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El Violín… que nos pintaron.

Escrito por Héctor Enrique Espinosa Rangel | 28 de Mayo de 2007 | Categorias: Cine Mexicano, Estrenos, Melodrama | Tiempo de Lectura: 8m 10s | Leido 1140 veces.

violin-cartel.jpgEn los años sesenta México fue un país de caos controlado: de una parte el gobierno endureció su política económica y el propio presidente Díaz Ordaz llevó al Congreso estadounidense la nación para ofrecerla como producto; en otro aspecto las autoridades federales y estatales arreciaron la presión hacia los trabajadores del campo y la ciudad; las organizaciones políticas se plegaron totalmente a la autoridad y se alejaron cada vez más de los ciudadanos que eran cercados a la vez con leyes que reducían su existencia a la de meros servidores de las instituciones sin voz ni voto.

La sociedad civil sufrió una evolución súbita y desaforada: en las artes crecía una corriente nueva de conciencia muy alejada de los nacionalismos tradicionales, como en la pintura donde se rompió con las ataduras del muralismo y se retomó la importancia de la obra de caballete con temáticas alejadas de lo histórico o el realismo; la literatura entró cada vez más en la modernidad y la búsqueda del hombre nuevo ante la vida urbana; el cine y el teatro buscaban la imagen de una cultura nueva que no fuese la del ideal metropolitano de los criollos ni la visión idílica del indigenismo.

Las áreas rurales y especialmente las habitadas por indígenas, se empobrecieron al punto de llegar al descontento que organizó la guerrilla en muchos puntos del país, mientras el sector estudiantil de todas las ciudades se manifestó contra el autoritarismo creciente y exigió el cumplimiento de las leyes fundamentales; en respuesta a todo el gobierno movilizó al ejército en contra de la población. De esto trata la película “El Violín, de Francisco Vargas.

Hacia el final de los años setenta se estableció una política de cambio que lleva la televisión al campo como auxiliar del sistema educativo, y para nutrir las aulas televisivas se despliega un enorme esfuerzo fílmico para retratar al país y hacerlo objeto de estudio para sus propios habitantes. La Unidad de Televisión Educativa y Cultural (UTEC) de Educación Pública destacó numerosos equipos de cineastas a todas las regiones, en alguno de ellos filmamos a los pintores de amate de Guerrero, justo en la zona de mayor actividad guerrillera donde anduvo el profesor Genaro Vázquez Rojas.

Los pueblos de Tierra Caliente, donde se inicia la zona montañosa del estado de Guerrero, son una muestra perfecta del México que expulsa a sus habitantes: caseríos colgados de laderas abruptas con escaso terreno cultivable, sobreviviencia a base de una economía basada en el cultivo del maíz y la elaboración de artesanías de barro y pinturas en amate que relaciona a los nahua parlantes de Guerrero con los otomíes de Puebla, y que provee a los varones de material para vender fuera del país sin tener que someterse necesariamente la contratación como braceros en los EUA.

El objeto de la filmación para la UTEC era precisamente el trabajo artesanal en Amate de los pintores en los pueblos de Ameyaltepec, Xalitla, Maxela y algunos otros en un corto a cargo de Miguel Ehrenberg (qepd), y la filmación tomó como centro de operaciones la población de Ameyaltepec, donde el huésped fue un pintor casi adolescente que promovía el hermano de Miguel, Felipe, como pintor de caballete, porque descollaba entre sus colegas y paisanos al aplicar técnicas modernas de dibujo para sus cuadros tradicionales en donde plasmaba un tema recurrente: la decapitación de su padre por el ejército en el patio de la casa familiar, delante de su familia.

Este es el ambiente donde se desenvuelve la historia de “El Violín”, el de una violencia silenciada que afectó a uno y otro lado del poder, que forjó la migración acelerada que fue convirtiendo a estos pueblos en sitio de mujeres y ancianos, de adolescentes apochados que hablaban náhuatl e inglés prefiriéndolos al español, de costosas construcciones casi vacías cuyos propietarios pagaban con dólares desde el extranjero, mientras los que permanecían pintaban amates y vasijas de barro para un mercado creciente dentro y fuera del país, que les permitió mantener su integridad cultural y su dignidad como personas.

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Porque el tema central de la película es este: la dignidad, a pesar de la primera impresión y de la necesidad de una denuncia a través del cine, Vargas no plantea panfletariamente estos hechos de violencia, sino cómo es que los humanos son capaces de enfrentarla, cómo es que sobreviven a ella a pesar de que la muerte es una presencia continua y la pobreza (física y educativa) no parecen ayudar para que salgan adelante, ni los campesinos ni los soldados. Es la confrontación de seres humanos durante encrucijadas de la evolución que lleva la convivencia a comprender la necesidad de una conciencia y de compartir la responsabilidad de la vida en comunidad, de avanzar hacia la democracia.

