El Legado de James Byron Dean
Escrito por Gilberto Calderón Romo | 1 de Julio de 2007 | Categorias: Actores y Actrices, Cine Norteamericano, Testimonios | Tiempo de Lectura: 7m 28s | Leido 920 veces.
México, D. F. Julio de 2007. James Dean (1931-1955) murió tan joven, que dejó pocos datos para entender su extraña personalidad. Lo más notorio fueron las especulaciones en torno a su equívoca sexualidad, así que lo único que se puede examinar, es su breve herencia cinematográfica, a la luz de la época en la que se produjo.
En los años 50 del siglo pasado, los Estados Unidos se habían encarrerado con celeridad, en un movimiento por salir de los horrores de la II Guerra Mundial, ofreciéndole a la población un nuevo universo de bienestar material nimbado por la aparición de residencias individuales en los suburbios, una batería de aparatos electrodomésticos, autos modernos y la televisión que llevaba imágenes a los hogares reservadas hasta entonces, a las salas de cine.
Era una época en la que el progreso parecía indetenible y las innovaciones aparecían todos los días, con el espasmo producido por una carrera espacial que prometía, muy pronto, la conquista de la Luna.
El senador Joseph McCarthy, proponía la salvaguarda de los valores occidentales por medio de una despiadada cacería de los enemigos comunistas donde quiera que se encontraran en los ámbitos de los espectáculos y la cultura, mientras las fuerzas armadas pretendían detenerlos en Corea al borde del paralelo 38.
Pero en medio de esta euforia triunfalista, en las pantallas de plata se colaban los primeros signos disolventes, los atisbos de que bajo la aparente y colorida felicidad, se iban larvando los síntomas de una descomposición oscura. Fueron egresados del Actor’s Studio de Nueva York, los heraldos del desastre que coincidía curiosamente, con los brotes de protesta contra la desigualdad racial en el profundo sur americano..
Marlon Brando, enigmático y con las mandíbulas trabadas, irrumpía en un poblacho del archiconservador Medio Oeste, al frente de una banda de motociclistas que ponían a temblar a la débil estructura del poder encarnado en los sheriffes provinciales en “El Salvaje”. Poco después, su maldad amenazante tomaba por asalto los muelles, para darle forma sindical a la protesta en “Nido de Ratas”.
Pero no habría de ser la lucha de clases el sendero por el que derivaría esta subversión que se plasmaba en los filmes. Tendría que ser el joven James Dean, miope y chaparro, quien le diera un cauce provocador, inquietante e inesperado. En la escena inicial de “Rebelde sin Causa” (Nicholas Ray, 1955) se resume el estandarte, la imagen definitiva del movimiento social que pronto iba a estallar a resultas de un símbolo que no tardaría en convertirse en mártir. Las muecas extraviadas de Dean tirado en el suelo, borracho luego de una fiesta, es el programa ideológico de la nueva generación que anuncia la ruptura con las anteriores.
La cámara se demora en el intento imposible de seguir esa mirada perdida sin rumbo, y luego pasa recoger la irreverencia del mismo joven en la comisaría, el lugar en el que va a conocer a sus compañeros de aventura y de colegio. La brecha se planteó visualmente en la discusión de Dean y su padre ataviado con un mandil como símbolo del adocenamiento adulto.
La pelea a navaja entre jóvenes afuera del observatorio astronómico, introduce nuevos usos y costumbres entre los clasemedieros, que empiezan a asomarse a la violencia de las armas, con una coreografía que les da un sello distintivo de los ritos de los gángsters y del peladaje. La rivalidad de los chamacos se vale después de los automóviles, que muestran su capacidad locomotiva hacia la muerte, introduciendo en la vida de los adolescentes, el ingrediente de la tragedia, herencia griega que los marca. Platón, el estudiante más inerme, el cuasihuérfano y millonario, se ofrece como victima propiciatoria para que Dean y Natalie Word, los nuevos Adán y Eva, terminen la película en el momento en que son expulsados del paraíso rodeados de un coro de sirenas de la policía.
Antes de esta cinta paradigmática, James Dean había sido convocado por su antiguo maestro del Actor’s Studio, Elia Kazan, para protagonizar “Al Este del Paraíso” (1955) la magistral novela de John Steinbeck, que recrea el encono entre Caín y Abel, ahora en el seno de una familia protestante que quiere seguir, según el padre, apegada a las normativas de la Biblia.
