lana Turner, John Garfield y Cecil Kellaway realizó “El Cartero Llama Dos Veces” (título con que se estreno en México, prescindiendo del SIEMPRE) (The postman always rings twice). En 1970 Emilio Gómez Muriel se “inspiró” en la novela, para realizar una grotesca y risible versión con Isela Vega y Jorge Rivero, coproducción mexicano – argentina, la cual pasó como “Basura Humana”, pero bien pudo haberse titulado “Basura Fílmica”. Tenemos también la versión realizada en 1981 por Bob Rafelson, con Jack Nicholson y Jesica Lange, exhibida con el nombre de “El Cartero Siempre Llama Dos veces”, siendo junto con la Tay Garnett las adaptaciones más conocidas por ser indudablemente, las mejores y más fieles a la obra, aunque con ciertos matices y diferencias, entre una y otra, sobre todo en el sentido de que Rafleson pudo ser más explicito y violento en sus escenas de sexo y erotismo. Hay buenas referencias de una versión húngara realizada en 1998 por Gyorgy Fehér titulada “Szenvedély” que pasó en el Festival de Mar de Plata, con el título de “Pasión”, cuya principal característica, según algunos críticos, es su extrema diferencia en el acercamiento a la obra, con las versiones ofrecidas por Hollywood. Pero vamos a platicar, en esta ocasión, de la versión de 1946 que será proyectada en el canal TCM Classic Hollywood, este viernes 20 a partir de las 20.00 hrs. (tiempo de México)
Desde la aparición de la novela en 1934, la Metro Goldwyn Mayer adquirió los derechos para cine, pero la Oficina Hays (o sea la Censura), se opuso a que se realizara con toda su crudeza y realismo esa historia, sobre la mujer que alienta un crimen, en donde el sexo y la ambición de dinero se entremezclan, para justificar los deseos de eliminar al viejo marido de Cora (Lana Turner).
James M. Cain exploró muy hondo las “bajas pasiones” de sus personajes, presentándolos en una situación económica específica, como podían ser los años treinta… los años de la depresión económica. Con esto le dio un contexto social al eterno conflicto del triángulo amoroso, al presentarlo en forma descarnada y con pocos atenuantes o coartadas morales, a la manera tradicional de otros autores, al buscar las razones del ser de sus personajes, en cosas tan cotidianas como la necesidad de dinero. Al grado de que en un momento se vea, como algo legítimo, el deseo de Cora de deshacerse de su marido, al cual se ligó, a través de la permisible “prostitución marital”, según el lenguaje de las feministas de los ochentas.
Durante 10 años la censura se negó a autorizar la filmación de la novela, pero en ese mismo lapso, el cine comenzó, a través de las películas policíacas y algunas comedias mundanas, a ir presentando temas “fuertes”, en donde la audacia de los cineastas fue aumentando de tono. Es obvio que la misma II Guerra Mundial, con el relajamiento de costumbres que propició en los Estados Unidos, contribuyó a la apertura de la Censura, en esos años.
El Crimen Pasional Al Alcance de Todos
Claro está que ahora muchas de las “virtudes” de la versión protagonizada por Lana Turner, suenan ridículas e ingenuas. Pero en 1946 ese erotismo a flor de piel que brotaba de la actriz, con su sola presencia, casi siempre vestida de blanco, fue lo suficientemente inquietante, para los espectadores de aquella época, como el actor Robert Taylor quién después de salir excitado de una proyección del film con la turbadora presencia de Lana Turner expresara: “por la que un hombre arriesgaría cinco años de cárcel por violación”. A su vez un publicista se atrevió a sugerir el “slogan” de “Si usted la hubiera conocido, hubiera hecho lo mismo”, al salir de una exhibición privada, donde había quedado sumamente impresionado, por la sugerente belleza de Lana Turner. El “slogan” no fue autorizado por la censura, pero el paso de los años, no ha quitado un ápice a la gratificante presencia de la Turner, en el papel de Cora, sin lugar a dudas el más recordable de esta actriz, secundada adecuadamente por John Garfield en el rol de Frank Chambers, el desempleado que llega a una gasolinera y restaurante, en medio de la carretera que conduce a Los Ángeles, respondiendo al anuncio de “Se busca hombre”.
El letrero es ya la primera alegoría significativa que utiliza el director Tay Garnett, quién a partir de ellas fue encontrando la manera de burlar a la censura, para dinamizar las imágenes y poder mostrar la pasión manifestada en forma directa en la novela. “Se busca hombre” porque el vejete griego, dueño del restaurante, lo precisa como ayudante del negocio, pero Cora, su joven esposa, necesita un macho.
Es ya clásica en las recopilaciones del erotismo en el cine la manera en que Chambers conoce o mejor dicho descubre a Cora, la cual Marta Belluscio en su libro “Las Fatales ¡Bang! ¡Bang!” nos la narra así: “En la secuencia del encuentro fatídico, la cámara sigue un lápiz labial que rueda por el suelo y sube a con los ojos del protagonista por el calzado topolino, las piernas embaucadoras, el conjunto de short, top y turbante blancos. Una mujer tan nívea y quieta como una estatua. Al erotismo, la obscenidad y la ambición, Cora los demanda con la mirada. El anzuelo asocia pureza y pecado”.