También trata de ese trabajo que nadie quiere y se toma como último recurso ante la falta de aceptación en la sociedad: ser soldado raso, ser la base y carne de cañón para las campañas del ejército, asegurar el ingreso y la seguridad en salud y habitación mientras se cumple con el servicio, aspirar a llegar a sargento antes de los cincuenta años y quedar vivo luego de las campañas en la serranía o el desierto, pero sobre todo el conflicto de pertenecer al organismo vigilante del gobierno y no poder ir en contra de las decisiones superiores que no son de acuerdo a la formación militar.

Del conflicto de ser pueblo y ser represor al mismo tiempo, de compartir fatigas y carencias pero estar en lado diferente de la barda con las gentes de los pueblos, pero no del otro lado de las bocas de fusil y en el campo de batalla la cobija del gobierno es inútil contra de las balas o la decisión de los contrarios.

Pero la verdadera guerra no está ahí afuera, ni en el amedrentamiento que obliga a refugiarse entre los árboles y las piedras, sino en la mente presionada por el interés y la costumbre, por el conflicto entre iguales divididos por un sistema, drama que se refleja en la confrontación del viejo violinista (Ángel Tavira) y el capitán del ejército (Dagoberto Gama) unidos por una vocación común de vivir y la misma convicción de cumplir con el deber que les impone su situación.

De alguna forma la película de Vargas Es una reivindicación de la lucha en contra del formalismo jurídico asumido por el gobierno mexicano desde la perspectiva del pueblo: la asunción de formas de organización y lucha que se opongan al autoritarismo con que se niega el acceso a los cambios necesarios para concretar una forma de vida que sirva para todos los integrantes del país, una expresión de esa lucha desde una perspectiva realista de los hechos, del ejercicio de la violencia legítima en dos direcciones: la del gobierno que supone a los gobernados tan solo como súbditos y la del pueblo que supone su derecho a mejorar a cualquier precio.

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Por esto al entenderse como personas Don Plutarco y el capitán encuentran el sitio común de su existencia: el dolor, el recuerdo de la injusticia y la represión, y ponen a juego sus tácticas de sobrevivencia desde las posibilidades de cada uno. Pero Vargas no hace trampa jamás: desde la perspectiva de su narración sabemos que el “pueblo” (los levantados, los habitantes inconformes) obtienen las armas subrepticiamente, pero vemos que son las mismas armas del ejército que los acosa, así pues cuando el soldado entrega una pistola a Plutarco el juego se ha establecido: bien es una colaboración de un “pueblo” sometido al régimen, o es una trampa en la que el campesino juega sus cartas; pero solo sabremos las reglas cuando lega el final.

La elección del blanco y negro para realizar la película no es fortuita, parece obedecer al lenguaje del cine comercial que nos transporta en el tiempo merced los cambios de color, además sirve para hacer más imprecisos y generales los escenarios de la acción (lo mismo puede ser en los bosques de la sierra madre, que en l Selva Negra de Chiapas, o las montañas de Guerrero y aún en la serranía de Chihuahua, aunque al parecer solamente es el Valle de México, probablemente Villa del carbón, muy parecidos todos a Ixtapaluca), pero también es una referencia indispensable al mismo cine mexicano que alcanza lo mejor de sí en la etapa del blanco y negro.

Por parte de los actores destaca que no sean profesionales en su mayoría, que en un buen giro de creación se juegue con el espíritu del “documental” o las técnicas del “neorrealismo”, lo increíble es la escena final, donde lo parco del diálogo le hace más elocuente, especialmente con el epílogo de los musiquillos itinerantes que nos remiten a la música de Banda y los corridos de narcotráfico.

No extraña su éxito de público por cuanto el centro de todo es el ser humano, la cultura como forma de enfrentar al medio, natural y social, de establecer en la dignidad y el respeto por sí un ser conocido y sin complejidades, el diálogo entre parlamentos e imágenes fluye rápido y sin estorbos, y en cuanto al idioma s trasluce en la sencillez que seguramente frece poca resistencia a la traducción en cualquier lengua, y eso es una explicación de por qué tuvo éxito antes de exhibirse en México, pero no explica por qué fue despojado del Ariel, aunque su ganador tratara de explicarlo.

“El Violín”. D. Francisco Vargas. Con: Ángel Tavira, Gerardo Taracena, Dagoberto
Gama. Guión: F. Vargas. MEX. 2005.

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