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Pacto con Lobos: Patadas a la Francesa

Escrito por Dario Zepeda Galvan | 15 de Mayo de 2007 | Categorias: Aventuras, Cine de Siempre en DVD, Cinefobia | Tiempo de Lectura: 6m 8s | Leido 554 veces.

Acostumbrados como solemos estar todos los que queremos y amamos al cine (con perdón de Don Ángel Fernández) a que las patadas, los karatazos y balaceras tienen casi denominación de origen en Hollywood, o de perdida en Hong Kong, y que, al mismo tiempo, del viejo continente solo suele echar anclas en nuestros puertos “cine de arte” tipo Kieslowsky, Wenders y demás perpetradores de dramones existenciales (si son en blanco y negro, mejor, porque todos sabemos que si algo está en blanco y negro es, por definición, “artístico”). Así que de vez en cuando es bueno enterarse de que los europeos, como bien dijera Óbelix, también están majaretas y también producen muy buenos churros con patadas voladoras incluidas.

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Es el caso de la película a la que me refiero en esta ocasión, su nombre en cristiano es “Pacto con Lobos” (Le Pacte des loups, 2001), dirigida por Christophe Gans, y que por algún imperdonable descuido, tiene de hecho el mismo nombre de la película en su idioma original, no sé que les pasó a los señores que rebautizan las películas en México, y porqué no le pusieron a esta “pacto obsesivo” ó “¿y donde están los lobos?”, sospecho que alguien no hizo su trabajo por ahí. El filme, ignorante de su feliz escape de las garras de los rebautizadores, se dedica a lo suyo, que es contarnos una historia, esta en especial recrea un popular misterio que rodeó a la región de Gevaudan, en Francia por aquellos años del siglo XVIII en que lo chic era ponerse pelucas con caireles y polvearse la cara (y luego se quejan del piercing y los tatuajes, en fin). Modas aparte, se trata de un relato bastante aventurado y aventurero de cómo se pudieron haber dado los acontecimientos relacionados con la muerte de varios niños y mujeres en la zona por parte de un animal al cual nunca se le pudo identificar cabalmente. Hoy en día, todavía no existe un acuerdo formal sobre que fue realmente la temible “Bestia de Gevaudan”, pero varios estudiosos del tema (Discovery Channel incluido) suelen coincidir en que, si bien el chivo expiatorio fue en este caso un lobo (un lobo expiatorio, que no extepario), no fue realmente el criminal, con lo que se ve que tampoco en la invención de culpables la PGR logra destacar por sus innovaciones.

Pero volvamos a la cinta, grosso modo les puedo decir que es algo que se debe ver, ¿quieren razones? Les doy una: Monica Bellucci, punto. Ya no tengo nada más que argumentar a favor de esta película.
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¿Qué?

Ya dije cual es la razón para verla, ¿quién necesita algo más?

Si bueno, de acuerdo, también salió Monica Bellucci en las secuelas de Matrix y ambas fueron tan buenas como los partidos del Necaxa o las novelas de Carlos Cuauthemoc Sánchez. ¡Pero aquí es distinto! ¿por qué? Primeramente porque el director si sabe como aprovechar a esta maravillosa actriz y la coloca en un personaje que pareciera que fue inventado para ella. Pero me estoy adelantando de nuevo, trataré de contener mi blogeo precoz y exponer más pausadamente las correrías de este churré (que es, por supuesto, el francés para churro).

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Cuando tú vas a ver una película en donde actúan personajes famosos como Vincent Cassell y la susodicha Bellucci, además de ilustres desconocidos como Samuel Le Bihan y cartuchos quemados como Mark Dacascos (cuyo mayor reclamo a la fama fue la muy, pero que muy triste “Doble Dragón”) pudieras tener buenos motivos para esperar que fueran los dos primeros quienes estelarizaran la producción, después de todo, las estrellas hacen eso por definición, estelarizan. Es como si te anunciaran algo en donde salieran Tom Cruise y Nicole Kidman junto a Eric Roberts y David Prowse (puntos extras y estrellita en la frente a quien identifique a este sujeto), se podría esperar que la Kidman y su ex – esposo, el señor Dianético se adueñaran de la pantalla como Vergara se adueñó de las Chivas. Pero no es el caso aquí, si bien los personajes de los esposos italo-francos cumplen papeles notables en la aventura, son los otros dos desconocidos (bueno, no tan desconocidos, en su casa deben de ser harto populares) en cuyos hombros recae la historia, y, sorpresivamente, recae tan bien como le recae un menudo a un crudo.

Le Bihan y Dacascos representan respectivamente al caballero Gregoire de Fronsac, encargado de los jardines del Rey, bajo órdenes ni más ni menos que del gran Lamarck (búsquenlo en Wikipedia si sus clases de biología ya pasaron al camposanto de la información no acumulada) y a su “hermano de sangre” un iroqués llamando Mani, quien, debido a una transmigración mística que va del salvaje occidente norteamericano, al salvaje oriente asiático, es buenísimo con las artes marciales. Los dos compañeros aterrizan en Gevaudan para resolver el ya mencionado misterio de la bestia, y en el camino se topan con que la fauna local alberga especimenes más peligrosos que los lobos, en especial aquellos que se dedican a cazarlos. Y comienzan, con la ayuda de un noble ilustrado de la región (quien es el narrador de la historia, por cierto) a desentrañar un enigma mucho más ominoso que el de la bestia misma.
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No les voy a contar toda la historia, así que ni se apunten, si tantas ganas tienen de saber que era en realidad la bestia y cuál era su secreto, no dejen de acudir a su videoclub favorito, yo solo les digo que es una película que funciona, es decir, te mantiene atento a la trama, te asusta, te emociona, te hace reír, te hace llorar (la matanza de lobos alcanza te puede llevar a niveles de lacrimosidad solo comparables con la muerte de Mufasa o la de la mamá de Bambi) y a ratos, válganos Dios, te puede hacer hasta pensar (pero no mucho, no se preocupen). Las escenas de peleas y las persecuciones están muy bien hechas, lo que quiere decir que te las puedes creer y que, gracias al dios mono y el emperador amarillo, no abusan de los horrendos cables para volar. La bestia misma es un regreso al éxito del siempre bien reputado taller del genial Jim Henson, una criatura bastante capaz de, dicho tal cual es, sacarte un buen susto. Las cosas al final salen como se espera que salgan, aunque de repente no salen exactamente como uno espera que salgan.
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“Pacto con lobos” se anima a fusionar temáticas tan aparentemente disparadas como las artes marciales, el cine de horror y la Francia decimoctávica (¿se podrá decir eso?) y lo hace bien, lo hace de manera entretenida, sabes que vale la pena darle un vistazo cuando te das cuenta de que la primera escena incluye a varios tipos siendo pateados bajo la lluvia por un actor hawaiano que está representando a un iroqués usando técnicas de combate asiáticas y un tricornio.

Y eso tiene que ser algo bueno.

Además, sale Monica Bellucci (pero eso ya lo dije ¿no?)

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Hay un comentario

  1. Felicidades, una crónica estupenda y buen escrita. No coimparto el gusto por las artes marciales que ya se han clavado en los franceses (creadores del culto a Bruce Lee), pero me gusta la idea de la mescolanza que hacen los galos influidos por Uderzo y Goscinni, aunque habría que salvar que ellos también tiene un arte marcial que practicaba originalmente Jean-Claude Van Damme: el sabate.