Poco después Cora le dirá a Chambers “La mejor manera para que mi marido no lo despida será hacer lo que yo le mande” estableciendo claramente las diferencias y quién llevará el control de la situación y la relación. Garnett insistirá a través del fuego, ya sea el de la llama de la estufa, las chispas de la comida, lo luminoso del letrero que anuncia la ubicación del restaurante, la forma de encender los cigarrillos, todo ello será una alusión a la ardorosa pasión carnal irrefrenable que va emergiendo entre Cora y Chambers, hasta convertirse en algo vital y necesaria la eliminación del griego Nick (Cecil Kellaway), para vivir a plenitud los amantes su ardiente relación, los cuales llegan a cometer, aparentemente, un crimen perfecto, aunque de manera irónica, encontrarán su castigo. La censura, agregaría, que justo, por esos afanes moralizantes de que nadie debe escapar de la justicia, a pesar de que la terca realidad nos diga otra cosa; pero en el cine siempre reciben su merecido los malhechores, aunque de unos años para que, es mejor decir que casi siempre, al aceptar que en algunas ocasiones burlan la acción de la justicia.
La narración en primera persona, como parte de los recuerdos de Frank Chambers, remarcan la aseveración de James Cain en el sentido de escribir historias de amor, independientemente de la sordidez del desarrollo y fatalismo que envuelve a Chambers, el cual llevado por su pasión por Cora, esta dispuesto a ser conducido a la silla eléctrica, por un crimen que no cometió, con tal de volverse a reunir con su amada, en un cielo prometido.
Efectivamente “El Cartero Llama Dos Veces” es más una historia romántica, delirante y excesiva, de ese amour fou tan caro a los surrealistas, no siendo casualidad que la consideraron, a la novela, como una fiel representante de su concepto del “amor loco”, con unos amantes atrapados en un destino fatal, teniendo sólo el ensueño como escape a esa terca realidad, que se contrapone a su felicidad.
Para terminar no resisto la tentación de volver a recurrir a esa interesante crítica chilena, avecindada en España y hacer una extensa cita de su libro: “Comida y Cine: Placeres Unidos”: “Muérdeme, muérdeme, cómeme’, pedía Cora en la novela de James Cain ‘El Cartero Siempre Llama Dos Veces’. La mujer incita al amante que asesine al marido –el crimen queda impune-. Tay Garnett, maniatado por la censura, sacó partido al máximo de las alegorías para suplir la pasión franca de la narrativa. Cora-Lana Turner cocina para los clientes de la fonda adosada a la gasolinera que atiende su esposo el Griego. El trotamundos de Frank Chambers-John Garfield llega y pide una hamburguesa a la parrilla. La llama de la hornilla, las chispas de la carne abrasada arden en el instante en que la mujer aparece y el hombre queda prendado de su cuerpo. Él mismo da la vuelta a la hamburguesa. Comienza a creer que maneja la situación. El artificio del letrero luminoso: ‘el objeto del anuncio es abrir el apetito’, los pitillos encendidos con prontitud aluden a la fogata de una efusión carnal irrefrenable. Frank se queda a trabajar como ayudante y va indagando entre batido y batido de mayonesa, servicio de licores, desayunos compuestos de café y bollos, en un acogedor salón de pocas mesas. Cora, experta en potajes y ensaladas, se explaya seduciendo y planeando el homicidio en una cocina amplia con utensilios impensables en una cocina española de 1946 y mucho menos en una de 1931, fecha de la acción. El celuloide fue el mejor escaparate del confort de los yanquis. En el remake que hizo Bob Rafelson el trasfondo de la Depresión está más remarcado, el comercio de fangollo en cacerolas del ejército; las cafeteras gigantescas y los jarros esmaltados para vender en las estaciones. El director quita la voz en off dando sugerencias indirectas sin información explícita. La Cora de Jessica Lange también cocina pero Frank-Jack Nicholson lava vasos o elabora las barras de pan inglés”.
“-¡Que bien huele hoy aquí!”
“-¿Esta cerrada la puerta?”
“-Sí. La he cerrado yo”.
“-Negocio perdido, ¿No?”
“-Si lo miras de esa forma, ¡sí! –exclama Frank, inflamado del deseo. Coge a Cora con fuerza. La tira sobre la mesa. Ella se pone de pie resistiéndose hasta que los brazos varoniles la vencen. Enfervorizada a golpe de mordiscos, Cora empuja los moldes con cuatro panes horneados y la masa cruda. Se embadurna con harina y lo incita: ‘Bien, vamos’. Abre las piernas. Él acerca la mano. Ella lo desvía y coloca su propia mano sobre su sexo. Le enseña lo que le agrada. Vuelve a tomar la mano de él y la pone sobre la suya. De inmediato pasa su mano encima de la de Frank. La secuencia especifica la naturaleza de la unión. La mujer controla. ‘¡Hazlo, pero como me gusta!”.
“En ambas versiones, la cocina está caldeada con el ímpetu de la pasión y la violencia. Tanto el olor de la carne chamuscada como la masa traspasan la pantalla. La tórrida secuencia transcurre cerca del horno caliente donde supuestamente el pan va a cocerse. La temperatura de la pareja fermenta como levadura. La harina se volatiza en el aire templado de erotismo. Y el pan, cómplice de la lujuria y el adulterio, permanece inalterable junto a los cuerpos, simbolizando la procreación de la vida”.
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