Fiesta, y, también Y Ahora Brilla el Sol
Escrito por Gustavo Arturo de Alba | 7 de Julio de 2007 | Categorias: Cine Norteamericano, Cine de Siempre en DVD, Escritores, Taurino | Tiempo de Lectura: 18m 15s | Leido 1617 veces.
“Pasa una generación y viene otra, pero la tierra es siempre la misma. Sale el sol, se pone el sol y corre con el afán de llegar a su lugar, de donde vuelve a nacer”.
Ecclesiastés
En otras ocasiones me he referido a la relación de cine y literatura, en el desarrollo de mis aficiones, puntualizando en que la mayoría de las ocasiones, fue la visión de una película lo que me llevó a buscar la obra literaria de un determinado escritor, como fue el caso con el gran novelista Ernest Hemigway, al saber de su existencia por la adaptación de su novela “The Sun Also Rises” (Siempre Sale el Sol), también conocida con el título de “Fiesta” en Europa, principalmente.
La película en cuestión fue titulada “Y Ahora Brilla el Sol” (The sun also rises) filmada en México a principios de 1957, en escenarios naturales de Morelia, Michoacán y los interiores en los Estudios Churubusco, aunque en julio de 1956, la llamada segunda unidad había filmado tomas generales de las fiestas de San Fermín, en particular el soltar el encierro de los toros a lidiar esa tarde, a lo largo de las calles de la ciudad, para terminar llegando a la Plaza, así como momentos de algunas corridas, en julio de ese año.
Si bien “Y Ahora Brilla el Sol” fue la primera cinta, por la cual me llamó la atención conocer los textos de Hemingway, acicateado, en gran medida por la afición familiar a la Fiesta Brava, que lo hacía un nombre común, sobre todo para mi hermano Manuel, como uno de los pocos “gringos” que entendía de toros, no fue un libro que me fuera fácil conseguir, sino hasta ya por 1973 cuando mi buen amigo Polo Duarte, dueño de la librería “Libros Escogidos”, en la ciudad de México tuvo a bien venderme un ejemplar de esa novela, así como el ensayo “Muerte en la Tarde”, junto con la interesante obra de Waldo Frank “España Virgen”, que me sirvieron de ayuda para la realización de un ensayo sobre los toros a publicarse en la revista “Libros Escogidos” de efímera existencia. Igualmente fue efímera el tiempo que tuve en mi poder “Fiesta” (se trataba de una edición española) y “España Virgen”, pues un truhán tuvo a bien sustraerlos de mi biblioteca. (Antes pude conseguir en la Librería Excelsior de Aguascalientes “Por Quién Doblan Las Campanas”; “Adiós a las Armas”, así como volúmenes de los cuentos sobre Nick Adams con el genérico de “Los Asesinos”, con todo y su portada de una escena de la versión con Ava Gardner y Burt Lancaster y el otro con los de cacería agrupados con el título de “Las Nieves del Kilmanjaro”.
Afortunadamente mi buen amigo Gilberto Calderón Romo, cuando estuvo cumpliendo una misión diplomática en Cuba, durante el sexenio de Ernesto Zedillo, tuvo la gentileza y el tino de obsequiarme varios libros sobre y de Ernest Hemingway, editados en la paradisíaca isla del Caribe, entre ellos una edición de “Fiesta”, que me permitió volverme a asomar a esta interesante novela, al igual que es posible asomarse a la película los nuevos aficionados al encontrarse disponible en DVD.
