25 años con Blade Runner.
Escrito por Héctor Enrique Espinosa Rangel | 11 de Junio de 2007 | Categorias: Ciencia Ficción, Cine Norteamericano, Cine de Siempre en DVD | Tiempo de Lectura: 17m 39s | Leido 1086 veces.Cuando apareció por primera vez la pulcra imagen de “Los Duelistas” no daba idea alguna acerca de la visión de lo fantástico proveniente del director británico Riddley Scott, pero si de su gran capacidad para dar a la imagen un imprevisible sentido de realidad, de convertir a la cámara y a los efectos visuales en un constructor de miradas certeras a un mundo que los ojos no captan con facilidad.
Lo que si prefiguraba era su interés soberano por lo histórico, por esa vertiente de la fantasía que se enreda con los hechos y nos hace contemplar el pasado como un sueño ideal donde todo fue mejor, tiempo después lo demostraría mejor con “Gladiador” y con “Cruzada”, donde fácilmente hace del espectáculo del circo Romano un sitio para iniciar las leyendas y culminar los sueños, pero también hace del pasado un lugar donde debemos incursionar mejor para conocer nuestra cultura y entender nuestro presente a partir de comprender el inicio de lo que todavía nos afecta, como el pleito incongruente entre árabes e isrelíes que él deja ver a través de la intolerancia europea.
Desde luego lo mejor llegó con “Alien, el octavo pasajero”, donde el guión de Dan O’Bannon y Ronald Shusett no presentaba algo nuevo al cine de ciencia-ficción, de hecho la historia y su desarrollo sencillamente son una versión de lo escrito por Ib Melchior para Mario Bava en su película “El planeta de los vampiros”: una historia claustrofóbica de terror en un ambiente extraterrestre, que en su versión original fue una recreación del kitch italiano llena del humor brutal de Bava, lo que Scott transformó en la cinta más aterradora concebible de los setenta.
Esta fue la incursión más exitosa en ciencia-ficción desde que Orson Welles adaptó “La guerra de los mundos” a la radio; sin embargo la primera versión comercial provocó una discusión controvertida acerca del feminismo rupestre con que Scott parecía haber presentado a Ripley (Sigourney Weaver).
Fanáticos y aficionados comunes a la ciencia-ficción esperamos con reservas la primera aparición en cine del clásico del género en literatura en el último tercio del siglo XX: Philip K. Dick, que, entre paréntesis, ya era objeto de adaptación a la pantalla por parte de Kubrick (trabajo que finalmente quedó en manos de Spielberg), además de una novela que en los setenta no era accesible
en México traducida al español: “Do androids dream an electric sheep?” ; por desgracia la versión comercial de “Blade Runner” dirigida por Scott y editada por la Warner decepcionaba con su increíble final con Rick Deckart (Harrison Ford) y Raquel (Sean Young) en viaje hacia Canadá para una monstruosa luna de miel.
Gracias a la terquedad perfeccionista de los hermanos Scott (y a la tarea de las filmotecas del mundo: gracias DGACUNAM) en los años noventa conocimos la primera copia de Corte del Director, donde con unas cuantas inserciones Riddley transforma la idea de un amor monstruoso entre hombre (Deckart) y la hembra artificial (Raquel) en un evento de amor puro, indescriptible sin la intervención de las imágenes scotianas: la aparición del símbolo del amor perfecto y puro, el unicornio, entre las reflexiones del policía tras confrontar y descubrir a la mujer artificial.
Hay mucho más que estas lucubraciones en el corpus de “Bladde Runner”, porque la cinta es el colmo del concepto de ciencia en la fantasía: es una premonición muy cercana a la Apocalíptica y una visión del futuro donde no es lo social o lo histórico lo que concierne a su tema central, sino la naturaleza misma de lo humano; Scott profundiza en asuntos tan delicados como la facultad misma de los sentimientos y la memoria individual, en la de las relaciones entre razón y emoción, y va más allá hasta sugerir un análisis de las hipótesis clásicas de Aldus Huxley en “Un mundo feliz”, acerca de la producción en serie de seres humanos por medios no biológicos.