Correspondió a Dean el papel del moderno Caín, que se alía a su madre la propietaria del burdel, para especular con alimentos en plena etapa de guerra; le da baje a su hermano con la novia y es objeto del desprecio general, todo mientras busca ser comprendido como un hijo que pretendía ayudar con métodos heterodoxos. Su propuesta no es aquí revolucionaria, pero pasea su mirada penetrante y autista por la pantalla, anunciándola como el testimonio de la incomprensión que se va a concretar en los filmes posteriores.
Kazan conocía a Dean y sabía de la novela, por lo que es explicable que haya encontrado en su expupilo, al protagonista ideal para desempeñar el rol que parecía ser secundario en el reparto, pero que terminó siendo el signo de una época.
Menos comprensible resulta ahora, que Nicholas Ray (“Rebelde sin Causa”) y George Stevens (“Gigante”, 1956*), hayan dado casi al mismo tiempo, con argumentos apropiados para un actor tan fuera de serie, que parecen haber sido escritos para él. En cierto sentido, James Dean realizó a lo largo de sus tres filmes el mismo papel: O no sabía actuar de otra forma, o su aprovechamiento de las técnicas de Stanislavsky en la escuela neoyorkina, lo llevó a un nivel de compenetración con sus roles, que dotó a los tres de una misma intensidad que aún hoy, continúa sobrecogiendo a los espectadores.
En ningún momento James Dean es un contestatario explícito, su desolación repetida en las tres cintas, es asumida como símbolo de protesta y rebeldía por parte de los jóvenes que lo contemplan en el cine, pero él se limita a ser un espíritu errante e incomprendido que, sin embargo, con su silencio se convierte en una convocatoria a desencadenar fenómenos más ruidosos.
Paul Newman, él mismo egresado del Actor’s Studio, perfecciona el estilo y lo hace más explícito, pero a lo que más que llega es a ser un continuador, un sacerdote de la religión que sin proponérselo, ha inventado el patriarca nacido en Marion, Indiana, y que no tardará en morir en un choque de vehículos. La temprana muerte del actor, lo santifica y los eleva a los altares en donde llegará a ser sustituido y/o acompañado por los hippies y su belluda y humeante iconografía.
James Dean fue un precursor de fenómenos que no alcanzó a conocer ni imaginar. Luego de la exhibición de “Rebelde sin Causa”, aparecieron en colonias de los suburbios en ciudades norteamericanas y del mundo periférico, bandas de adolescentes armados con cadenas metálicas y navajas italianas, que se disputaban territorios sin sentido, algunos vestidos con chamarras de cuero o de fibras sintéticas de color rojo, con camisas con el cuello levantado, las mangas recogidas sobre los antebrazos, pantalones vaqueros de mezclilla y calcetines blancos, copete envaselinado en el cabello y miradas extraviadas, que dieron quehacer a las policías de un planeta que se globalizaba sin saberlo.
Ya había pasado tiempo desde que los huesos quebrados de James Dean, se calentaron al sol por última vez el 30 de septiembre de 1955, en su Porsche Spider en la carretera vecinal de Salinas, California, subrayando su vocación por el lenguaje del silencio y la mirada vacía, cuando la secuela de su paso por la vida encontraba nuevas expresiones de estruendo y movimientos de cadera, en las convulsiones de Elvis Presley.
Los primeros roqueros se asumieron como rebeldes e hicieron mucho ruido. Consagraron el predominio de los adolescentes en los medios de comunicación, y en el mercado de los espectáculos y el entretenimiento. Impulsaron nuevas modas, pero gatopardianamente, el mundo siguió igual. Fueron los reyes del entorno que desplazaron a los galanes otoñales, al swing, el cha-cha-chá y la música lánguida de los boleros. Los viejos se sintieron por primera vez arrinconados, pero siguieron al mando del poder.
Mucho tiempo después, un redactor de la revista Rolling Stone le peguntó a John Lennon, cuál había sido la contribución de Los Beatles a las transformaciones del mundo.
“Nada ha cambiado -respondió- nos siguen gobernando los mismos tiranos. Lo único que ha cambiado somos nosotros. Ahora estamos más viejos”.
*”Gigante” se terminó después de la muerte de James Dean.
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