Hemingway vivía en Paris en 1923, como corresponsal del “Toronto Star”, junto con su esposa Elizabeth Hadley Richardson. Viajó a España por curiosidad, ya que era uno de los países de Europa que aun no conocía, quedando impresionado por una corrida que vio en Madrid. Al regresar a Paris no dejaba de comentar lo vigorizante que eran las corridas de toros y Gertude Stein lo conminó a visitar Pamplona, durante las fiestas de San Fermín. Fue tal el furor que despertaron en él, tanto como en su embarazada esposa, los toros y en particular el torero Nicanor Villalta que afirmó estar dispuesto a bautizar al hijo que iban a tener, si era hombre, Nicanor lo cual cumplió, ya que el bebe se llamo John Hadley Nicanor, aunque se le terminó conociendo como Bumby. Naturalmente Hemingway tomo apuntes de la fiesta de San Fermín, que fueron incluidos en sus relatos “In Our Time”, lo cual ha permitido afirmar a algunos estudiosos no acuciosos de su obra, que “Fiesta” la empezó a escribir en 1923, cuando en rigor esa crónica novelada corresponde a su estancia en Pamplona en 1925.
“Siempre Sale el Sol” que marcó el despegue de Hemingway fue publicada a finales de 1926 y la trama responde a una de sus reglas de oro: no escribir sino de aquello que se sepa por experiencia. Y es a partir de ello como lo señala Anthony Burgess en su ensayo “Ernest Hemingway y su Mundo” ser factible rastrear los elementos verdaderos que originan la historia y su reescritura o transformación en una gran obra de ficción: “Fue creada básicamente con los sucesos de la Fiesta en Pamplona en 1925, cuando Hemingway y Hadley estaban allí con lady Duff, Harold Loeb, Pat Guthrie (un alto y sediento escocés que era amigo más que amante de su señoría), Bill Smith (viejo amigo de Hemingway de los tiempos de Oak Park). Hemingway pontificaba sobre el arte del toreo mientras bebía vino, pero durante una de las sesiones de aficionados, Loeb agarró a uno de los toros por los cuernos y realizó una carrera acrobática cruzando el ruedo. Esto puso celoso a Hemingway. Además desarrolló una actitud posesiva hacia lady Duff Twysden, que se manifestaba no en un deseo de hacer el amor con ella –aunque ella estaba harto deseosa-, sino en un fuerte resentimiento por el aparente éxito de Loeb con ella al principio del verano. Su actitud era como la del perro del hortelano y debía de tener algo que ver con el cercano rechazo de Hadley. El campo amoroso no estaba exactamente abierto de par en par para Hemingway, pero él era una especie de guardián de la entrada. Lo que parece que le impulsó a escribir esta primera novela fue un amasijo de emociones que tenían que encontrar su catarsis, en las cuales la culpabilidad, la animosidad y la veleidad se codeaban. Así Harold Loeb se convierte en Robert Cohn, el ‘amigo tenista’ del héroe, un personaje tal vez pensado para ser detestable, pero que –como el arte es más compasivo que las personas- de hecho es simple y conmovedoramente cómico. Lady Duff se convierte en lady Brett. Hemingway se convierte en Jack Barnes, un periodista con una herida de guerra que le hace físicamente incapaz de amar, enamorado sin esperanza de Brett. La ficticia asunción de impotencia es interesante: la herida de guerra dramatiza una deficiencia sexual o bloqueo sicológico que es la otra cara de la moneda del rudo e hirsuto hombre de acción”.
Si “Fiesta” perdura es porque ha pesar de haber sido posible, desde su primera edición, reconocer los modelos reales y entretenerse en el juego de las identificaciones, los personajes terminaron por trascenderlos, es decir tener una vida propia, dentro de la ficción, que supera la mera vertiente del anecdotario personal, para tornarse en símbolos o representantes de una determinada generación.
Bill Smith a quien otros investigadores lo reconocen como Donald Ogden Stewart en la novela es Bill Gorton. Pat Guthrie se transforma en Mike Campbell y el torero Cayetano Ordoñez “El Niño de la Palma”, por el cual sentía atracción Hadley, se convierte en Pedro Romero.