Inocentemente Huxley dejó abierta la concepción del proceso productivo de humanos en “línea de montaje”, sus descripciones de la creación de los ciudadanos del Mundo feliz se reducen a ciertas anotaciones sobre la utilización de químicos en la composición de los fluidos corporales, y cuando mucho habla de la distribución de los sujetos en vasos de precipitados, pero nunca alude directamente a la forma en que se diseñan o ensamblan los individuos; aquí es donde Scott llega más lejos: con tan solo una corta secuencia nos enseña que los ojos son diseñados separadamente para cada modelo e individuo, que los cerebros exigen un diseño superior que solo atañe al dueño de la empresa Tyrell, y que de alguna manera los “replicantes” (simulacros en palabras de Dick) son ensamblados y programados en “línea de montaje” efectivamente.
Justamente por ello es más sorprendente confrontar el resultado final cuando Deckart tiene que eliminarlos pero queda uno (Raquel), según apunta el ominoso agente Gaff (Edward James Olmos), y Deckart decide salvarla y huir con ella. En el corte del director de 1991 Scott cambió por completo la perspectiva dramática al dejarnos tan solo un unicornio de papiroflexia como testimonio de la persecución que deberá realizar Gaff cuando Deckart y Raquel salgan del edificio donde vive el primero. Pero también cambió todo el estilo narrativo: a los productores se les ocurrió originalmente convertir la película de Scott en una imitación de las narraciones de Mickey Spillane, iniciando con un diálogo de voz fuera de cuadro mientras la imagen profundamente descriptiva creada por el director y su asesor de futurismo, Syd Mead, daban un mundo nuevo pero reconocible que no cuadraba con el monólogo de Harrison Ford.
En términos de verosimilitud la puesta en pantalla de la novela de Dick nos introduce en una sociedad caótica y dominada por el capital financiero, desde su inicio la visión de Los Ángeles como una ciudad sitiada por escapes de gas incendiado y dominada especialmente por el edificio piramidal de la Corporación Tyrrell, vigilado conspicuamente por patrullas volantes que constituyen el único tránsito vehicular visible, apunta ya al predominio del poder corporativo, de la autoridad sujeta a la vigilancia de esos intereses, lo que se comprueba al descender a nivel de piso para encontrar a Deckart en calles atestadas de vendedores ambulantes y viandantes que se protegen de la lluvia ácida, son calles que recuerdan a la antigua Candelaria de los Patos o las zonas públicas de Honk-Kong y Macao, con una población cuyo lenguaje no es el inglés ni el español, sino una jerga evolucionada de mezcla con el chino, japonés y sabrá dios que otras lenguas.
La novela de Dick es parte de una trilogía (Podemos construirle , Los simulacros y ¿Sueñan los androides con corderos eléctricos?) acerca de la sociedad invadida por esos “otros” humanos construidos por el hombre para hacerle compañía en la conquista del espacio, los simulacros con que el gobierno mundial (una extraña mezcla de comunismo, corporativismo y totalitarismo disfrazados como “democracia”, donde confluyen también amplios sectores raciales de alemanes, japoneses y sajones, que imponen sus lineamientos culturales como único modelo a seguir) mitiga la migración hacia los planetas vacíos, los puebla con ellos para que al llegar los “colonizadores” cuenten con “vecinos”, con acompañantes en la expansión de la sociedad humana hacia el espacio. Y en Blade Runner apenas nos enteramos de esto gracias a los diálogos de Roy Blatty (Rutger Hauer), como cuando dice a su fabricante de ojos, el biólogo Chow (James Hong): “si pudieras ver lo que he mirado con tus ojos…”
Estos simuladores de compañía, humanos artificiales destinados también a ser los sucesores del esclavo, diseñados para soportar condiciones imposibles para el organismo humano, padecen de una perfección nunca prevista por sus creadores: crean conciencia de sí y con ella el deseo de vivir, de dar sentido a su existencia y trascender, pero han sido programados para una existencia corta (más o menos diez años), y buscan extender ese plazo a cualquier costo; pero lo que Scott y Dick apuntan es lo increíble: la conciencia de sí llega al punto de la compresión del valor humano de vivir, y Blatty perdonará la vida a Deckart por el valor aislado de la existencia misma.
