¿Es que ya no hacen comedias? Me he cansado de sufrir. ¡He matado tanto que hasta tengo manías de poder”.
Barbara Stanwyck
“Barbara Stanwyck como actriz mostró sin pudor toda la miseria, el instinto asesino, el mal y el bien, andando en la cuerda floja con un cuerpo bello, ojos brillosos como plantas de rocío y esa mueca bucal inconfundible. ¡Cuánta profesionalidad perversa en su audaz mentira! ¿Cómo lograba no detenerse? ¿De qué fibras emergía tanta rudeza? Sonreía altanera dejando caer el veneno, cual flores de seda”.
Marta Belluscio.
Para las generaciones de aficionados que nacieron pegados a la televisión, en la mitad de los años setenta y los ochenta del siglo pasado, seguramente la recordarán como la gran matrona Constance “Conny” Colby Patterson de la serie de televisión “The Colbys”(1985-1987), en que al lado de su hermano James (Charlton Heston) controla a la numerosa familia Colby.
Si retrocedemos a mediados de los sesenta, nos habrá tenido pegados, semana a semana, en nuestro mullido sillón para admirarla como la enérgica Victoria Barkley, dueña del Barkley Ranch, en California, en el valle de San Joaquín en la popular serie “Valle de Pasiones” (The big valley) que estuviera al aire durante cinco exitosas temporadas de 1965 a 1969.
Mientras que aquellos fanáticos de matinee en los años cincuenta, la recordamos como la autoritaria e indómita Jessica Drummond, en el excelente western de Samuel Fuller “Dragones de la Violencia” (Forty guns, 1957) o, si éramos asiduos a los jueves sociales del Cine Encanto, en melodramas de grueso calibre como “Tempestad de Pasiones” (Clash by night, 1952).
Y al retroceder a los cuarenta nos la encontramos protagonizando el gran papel de su vida, como la ambiciosa Phyllis Dietrichson en la gran muestra de “cine negro” que es “Pacto de Sangre” (Double Indemnity, 1944) o la fastidiosa y posesiva esposa de Kirk Douglas en “El Extraño Caso de Martha Ivers” (The strange love of Martha Ivers, 1946).
Un espectador de los años treinta la evocaría en el momento de emerger su sensualidad y el impulso de su belleza, arrastrando a los hombres a su perdición en tres interesantes films dirigidos por Frank Capra: “Mujeres de Lujo” (Ladies of Leisure, 1930); “Amor Prohibido” (Forbidden, 1932) y “La Amargura del General Yen” (The bitter tea of general Yen, 1933) que vistos hoy en día, sorprenden por la fuerza de sus escenas sexuales, aunque debemos de recordar que son anteriores a 1934 en que el tristemente censor Hyes, impuso su restrictivo Código, sobre todo en lo que se podía y no podía mostrar en cuestiones de sexo en las películas.
Pero eso es harina de otro costal de lo que se trata ahora, es de evocar la legendaria trayectoria de la festejada este año por el American Film Institute, al cumplirse el primer centenario de su nacimiento: Barbara Stanwyck, la cual durante, prácticamente, seis décadas fue uno de los grandes pilares de Hollywood, primero entre 1927 y 1965 como estrella cinematográfica en cerca de 80 películas y luego entre 1965 y 1987, figura señera en series de televisión de enorme éxito, las cuales hoy en día son constantemente repetidas, en canales especializados en este tipo de programación.
Ruby Catherine Stevens nació el 16 de julio de 1907 en Brooklyn, Nueva York y murió el 20 de enero de 1990 en Santa Mónica, California. Fue la menor de cinco hermanos, de un familia pobre de origen escocés e irlandés formada por Byron y Catherine McGee Stevens. Quedó huérfana de madre cuando aún no alcanzaba los tres años de edad, ya que la madre sufrió un accidente al estar borracha y rodar por las escaleras desnucándose.. Al poco tiempo su padre los abandonó al decidir buscar fortuna como marinero. Fue creciendo en diversos hogares, en algunos de ellos acompaña de su hermano Byron y separada de sus otras tres hermanas. “A los once años –dijo la actriz- ya había vivido en 14 hogares diferentes, no guardando una grata memoria de varios de ellos”.
