Cartas a México, correspondencia de Cesare Zavattini, 1954.1988
Escrito por Héctor Enrique Espinosa Rangel | 8 de Julio de 2007 | Categorias: Escritores, Libros de Cine, Otros países | Tiempo de Lectura: 5m 42s | Leido 386 veces.
De testimonios y anecdotarios en neorrealismo para México.
Pocas veces tenemos la oportunidad de leer documentos relativos a los entretelones de la historia del cine mexicano, a menos que busquemos la modalidad del chisme y la nota de “espectáculos” acostumbrada como imitación del viejo Star System norteamericano, especialmente tratándose del cine que pretendió justificar su existencia más allá de las taquillas, como es el caso del trabajo realizado por gente de la talla de Manuel Barbachano y su grupo de amigos y aliados intelectuales durante la posguerra y los años de crecimiento económico de México.
Éste es el caso del volumen “Cartas a México, correspondencia de Cesare Zavattini, 1954-1988,” publicado por la Dirección de Actividades Cinematográficas de la UNAM en el mes de junio, donde se hace constancia de las relaciones estrechas entre los neorrealistas italianos y cineastas mexicanos que han dejado huella por sus obras excepcionales dentro de la industria que casi ha desaparecido hoy.
La presentación de esta correspondencia del padre del Neorrealismo italiano, con intelectuales mexicanos, resulta ilustrativa del mundo poco evidente de las intenciones y significado del trabajo que hacían los cineastas mexicanos, fuera del mero propósito de entretenimiento, aunque, como dice en alguna carta el propio Zavattini, sin descartarlo, y con la intención de sumarse a una corriente plástica y política que mucho tenía que ver con el México de los años cincuenta, aquel del desarrollismo y la búsqueda afanosa de una identidad dentro y fuera del país.
Como testimonio de este periodo creativo muestra la gran intensidad del trabajo no visible por parte del cine para establecer una línea significativa que tomase en cuenta los valores nacionales sin nacionalismos excesivos y como una búsqueda de significado político real en la industria del entretenimiento, y también es el testimonio de las coincidencias de un intelectual europeo con las búsquedas nacionales de la época, o como dice el ítalo: “la superación de una psicología individualista llena de viejos complejos que atrasan la formación de una verdadera y propia figura definitiva del ciudadano…”; es decir, una búsqueda política por encima de consideraciones estéticas o de mercado en un país donde la política era (y sigue siendo) asunto ajeno a la ciudadanía.
En sí las cartas representan más que cualquier otra cosa una relación personal con personajes del México relatado ya por Spota y Fuentes en sus obras maestras de la novela urbana, pero más allá de aquel mundo de simulaciones y engaños trascendentes (como no recordar los casos vitales de sus personajes “internacionales” como pretexto para que el desarrollismo mexicano se transformase en un proceso de corrupción) en las cartas se trasluce una vida intelectual orientada por un proyecto novedoso para la época en el que se traslucía un proyecto de país que nunca cristalizó pero sigue flotando en los esfuerzos de cineastas que han llegado a la conciencia a través del manejo de la imagen.
Por cierto que esa es una de las virtudes cruciales del libro: dejar ver la importancia que los cineastas daban al trabajo escrito para la realización de una película, la trascendencia del guión como columna vertebral del cine que aparece entonces como un fruto de la cultura literaria y no de la nueva orientación audiovisual que embarcaba a otras corrientes de pensamiento en el mundo, en los diálogos distantes de Zavattini, Carlos Velo y Manuel Barbachano se trasluce la intensa importancia que tenía el diálogo entre realizadores, el trato verbal entre quienes hacían el cine y su incidencia en asuntos de orden ideológico que no necesariamente trascendían a la pantalla, como lo demostró el fracaso de los planes fílmicos trazados por aquel grupo de hombres (y mujeres) excepcionales.
Además el libro también es un testimonio del ambiente político e ideológico que resulta hoy una mezcla de ideas confusas sobre la libertad y la necesidad, la inmediatez de luchar contra las injusticias de un régimen poco claro en su definición nacional pero fuertemente ligado al sostenimiento del poder a cualquier costo, una ventana constituida por la correspondencia con Siqueiros y su grupo fuera del mundo fílmico, pero intensamente relacionado con él de manera indirecta por cuanto la lucha de ideas se buscaba en la pantalla tanto como en la arena cívica.
De otra parte la influencia de sabatino se define en obras con las que no tuvo ingerencia directa en tanto guionista o realizador, como “Raíces” o “Torero”, pero que se realizaron como resultado directo de ideas neorrealistas derivadas de la obra que el italiano definió o realizó en su propia industria, aunque los casos de influencia directa en México, como el tristemente célebre “Los hijos de Sánchez”, hayan caído en manos de los intereses de mercado mejor que en los del propio cine como expresión.
Lo lamentable que nos recuerda esta edición es la pérdida de un gran talento para la enseñanza en México cuando la oferta de una cátedra para Zavattini en el Centro de Estudios Cinematográficos de la UNAM llega en una edad inoportuna para el intelectual parmesano, de hecho en plena decadencia física del maestro y con la pujanza de inicio para la nueva carrera universitaria de cine.
Como una nota triste que evoca el libro, esta decadencia por la edad se relaciona con la correspondencia que el menor de los Barbachano, Miguel, estableció con Zavattini para elaborar una obra académica referida a la obra en el neorrealismo del pionero que dedicó la mayor parte de su obra a impulsar a cineastas como Vitorio de Sica cuyas mejores obras fílmicas fueron exhibidas en la Filmoteca de la UNAM justamente en este final de junio (“Los niños que nos miran”, “Ladrones de bicicletas”, “Humberto D”, “Milagro en Milán”), y la tristeza viene a cuento porque estos días es posible todavía ver a don Miguel Barbachano Ponce, el viejo maestro de Ciencias Políticas que denostaba contra el cine japonés por ser pornográfico (eran los días de La mujer de la Arena) que deambula solitario por las cafeterías de la Cineteca Nacional, y ha olvidado platicar con el sabor de aquella época gloriosa en que estudiaba a Zavattini.
Solo una nota para la edición, cuyo formato resulta original pero desconcertante: un libro de forma rectangular sumamente largo para cualquier estante, que ya nos había acostumbrado la DGAC a este formato relacionado con el género epistolar (las cartas de los enviados de Lumière a México, la correspondencia de Joselito Rodríguez), pero que esta vez tuvo la delicadeza de imprimir las erratas de cada autor, aunque al final aparecen algunas imputables al descuido de una revisión final, caso lamentable que es el de casi todos los libros actuales (si no pregúntenselo al CFE que tiene erratas en la edición de lujo de Cien años de Soledad).
“Cartas a México, correspondencia de Cesare Zavattini, 1954.1988″, compilador: Gabriel Rodríguez Álvarez, México, Ed. DGAC, UNAM, 2007, 240 pp.
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