Cuando nació Liza Minnelli el 12 de marzo de 1946 en Los Ángeles, su cuerpecito albergaba átomos del talento de sus padres, la actriz y desgarradora cantante Judy Garland y el director de cine Vincente Minnelli, pero también traía escondidos en algún lugar, gérmenes de abismos depresivos que la habrían de torturar en plena madurez. Liza pareció en un momento dado, repetir algunos de los rasgos maternos, tanto el temprano beso de la fama, como el no tan retardado acoso de las adicciones. Su madre allá por los años 60 ofreció recitales en el cabaret El Patio del Distrito Federal, y los periódicos dieron cuenta lo mismo de su actuación, que de su afición a sentarse sola en una mesa despachando rebosantes vasos de whisky.
Judy Garland la estrella que cautivó a toda una generación en su papel de Dorothy en la emblemática “El Mago de Oz”, en los albores del cine musical a colores, y tuvo éxitos rutilantes como en el filme “Nace una Estrella”, se había convertido en una mujer adicta a la benzedrina, que tomaba para mantener el peso y controlar la presión de las cargas de trabajo. Pasos semejantes seguiría su hija unas décadas después, para combatir los fantasmas de la inestabilidad emocional, patente en su paso por 4 matrimonios y en su militancia en las filas de los adoradores del Dios Baco.
Pero ¿Qué se puede esperar de quien recibe opresivas cargas de exposición pública, adulación y dinero antes de cumplir los 30 años? Liza obtuvo un premio Tony a los 19 y fue abrumada por el Óscar, el Oso de Plata y muchos otros galardones por su destacada y deslumbrante participación como Sally Bowles en “Cabaret” (1972), la cinta de Bob Fosse que se llevó 8 Óscares incluyendo a la Mejor Actriz. Sólo faltó que la premiaran por sus impresionistas pestañas postizas y sus uñas verdes. Si en este momento se volviera a presentar a concurso, de seguro se volvería a llevar los mismos o adicionales premios, porque la película es una obra de arte, de esas que le permiten a Hollywood producir toda clase de basura con la certidumbre de que de vez en cuando, nos va a sorprender con una pepita de oro oculta en el cernidor de arena.
“Cabaret” nos presentó el prodigio de una conjunción de perfecciones que abarcaron actuación, coreografía, música, canciones, guión, ambientación, tema, realización y sobre todo, una mujer que acertaba en cada guiño, en cada cota de su lenguaje corporal pleno de frivolidad, picardía y gracia, para presentarnos a un ser consciente de su libertad, que asumía riesgos para preservarla.
Liza Minnelli nos dejó en esta obra –mucho más que en las que le siguieron- la cima de su actuación y de un momento estelar de su existencia. Recibió fama y dólares, pero también y de eso no fue oportunamente consciente, la carga de fuerzas emocionales cuya crispación, habrían de llevarla a recorrer los laberintos de un complejo desajuste emocional, para luego caer del estrellato a escalas inferiores de penumbra. En su avaricia, la vida no le ofreció oportunidades para repetir el éxito inicial, y se vio atosigada por el surgimiento de nuevos astros y por un precoz abandono en el portal de lo que fue y no será.
El amor del público es veleidoso y traidor, inconstante, escurridizo, volátil y es además, cruel, porque a la idolatría hacia el artista, sigue, de improviso, el olvido.
La dulce Winona Ryder luego de que no ganó el Óscar por “Girl Interrupted”, fue sorprendida robando baratijas en un almacén y desde entonces, su paradero se convirtió en un misterio; Liza Minnelli suspendió la celebración del primer aniversario de su cuarta boda (David Gest) en 2003, a la que había invitado a 400 personas en el Marriott de Times Square en Nueva York, simplemente porque se le volvieron a pasar las cucharadas y después, su chofer la acusó de esclavitud sexual, interponiendo una demanda millonaria, que tiene mucho de actitud parásita. Su ex David Gest la demandó también por propinarle feroces golpizas en sus frecuentes períodos de ebriedad.
Así iba Liza Minnelli cayendo y levantándose. Disfrutaba en sus esporádicos conciertos el reencuentro con glorias pretéritas, valida de su carisma inalterable y de su voz toda portento.
Se diría que el sino de las precoces triunfadores es el sufrimiento, que la fama ha de ir seguida por el desconsuelo, como si el show bussiness se tragara a sus hijos notables y los destinara a las antesalas de los manicomios y las casas de salud. Tal si las figuras que Hollywood nos hace amar, arrancarles gajos de belleza y sensibilidad que requerimos para colorear un poco nuestras grises vidas, estuvieran predestinadas a la angustia y la tragedia.
Vincent Van Gogh se arrancò una oreja, Modigliani desapareció en la noche, Mozart murió joven y tísico, Beethoven fue un sordo agrio, Antoine de Saint Exupéry cayó tragado por el mar envuelto en un avión, Marcello Mastroianni antes de morir de cáncer, lloraba por aferrarse a la vida y a su dama Catherine Deneuve, John Lennon recibió un balazo en la cabeza al arribar a su departamento y el Lagarto Morrison no llegó a los 30 años en el marasmo de una sobredosis, como si algún hado nos enviara el mensaje de que los dioses que erigimos, aquellos que como Prometeo nos dieron el fuego sagrado del placer, tuvieran que pagar el tributo de sus dones y su audacia.
Pero eso no siempre es así, ni el fatalismo es invencible. María Félix construyó y sobrevivió a su propio mito, Madonna dijo que ella no era Marilyn Monroe refiriéndose a la trágica de platino y da pruebas de que se conserva en el pináculo del éxito manipulando al sistema de explotación a placer y a voluntad, con una sabiduría y una madurez que la Minnelli –entre muchas otras- no ha podido conquistar.
La proximidad entre las cumbres del arte y la muerte, nos enseñan la excelsitud a la que es capaz de llegar la especie humana y con brutalidad, nos manifiesta la frágil materia de que estamos construidos.
En medio de esas enseñanzas, demos gracias a que la tecnología nos ha traído la posibilidad de disfrutar la sensibilidad y la presencia de esos personajes que nos dieron –con o sin su sacrificio – una pizca de alegría. El cine los conserva como fueron- hábiles engatusadores- oficiando imágenes (¿magias?), convertidas en la droga dura de las ilusiones
Ojalá que Liza Minnelli reciba – en ésta su pista de descenso- algo del placer que su voz, su bella picardía y sus pestañas postizas, nos prodigaron los cautivos de su gracia.
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