Debajo de cualquiera de las versiones que se dice ha editado Riddley Scott (en la televisión mexicana se habla de cinco y una sexta más en la que se aumentarán escenas censuradas de la muerte de la desnudista Zhora -Joanna Cassidy) lo persistente será siempre las facultades de la mente humana, de su racionalidad y de los sentimientos como parte de la integridad en ese misterio indefinible que llamamos “mente”, y que ocupa las reflexiones en Deckart cuando se le revela el amor como una realidad inevitable pero deseada, cuando comprende que Raquel es, como creación artificial humana, la extensión del sí mismo que la naturaleza narcisista de hombre necesita; es un concepto que comparte con el Sr. Eldon Tyrrell (Joe Turkell) quien confronta a Roy Blatty pretendiendo seducirlo, reducirlo a sus caprichos sexuales y provoca que el “réplico” lo asesine.
La preocupación de ambos creadores (Dick y Scott) es la naturaleza de la mente humana, de lo que llamamos raciocinio y lo que conocemos como sentimientos, pero con mayor precisión de la memoria, de esos fragmentos de experiencia que hemos ido aprendiendo a conformar y deformar artificialmente a través de los llamados Medios de Comunicación, y especialmente de expresiones como el propio cine, donde la identificación con las situaciones presentadas puede hacerse parte de la memoria del receptor, de los espectadores y que cada vez más se ha hecho susceptible de copiar y transferir por medios mecánicos. No es una preocupación ochocentista acerca de la naturaleza en términos de teología o Jus Naturalismo, sino de la forma en que lo creado por el ser humano es susceptible de ser manipulado y cómo las leyes mismas del universo tienden a un equilibrio que nos resulta impredecible, especialmente cuando jugando al Dr. Frankenstein pretendemos imitar completamente la vida y en especial la vida humana.
El tema central de “Blade Runner” es la búsqueda de sí por el ser humano, una búsqueda que lo lleva al encuentro de su otredad en las obras que realiza, nos regresa al mito de Narciso, y al de Pigmalión, condenados a no encontrar el “otro” que satisfaga su sed de totalidad, y también referencia al ser escindido de Platón, y lo curioso es que lo ubica en el ámbito platónico de la caverna donde las sombras del cine revelan lo que está a nuestras espaldas y lo deja fuera de nuestro alcance en el limbo oscuro que la rodea , en torno a nosotros pero inasible, convierte al cine en suplicio de Tántalo.
Extrañamente el ámbito dramático de la película es la violencia, o mejor una exploración acerca de sus motivos, de cómo es que creadores y criaturas emprenden actos destructivos: Deckart obligado por el capitán Bryant (M. Emmet Walsh) a cazar a las “pieles”, los evadidos (Blatty, Zhora, Leon Kowalski-Bryon James- y Pris- Darryl Hannah) en busca de sobrevivir a su programa genético, Raquel en busca de respuestas por parte de Deckart, Tyrrell en busca de la suprema quietud en la decadencia absoluta de los poderosos (lo escuchamos soltar un discurso digno de la obra de Sade para seducir a Roy Blatty), y todo juega en un ajuste con el cual hará que Raquel asesine a Leon, veremos a Zhora morir por las balas de Deckart, a Tyrrell a ser descabezado por la frustración de Blatty y a éste salvar a Deckart porque había visto cosas que jamás verían los ojos humanos allá, en el espacio exterior, y podrían desaparecer como lágrimas bajo la lluvia; la criatura asume la unidad con el creador y remite a él la tarea para la que fue creado, rescatar su experiencia trascendiéndola hacia su “dios”, igual que el monstruo de Frankenstein busca a su creador para que se justifique su existencia y el azoro que siente por ella.
Desde la perspectiva romántica es el rescate del monstruo como parte del mismo ser humano, hay en su desarrollo un recordatorio perpetuo del sentimiento que inunda la novela “Nuestra Señora de París”, de Víctor Hugo, y en su culminación Scott recrea la danza de Quasimodo entre las torres de Notre Dame, solo que será el edificio Ray Bradbury, frontero al Teatro Million Dollar, donde el ascenso hacia la muerte sea igual que la danza del jorobado entre las gárgolas de la catedral gótica, nada más que aquí el jorobado es Deckart, y el sacrificado Blatty; en el departamento de Sebastian (William Sanderson) se reproduce la Corte de los milagros en que los desheredados fraternizan, donde la “Esmeralda” de “Blade Runner” será Pris (Darryl Hannah), un ser intermedio entre el juguete y la sensualidad absoluta y condenada desde el principio a no ser para nadie, igual que la gitana de Víctor Hugo y como ella la agilidad y la gracia personificadas, solo que esta vez fue creada especialmente para ello, ya que como diría Bryant: “si hablas de la bella y la bestia, ella es ambas”, aunque se refiera a Zhora.