Por su parte Carlos Pujol en su texto introductorio a “Fiesta” en su edición cubana nos señala: “La novela se mueve así en un plano doble de hechos concretos que asumen una significación simbólica. A consecuencia del trauma moral de la guerra, Jack Barnes siente la impotencia de vivir plenamente, deficiencia simbolizada por lo sexual. El objeto tan próximo, tan deseado y tan inasequible, la Vida con mayúscula que se representa por la satisfacción sexual, es una mujer que un crítico ha definido como ‘el sexo sin responsabilidad’, es decir, en estado puro, a la que se otorga un inconfundible carácter de deidad pagana, casi de ídolo, de fetiche. Brett es la diosa del amor que preside la fiesta de Pamplona; en un momento dado (capítulo quince), se baila a su alrededor como en torno a un ídolo, la adornan con una ristra de ajos, la entronizan sobre un tonel de vino. Es el símbolo de la vida, de la Fecundidad, deseable e inalcanzable para el héroe, necesariamente frustrado”.
“El personaje del torero introduce otro tema mítico en la novela. Para Hemingway los toros son un ‘misterio’, en el sentido antiguo de la expresión, sólo para iniciados, un `misterio` que salva, que libera y purifica, y que está íntimamente vinculado a la vida sexual. El torero, de acuerdo con la creencia de muchos rublos primitivos, se apropia de la fuerza de los animales que mata y al desafiar continuamente a la muerte se hace inmortal. (’o nunca moriré’, dice Romero). Mágicamente hablando el torero es pues un superhombre, o, mejor, un supermacho por el que Brett se sentirá inmediatamente atraída”.
Para Hemingway tener o no tener testículos era algo que se asociaba con las corridas de toros y en cuanto a su temor a la atracción de su mujer por “El Niño de la Palma” y la utilización de la expresión testículos como un nuevo símbolo de poder y fracaso, ya se encontraba una premonición de esto en un artículo para el “Toronto Star Weekley” en que manifiesta su opinión “de que ningún marido puede competir con un torero: si hay mujeres fieles a sus maridos, es debido a que, primero el número de toreros es escaso, y, segundo, también es escaso el número de esposas que han visto una corrida de toros”. Lo anterior no pasa de ser una exageración motivada por la conducta de Hadley, ya que la propia Lady Duff se molestó sobremanera con Hemingway, al leer la novela en donde se decía que había mantenido relaciones sexuales con el torero, respondiendo que no lo había hecho y que no le gustaban ese tipo de hombres. Mas o menos aceptaba que era larga la lista de sus amantes, pero que no había tenido ese mal rato, tildando a Hemingway de mentiroso y gran hijo de puta, no siendo la única de los involucrados en la historia de usar esa última expresión para referirse al futuro Premio Nobel de 1954. Como quién dice estaba bien que quisiera hacer arte, pero no a sus costillas.
Regresando a Burgess y el significado de la obra nos señala: “La novela se levanta como crónica de una ‘generación perdida’. La frase viene de Gertrude Stein o, mejor dicho, del dueño del garaje al que llevaba a reparar su coche: dijo que no había buenos mecánicos entre los jóvenes que volvían de la guerra; eran una ‘géneration perdue’. El título viene del Eclesiastés, y la resonancias religiosas, aunque amortiguadas, dan un significado adicional a simples expresiones de argot como ‘me siento en el infierno’. No es un libro depresivo, antes al contrario: celebra la perdurable tierra y la vida del cuerpo: el arroyo que corre, el sol en la nunca, el vino que también es sangre, el llegar a un entendimiento con la muerte, la comida. Jack hace una gran comida al final; aunque impotente, es capaz de que le ‘gusten un mjontón de cosas’. The Sun Also Rises, en una gastada expresión ‘realza el valor de la vida’. Cuando apareció en octubre de 1926 excitó no sólo a los críticos, sino también al público en general. Fue uno de los libros capaces de influir en la manera en que la gente se comportaba o hablaba. Brett se convirtió en un modelo de forma de hablar y actuar para toda una generación de chicas universitarias. El tipo de hombre creado por Hemingway –rudo, baqueteado, estoico, lacónico, creándose un estilo desde su desesperación- empezó a aparecer en los bares de la clase alta. Hemingway, aún por debajo de los treinta, había llegado”.