En su adolescencia comenzó a trabajar de telefonista, pero su ambición a convertirse en actriz, la llevó entrar al mundo del vodevil, al enseñarla a bailar una de sus hermanas mayores que tenía un dueto conocido como “Miller y Mack”. Se inicia como bailarina de nights clubs y más tardes es corista en las Ziegfield Follies, a los diez y siete años. Su persistencia la llevó a estar en los repartos de algunas obras en Broadway, aunque paso algunas largas temporadas en el desempleo, sobreviviendo de cualquier manera, como podría ser de mesera en el restaurante “Billy LaHiff” en la popular 48th street, que solía dar trabajo a aspirantes a actrices en la banca. Allí conoció al director y guionista Willard Mack quién le dio un papel de chica del coro en su obra “The Noose”, con una escena de tinte dramático, dando pruebas de su talento. Mack la convenció de cambiarse de nombre, al parecerle débil y poco sonoro el de Ruby Stevens, para alguien que parecía destinada a roles dramáticos, seleccionado entre los dos el de Barbara Stanwyck.
Durante las representaciones de “The Noose” se enamoró de Rex Cherrymann, que era el actor principal de la obra, con el cual también trabajo en la obra “Burlesque”, pero al termino de la misma Rex comenzó a salir con Ann Harding, siendo entonces cuando Oscar Levant, que también estaba en “Burlesque”, le presento al actor de vaudeville Frank Fey con el cual se casaría el 26 de agosto de 1928, decidiendo ambos irse a buscar fortuna a Hollywood, al tener Fey una oferta de la Warner y la esperanza de que la Paramount los contratara para la versión fílmica de “Burlesque”.
Las promesas para Fey se convirtieron en sueños difuminados, pero Barbara encontró su primer estelar en la cinta “La Puerta Cerrada” (The locked door, 1929) producida por Joseph Schenck para la United Artists, al cual le había impresionado cuando la vio en Nueva York en la multicitada obra de “Burlesque”. Aunque Barbara ya había hecho una pequeña parte en Nueva York en el filme “Broadway Nights” (1927), siempre consideró a “La Puerta Cerrada” como su primer película. La Columbia le dio oportunidad de interpretar a una temperamental chica de la frontera en “Mexicali Rose”, en la cual, conforme a los comentarios de la época, estaba fuera de papel con su acento de chica de Brooklyn, para una vampiresa mexicana. Pero en rigor no habían trascendido mayor cosa sus apariciones en cine hasta que se presentó, para la que sería su cuarta cinta, con el director Frank Capra quién en su libro de memorias “El Nombre Delante del Título” nos relata así el encuentro con la novel actriz: “Vino a mi oficina, hosca, sencillamente vestida, sin maquillaje. Odiando a todas luces la idea misma de una entrevista, se sentó en el borde de su silla, respondió con cortos monosílabos. Yo ya no la quería antes de que entrara, y lo que veía de ella ahora me afirmaba aún más en mi decisión. Tras unos treinta segundos de las habituales preguntas estúpidas: ‘¿En qué obras ha trabajado? ¿Ha hecho alguna película? ¿Querría someterse a una prueba?’, saltó en pie y restalló:”
“–Oh, demonios, usted no desea ninguna parte de mí –y salió con paso enérgico.”
“Telefoneé a Cohn”.
“–Harry, olvide a Stanwyck. No es una actriz, es un puerco espín”.
Al rato le llamó Frank Fey a Capra para reclamarle el trato dado a su esposa, que había llegado llorando a su casa. Después de varios minutos de aclaraciones mutuas Capra aceptó, a regañadientes, visionar una prueba que la Warner le había hecho para el filme “The Noose”, teniendo la plena convicción de ser tiempo perdido: “La prueba parpadeó en la pantalla. Nada en el mundo iba a conseguir que me gustara, me dije. Tras sólo treinta segundos tenía un nudo en la garganta tan grande como un huevo. Ella le suplicaba al gobernador que perdonara a su esposo condenado. Nunca había visto ni oído tal sinceridad emocional. Cuando terminó, tenía lágrimas en los ojos. Estaba asombrado”.