En novela resulta complicado el proceso mediante el cual aparecen los simulacros (o replicantes) luego de un largo proceso de evolución a partir de un negocio de pianos y espinetas que deriva en la producción de simulacros para el gobierno y después para la conquista del espacio, es uno de los temas favoritos de Philip K. Dick: la crítica al germanismo en las clases dirigentes de los EUA (que redundó en su obra maestra El hombre en el castillo , donde propone un mundo en que la Segunda Guerra Mundial la ganó el Eje y su trama sucede en Estados Unidos Ocupado, y es la persecución de un escritor que se atrevió a editar una obra donde pierde el Eje y en el mundo se impone el New Deal de Roosevelt).
Como una de las premisas de Dick es la libertad como parte fundamental de la inteligencia, el tratamiento de los simulacros (o replicantes) es una negativa constante a su condición de esclavos, y a diferencia de la obra en clásicos como Isaac Asimos, Dick no propone el establecimiento de “leyes de la robótica” o de candados electrónicos que sometan a sus replicantes al ser humano de principio, sino que establece la confrontación de la mente artificial y la humana, el paso que apuntará hacia la Nueva Época de la Ciencia-ficción que finalmente romperá con la curiosidad sobre los efectos de la tecnología y propondrá el reinicio y replanteamiento de la mente humana a partir de una nueva racionalidad derivada de la decepción tecnológica y por la ciencia, o como diría Yves Michaud: “…voltearon hacia una especie de ‘neopremodernismo’ e intentaron regresar más allá de una historia que se hubiese acabado, con el deseo d restaurar la espiritualidad de las sociedades premodernas, acentuando lo ritual, la ecología y lo femenino…” .
Las versiones donde Scott introduce nuevos elementos a su película simplemente son aumentos paulatinos de partes que completen la idea general de la trilogía literaria y reflejen mejor el mundo caótico de confrontación intelectual entre el ser humano y sus obras; de entre ellas las únicas accesibles en México son la original (localizable en versiones de VHS) con el formato de diálogo fuera de cuadro y la del Corte del Director, de 1991, que es la más recurrente entre la piratería. Las otras, según los reportes de la Internet constituyen diferentes versiones para mercado europeo y estadounidense, unas con más o menos violencia, y la última que reportaron los comentaristas de canal 22 y canal 40 supone la inclusión de pietaje original remasterizado del negativo en 35 Mm., donde hay violencia que no fue exhibida en Europa, pero no parece haber algo diferente o que cambie la obra original, tanto de los libros como de la película.
Hay que tener en cuenta que Dick es un autor de paradojas, el origen de los “replicantes” o Simulacros está referido en “Podemos Construirl”e, novela en la que son resultado de los ejercicios terapéuticos de una esquizofrénica, Pris, cuya personalidad traspuso Scott a la replicante de placer de “Blade Runner” (el personaje de Darryl Hannah), cuya inmolación luchando con Deckart será el motor de la conciencia para Blatty, movilizando la más antigua motivación para el arte y la filosofía: la reflexión acerca de la muerte y su sentido, que será la razón de que el simulacro rescate en el último segundo al ejecutor y lo deje azorado en los techos del Ray Bradbury.
Quizá lo más extraño del Corte del Director es la inserción del unicornio, una imagen que parece fortuita hasta que Riddley Scott termina de explicarla con la realización de su siguiente película fantástica, “Leyenda”, cinta que resulta la entrada total del cineasta a la definición de sus ligas con lo fantástico, a entrar en la dimensión del cuenta-cuentos y su relación con la infancia y de hecho con toda la narrativa, en vista de que asume la subjetividad de cualquier forma adoptada por el arte, trate o no de hechos históricos o fantásticos, pero sobre todo nos introduce en su concepto de inocencia y pureza emocional.