En cuanto a la versión cinematográfica la historia se inicia en Paris, para después trasladarse a Pamplona, girando alrededor del personaje catalizador de Ava, Lady Silvia Brett, una americana viuda de un lord inglés muerto durante la primera guerra mundial, a la cual de diversa forma el grupo de hombres buscan convencer de su amor. Tyrone Power era Jack Barton, un periodista, que durante la guerra fuera herido, quedando impotente, quién estaba irremediablemente enamorado de Lady Brett, conciente de su incapacidad para satisfacerla. Errol Flynn de Mike Campbell, un simpático y arruinado escocés, al cual su quiebra le impedía casarse con la mujer. Mel Ferrer era Robert Cohen, un impulsivo heredero americano, ansioso por impresionar a Lady Brett, la cual lo desprecia atraída por el valor del torero Pedro Romero (Robert Evans).
La cinta es mucho mejor de lo que las opiniones de la época dejan advertir, sobre todo cuando se trata de la adaptación de una obra célebre y más de un autor “santón” como Hemingway, la mayoría de los críticos se sienten obligados a estimar que la adaptación esta por debajo de las posibilidades del material original. Si hacemos caso omiso de “Los Asesinos” en cuanto a que sólo los diez primeros minutos es Hemingway puro, entonces resulta, para mi gusto, ser “Y Ahora Brilla el Sol” una excelente adaptación cinematográfica realizada sobre un texto del Premio Nobel de Literartura 1954. En rigor esta respetada la anécdota central y se trasluce la atmósfera de desencanto y desarraigo del grupo que intentaba huir de su dolor a través del alcohol, en la fallida pretensión de vivir en una inconsciente fiesta desenfrenada, aunque al final deben afrontar el vacío de su existencia.
Lady Duff Twyden –es descrita por Burgess- como una mujer de ojos grises, corto cabello rubio, gran bebedora y gran amante, libertina y promiscua, encarnación del chic y el encanto más degenerado, por lo que salvo lo del pelo rubio, cuando se anunció la realización del filme, muchos aficionados consideraron que la avocada a interpretar a lady Brett, el alter ego de lady Duff, no era otra que Ava Gardner, pero Jane Ellen Wayne en su libro “Los Hombres de Ava” nos cuenta lo siguiente: “King decía que el tema no tenía nada que ver con su elección de Ava. ‘Ella tenía esa cualidad conmovedora, inquietante, desbordante. Nadie más podría haber hecho el papel y fue lo mejor que hizo nunca”.
“La única fricción derivó del desagrado instantáneo de Ava hacia el novato Robert Evans, porque ella quería que Chiari representara al torero. King pudo sentir como aumentaba la tensión cuando Ava se negó a invitar a Evans a sus fiestas. El productor Zanuck voló a la ciudad de México, y frente a todo el elenco confirmó en términos rotundos que no sustituiría a Evans. Ava siguió enfadada hasta que conoció a Alfredo Leal, un apuesto y destacado matador mexicano, contratado por Fox para que dirigiera a Evans en el ruedo. Ella aceptó la decisión de Zanuck, y se concentró en su papel como Lady Brett… y ¡en Alfredo Leal!. Evans comentó: ‘Ava fue maravillosa una vez que superamos la primera dificultad. Cuando está en una escena, despide chispas eléctricas. Nuestra escena de amor fue tan violenta que cuando terminó mis dientes castañetaban y ella se tomó un descanso de media hora”
“Ava reflejaba el carácter de Lady Brett. Tenia belleza, ánimo y fama, pero lamentablemente carecía de seguridad interior. Inquieta y rebelde, Brett no podía ponerse de acuerdo consigo misma. Quería sentar cabeza con el hombre que amaba, pero no sabía lo que eso significaba. Su excusa era la impotencia de Jake. La excusa de Ava era el señor ‘Sin-nada’, como se refería a Frank bromeando en español”.
Al final de cuentas Ava volvía a entrar en ese juego de espejos, en los cuales se confundía la imagen de sus personajes de ficción, con el acontecer en su vida privada.