Cuenta que corrió a la oficina del mandamás de la Columbia Harry Cohen, para solicitarle que la contratara. Hay también las versiones de que Cohen le obligó a aceptarla, pero de cualquier manera Barbara Stanwyck obtuvo el protagónico de “Mujeres de Lujo” (Ladies of leisure, 1930) y Capra nos comenta: “Así empezó mi larga asociación personal y profesional con Barbara Stanwyck. Debajo de su hosca timidez hervían los fuegos emocionados de una joven Duse, o de una Bernhardt. Ingenua, no sofisticada, sin importarle el maquillaje, el vestuario o la peluquería, aquella chica del coro podía aferrarte el corazón y hacértelo pedazos. No sabía nada de los trucos de la cámara: cómo “engañar” a sus rizos a fin de que se viera bien su rostro, cómo restringir sus movimientos corporales en los planos cortos. Simplemente actuaba…, y todos los demás en el plató se quedaban embobados. ‘Mujeres de Lujo’ llegó a los cines en marzo de 1930. Había nacido una nueva estrella. El público la adoró; los críticos la alabaron; las revistas de fans la subieron a las nubes.”
Y agrega: “Es cierto que los directores se enamoran a menudo de sus damas protagonistas…, al menos mientras están rodando un filme juntos. Llegan a conocerse el uno al otro tan íntimamente –más que algunas parejas casadas–, y su relación es tan íntima emocionalmente, tan creativamente cargada, que puede derivar fácilmente en una afinidad de Pigmalión y Galatea; o, como ocurre en algunos casos, puede deslizarse hasta una hipnótica asociación Svengali y Trilby. Me enamoré de Stanwyck, y no me hubiera enamorado de Lucille Reyburn, si le hubiera pedido a Barbara que se casara conmigo después de que me dijera que se separaba de Frank Fay”.
No se casaron, pero rodaron otras tres cintas juntos, las ya mencionadas “Amor Prohibido” y “La Amargura del General Yen” y la clásica “El Mandamiento Supremo” (Meet John Doe, 1941) con Gary Cooper, en la cual Barbara es la cínica y perversa periodista Ann Mitchell, que para conservar su empleo se inventa una truculenta historia sobre un tipo que pretende suicidarse, arrojándose desde el Empire State, en determinada fecha, como protesta por la falta de empleo y solidaridad de los grandes empresarios, hacia las clases menesterosas. Al final es redimida por su John Doe, pero su magistral actuación de manipuladora y perversa, llamó la atención de Billy Wilder para ofrecerle el rol de la calculadora y fría asesina Phyllis Dietrichson en “Pacto de Sangre”.
En los treinta, dada su edad, fue la dama joven en varios melodramas, en que iba forjando su imagen de mujer fuerte y voluntariosa, al igual que rodó varias comedias románticas sobre todo al lado de Joel McCrea, dándose tiempo para participar en algunos westerns como la biografía fílmica de la célebre tiradora Annie Oakley en “Blanco Seguro” (Annie Oakley, 1935) y la épica “Union Pacific” (Union Pacific) de Cecil B. de Mille, sobre el tendido de las vías de ese tren que uniría la costa este con la costa oeste de los Estados Unidos, al término de la Guerra Civil. Pero sobre todo los melodramas “Alma de Sacrificio” (So big, 1932) y “Madre” (Stella, 1937) le consolidaron como una excelsa actriz dramática. En “Alma de Sacrificio” dirigida por William Wellman, basada en una obra de Edna Ferber, lo cual quiere decir que estamos ante una “novela-río” en que vemos desfilar la vida de una familia por tres generaciones. Barbara era, obviamente, el pilar de dicha prole. Como dato curioso debemos apuntar que Bette Davis, un año menor que ella, era una cantante que servía de inspiración a un hijo de Barbara y en las escenas juntas, con una Stanwyck levemente envejecida con las consabidas canas, parecía, a lo sumo, la hermana mayor de Bette y no la suegra entrometida. Y “Madre” es otro tremebundo y exitoso melodrama sobre la mujer joven, abengada y sacrificad que queda viuda y tiene que trabajar para sacar adelante a sus hijos menores, teniendo éxito como diseñadora, alcanzando fortuna y también desdichas, por algunas conductas incorrectas de sus hijos al crecer. Esta es una historia de los años treinta, basada en un best seller de 1922 y no el argumento de una telenovela “original” del último año de Televisa, por si se le hace familiar la historia.