Igualmente Dick y Scott coinciden al rechazar la naturaleza del espectáculo, de la creación de artificios con finalidad “divertida” (Dick señala el origen absurdo de los simulacros al ser pensados para representar matanza en funciones de Grand Guiñol, que sustituyan al cine y la televisión, iniciando con repetir la Guerra Civil de los EUA, como un recordatorio del instante en que esa nación cobra conciencia de sí), en la película este juicio se establece mediante la negativa de los replicantes a ser esclavos y a un destino de muñecos o juguetes (Roy Blatty admira los fenómenos en la casa de Sebastian y Pris trata de escapar a Deckart confundida con ellos), y especialmente a la burla involuntaria de Tyrrell al proponerse la seducción de su criatura.
Pero la rebelión más expresa contra los medios es la contradicción misma de la existencia de los Replicantes, su fabricación independientemente de proporcionarles un propósito de existencia o la capacidad de evaluar estos propósitos para ajustar su existencia a ellos, e igualmente la falta de un significado en la muerte, en términos de la historia del lenguaje cinematográfico Scott se niega a presentar sus criaturas como un efecto de la magia (incluso de la magia representada por la tecnología) y las reduce a las realidades de la mente humana expresa a través del conflicto dramático, en Blade Runner la estupidez es someter la inteligencia a la esclavitud, la profunda estupidez de esa pretensión continuamente manejada por la ciencia-ficción y la fantasía del cine, que creaban una imagen del futuro humano sometido a las mismas estupideces del Poder que ahogan la actualidad y pretenden hacer parecerlo natural o normal aproximando la fantasía cada vez más la realidad externa al cine donde se mantiene la rigidez irracional de considerar a lo humano como manipulable y susceptible de control, de alejarlo de la libertad, cualquiera que sea el concepto de esta que se tenga.
Además el mismo futuro es visto por ambos autores como un caos cuyo orden corresponde nada más a la capacidad de los sujetos para percibir y transformar su entorno, a la sociedad y al Estado les toca tan solo la tarea de administrar hábitat, como nos dice continuamente el globo aerostático que circula sobre los cielos de los ángeles anunciando las ventajas de ir como colono a los planetas conquistados (por los replicantes) mientras la vida cotidiana es un continuo gravitar entre la fuga y el delito, entre la persecución policíaca y la búsqueda del sustento, sin mayor perspectiva que encontrar algo de diversión en bebidas como el Metaxa (cuya marca no sale pero de envase inconfundible al llegar a manos de Deckart) o bien acudir a un atestado antro para beber y ver desnudistas, sean o no humanas. Cabe acotar, para los poco aficionados a la lectura, que el término Blade Runner lo adoptó Riddley Scott de la obra de William Burroughs.
Filmografía:
Blade runner. D. Riddley Scott. Con: Harrison Ford, Sean Young, Rutger Hauer. Guión: Dan O’Bannon y Ronald Shusett. EUA/GB. 1982/1991 (corte del director).
Planeta de los vampiros, El. (The planet of the Vampires). D. Mario Bava. Con: Barry Sullivan, Norma Bengel, Angel Aranda. Guión: Ib Melchior y Louis M. Heywar, basados en el relato One night of 21 hours, de Renato Pestriniero, publicado en The Science-fiction Magazine. EUA/ITAL/ESPÑ. AIP/ITALIAN/CASTILLACINEMADRID. 1965.
Los duelistas. (The duellists). D. Riddley Scott. Con: Keith Carradine, Harvey Keytel, Albert Finney. 1977.
Alien, el octavo pasajero. (Alien). D. Riddley Scott. Con: Tom Skerritt, Sigourney Weaver, Veronica Cartwright, Ian Holm, Harry Dean Stanton, John Hurt, Yaphet Kotto. Guión: Don O’Banion y Ronald Shusett. FX: Brian Johnson y Nick Adler, diseños de H.R. Giger. Escenarios de Ian Whitaker. EUA/GB. FOX1979/2003(Corte del autor).
Leyenda. D. Riddley Scott. Con: Tom Cruise, Mia Sara, Tim Curry. Guión: William Hjotsberg. EUA. UNIVERSAL. 1986.
Gladiador. (Gladiator). D. Rifdley Scott. Con: Rusell Crowe, Joaquin Phoenix, Connie Nielsen. Guión: David Franzinni. EUA/GB. 2000.
Cruzada. (Kingdom of heaven). Riddley Scott. Con: Orlando Bloom, Michael Sheen, Nathalie Cox, Liam Neeson. Guión: William Monahan. EUA/ALEM/ESPÑ/GB. 2005.










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