El celebrado estilo literario de Ernest Hemingway de iceberg, en que la economía de lenguaje con sus frases cortas, dice más de lo que literalmente enuncia, al insinuar mucho que debe ser llenado o completado por un lector atento, no es entonces extraño que resulte harto difícil adaptar sus obras y que se llegue a prescindir de episodios o situaciones con gran significado en la novela, los cuales simplemente no aparecen en la película o se modifican sus implicaciones, al no captar los matices de su estilo de narración.
En el caso de “Y Ahora Brilla el Sol” en la novela es muy importante el episodio intermedio del traslado de París a Pamplona, cuando Jack y Bill van de pesca en donde el contacto con la naturaleza, le permitía a Hemingway recalcar su idea de la purificación al regresar a un sitio no contaminado por la moderna sociedad. En la película queda como un episodio intrascendente y solo para dar idea, en el mejor de los casos del paso del tiempo. Más grave es que a lady Brett se le confieren convicciones religiosas, que en el libro no encontramos, pero que en la película se manifiestan al entrar a la catedral y “orar devotamente en el altar por Romero”, lo cual viene en contradicción al final del libro y que también retoma la película cuando Brett le da a Jack sus razones de porque obligó a Romero a que la abandonara en Madrid, por estar conciente de que su relación, con una mujer como ella, sólo llevaría al torero a su ruina y se da el siguiente diálogo entre Jack y Brett:
-“Tu sabes que me siento bastante bien, Jake”.
-“Debes de sentirte bien”.
-¿Sabes que una se siente mejor cuando decide no ser una perra?”
-“Si”
-“Es algo de lo que tenemos en lugar de tener a Dios.”.
-Algunos tienen a Dios, dije”.
Situación que se contradice con su devota oración; al igual que el final esperanzador del filme, en que va en contra de la lógica interna del relato, al afirmar Jack “en alguna parte deber haber alguna respuesta para nosotros”, con lo que se contradice el tono de desesperanza y desesperación de la obra, así como gran parte de la película, en que el tema pareciera ser la soledad y la incapacidad para establecer relaciones duraderas. El libro termina así:
-“¡Ah, Jake! –dijo Brett-. ¡Lo hubiéramos podido pasar tan bien juntos…!”
-“Sí –dije-. ¿No es hermoso pensarlo?”
Una sutileza hemingwayana pues el film da esperanza, a suponer que en algún momento sabrán unirse y la respuesta de Jack en el libro nos habla de un estoicismo conciente asumiendo el hecho de su soledad.
Evidentemente “Y Ahora Brilla el Sol” es una obra fallida, pero no por ello deja de ser interesante su visión, a pesar de ciertas divergencias con el texto literario, pudiéndose disfrutar de la presencia de un excelente grupo de actores, en donde destacan, principalmente, por sus caracterizaciones Ava Gardner y Errol Flynn, aunque no faltan los maldicientes que argumentan que no tiene ningún chiste su labor, pues se estaban limitando a interpretarse a sí mismos…
Para terminar y solo como acotación para los chauvinistas que se lamentan que la cinta fuera filmada, en su mayor parte, en México y no en Pamplona, es que entre más veces leo “Siempre Sale el Sol”, lo más circunstancial y anecdótico es ubicar parte de la historia en la feria de San Fermín, pues los significados profundos de la fiesta de los toros, en la forma en que los trasmite Ernest Hemingway, igual podría haber ubicado la trama, teniendo de trasfondo los festejos de Sevilla o a la misma Feria de San Marcos en Aguascalientes, o cualquiera otra feria, inclusive pueblerina, como las hay muchas en España y México, si las hubiera conocido antes Hemingway, porque su idea de los valores míticos y mágicos que le da a la corrida de toros y a su sacerdote el torero, ya estaban esbozados en sus menciones a la misma, en sus crónicas de 1923 para el “Toronto Star Weekley”, sobre su asistencia a una de ellas en Madrid, antes que en Pamplona.
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