Mientras la carrera de Barbara Stanwyck iba hacia el tope, la de su alcohólico marido Frank Fay iba en picada, con los constantes desencuentros entre ambos, por lo que buscó divorciarse de él, lográndolo el 30 de diciembre de 1935, aunque mantuvieron un largo litigio, durante años, por la custodia de su hijo adoptado Dion.
En pleno proceso del divorcio los rumores de tener una relación con la joven promesa de la MGM Robert Taylor, ya eran pasto de algunas revistas de chismes sobre la vida privada de las estrellas. Por cierto, según algunos, la historia de “Nace una Estrella” (A star is borne, 1937) debida a William Wellman y Robert Carson, con Janet Gaynor y Frederic March en los roles principales, esta inspirada, en gran medida, en la relación de Fey y la Stanwyck. Lo cual puede tener algo de validez, pues Wellman tenía, en esos años, una estrecha relación con la actriz.
Después del éxito de Taylor en “Sublime Obsesión” (Magnificent obsesion, 1935) la MGM comenzó a emparejar al actor en melodramas, al lado de las actrices señaras del momento, para darle impulso a su carrera. Después de Janet Gaynor y Loretta Young, Barbara Stanwyck le hizo sufrir su desprecio en una cinta cuyo título ya nos sugiere todo el dramón de rompe y rasga ante el que estamos “La Esposa de Su Hermano” (His brothers’s wife, 1936), con el cual la sagaz productora quería aprovechar toda la publicidad gratuita que había, en el ambiente, en torno a las relaciones amorosas de la Stanwyck y Taylor, que terminaron en el altar, casi por exigencia de Mayer el 13 de mayo de 1939, dado que el galán vivía todavía en su casa con su madre dominante, manipuladora y celosa que “prácticamente” no le daba permiso de tener novia. Barbara y Robert se veían en moteles y sitios apartados lejos del alcance de la madre y no tanto porque temieran que los gacetilleros se enteraran de su romance.
Otra de las razones para que Mayer insistiera en el matrimonio con la manipuladora, dominante, controladora y celosa de Barbara Stanwyck, cuatro años mayor que el actor, es que por esos días, como pasaba de tiempo en tiempo en Hollywood, las revistas amarillas de cine, estaban muy activas especulando sobre las tendencias sexuales de los galanes y tenían puesta la mira, entre otros, en Robert Taylor, pues resultaba algo extraño el comportamiento de Taylor en relación a la dependencia con su madre y no anduviera en sitios públicos con las estrellitas del momento, como otros actores de la época.
Taylor y la Stanwyck actuaron en otras dos cintas que fueron “Entre Tu y Yo” (This is my affair, 1937) y “Amor Entre Nubes” (The night walker, 1965), esta última cuando ya estaban separados, pues se divorciaron el 21 de febrero de 1951, después de varias separaciones y escapadas con algunas actrices como Lana Turner, Ava Gardner y Virgina Grey, entre otras, las cuales coinciden en su apreciación de un Taylor temeroso de los celos y las reacciones violentas de Barbara, que en parte le llevaron a posponer su decisión de terminar su relación con la dominante actriz, tanto dentro como fuera de la pantalla.
La década que va de 1940 a 1949, en la cual protagonizó 22 películas, es la más fructífera de su carrera cinematográfica, destacando, en orden de la fecha de su filmación la comedia “El Recuerdo de Una Noche” (Remember the night, 1940) dirigida por Mitchell Leisen, a partir de un guión de Preston Sturges, excelente comedia dramática en la cual Barbara es una ladrona de tiendas, cuyo juicio tiene que ser pospuesto para después de navidad, quedando a cargo del ayudante del fiscal su custodia, quién se ve obligado a llevarla a pasar la “noche buena” a su casa, con su estirada familia en Indiana. El ayudante del fiscal era Fred MacMurray, quién terminaba enamorándose de la desfachatada chica.
Sus dotes para la comedia lucieron esplendorosas en la estupenda “Las Tres Noches de Eva” (The lady Eve, 1940) donde es una estafadora, que junto con su padre (Charles Cobrun) pretenden engañar al rico y distraído industrial Henry Fonda, para arrebatarle parte de su fortuna, en esta comedia clásica dirigida por Preston Sturges. También es ya clásica “El Mandamiento Supremo” (Meet John Doe, 1941) dirigida por Frank Capra y de la cual ya hemos dado referencias líneas arriba. Mienjtras que “Solo Tuya” (You belong to me, 1941) es una comedia ligera dirigida por Wesley Ruggles, en la cual volvió a hacer pareja con Henry Fonda, en que se pretendía aprovechar la buena acogida que tuvieron con “Las Tres Noches de Eva”.
La que se convirtió en otro gran suceso fue la comedia “Bola de Fuego” (Ball of FIRE, 1941) dirigida por Howard Hawks, a partir de un guión de Charles Brackett y Billy Wilder, era una corista, cuya habla vulgar se vuelve objeto de estudio de siete eruditos en lingüística, que se la llevan a vivir a su escuela, para ir analizando su lenguaje. Uno de los eruditos era Gary Cooper, quién sabía mucho de libros, pero poco de mujeres y termina siendo seducido por la Stanwyck, en esta comedia en que se pasea como una Blanca Nieves entre siete eruditos. Cuando le muestran la biblioteca el personaje de la corista suelta una frase que forma ya parte de las clásicas de la treivia cinematográfica: “”¡Qué montón de libros!. ¿Son todos diferentes? “.
Su soberbia interpretación de la calculadora Phyllis en “Pacto de Sangre” (Double indemnity, 1944) le valió su tercera de las cuatro nominaciones al Oscar de Mejor Actor, aunque nunca le fue otorgado. Una comedia ligera que se mira con cierto gusto es “Indiscreción” (Christmas in Connecticut, 1945) dirigida por Peter Goddfrey. Mientras “Mi Reputación” (My reputation, 1946) dirigido por Curtis Bernhardt la regreso a las cumbres del melodrama o soap opera, en donde es una viuda que se enamora de un militar y tiene problemas con su hijo a causa de su romance.
“El Extraño Caso de Martha Ivers” (The strange love of Martha Ivers, 1946) de Lewis Milestone es un excelente thriller sobre un matrimonio que se detestan mutuamente (Kirk Douglas y Barbara Stanwyck), pero que se mantienen juntos, por compartir un secreto desde la infancia, por cuyo falso testimonio de los dos se condenó a un inocente. A medida que avanza la historia la tensión entre ellos aumenta y el deseo de eliminar el uno al otro, comienza a apoderarse de los dos, hasta llegar a un delirante final.
En “Inspiración Trágica” (The two mrs. Carolls, 1947) dirigida por Peter Godfrey, para variar, era la víctima que estaba siendo envenenada lentamente por su marido Humphrey Bogart. Y, aunque también en “Al Filo de la Noche” (Sorry, wrong numer, 1948) dirigida por Anatole Litvak, su marido (Burt Lancaster) tenía las aviesas intenciones de eliminarla, ella se daba cuenta por casualidad, al escuchar, accidentalmente, por teléfono la conversación de dos hombres, explicando el plan de cómo van a matar una mujer esa noche, hasta descubrir que están hablando de ella, quién se encuentra inválida sola en su habitación. Fue otra de sus soberbias actuaciones que le mereció su cuarta y última nominación al Oscar. Las dos primeras ocasiones fue nominada en 1937 por “Madre” y en 1941 por “Bola de Fuego”.
Su carrera cinematográfica declinó en los cincuenta, aunque son rescatables sus filmes: “La Marca de las Furias” (The furies, 1950) de Anthony Mann; “Tempestad de Pasiones” (Clash by night, 1952) de Fritz Lang; “Sólo Tuya” (All I desire, 1953) de Douglas Sirk; “Los Malos” (The violent men, 1955) y “Dragones de la Violencia” (Forty Guns, 1957) de Samuel Fuller. Realizó algunas otras y olvidables cintas, para después a partir de 1965 encontrar un renuevo en su carrera caracterizando matronas fuertes y decididas en series de televisión, pero para los cinefilos como bien lo dice José Luis Martinez, permanece su imagen ya que “nadie como ella supo encarnar a la mujer fatal, ávida de ambiciones, sin escrúpulos, hipnotizadora de hombres que sólo eran juguetes en sus manos (…pero supo alternar esa dureza con la bondad de sus papeles cómicos y el drama de las heroínas”, a través de una filmografía de 82 películas de las cuales, por una u otras razones es factible rescatar con facilidad la mitad de ellas, lo que la hace una increíble “bateadora” de .500.
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