Stanley Donen: cineasta agradable de comedias y musicales (parte IV)
Escrito por Gustavo Arturo de Alba | 5 de Mayo de 2007 | Categorias: Biofilmografias, Cine Norteamericano, Directores, Musical | Tiempo de Lectura: 20m 11s | Leido 606 veces.Fueron siete los Estudios que rechazaron el guión “The unsuspecting wife” de Peter Stone, antes de que Stanley Donen aceptara realizarlo y convencer a Cary Grant, a regañadientes, que lo produjeran juntos con su compañía “Grandon Pictures”. Y decimos a regañadientes porque Grant aceptó en un principio, siempre y cuando fuera Audrey Hepburn en el rol de la chica, pues supuestamente Stone había pensado su historia teniendo en mente a estos actores, los cuales dieron su anuencia en un principio; pero Grant se lo pensó mejor y se fue con Howard Hawks a realizar “El Deporte Predilecto del Hombre” (Man’s favorite sport, 1963). Entonces la Columbia propuso que los protagonistas de “The unsuspecting wife” fueran Warren Beatty y Natalie Wood. Donen dio su anuncia, pero la Columbia se lo pensó mejor y se “rajó”. Para ese momento Cary Grant se dio cuenta que no le convencía el guión de Hawks y regresó con Donen, pidiéndole algunos cambios en la historia, como el hecho de que nadie aceptaría que alguien con 55 años fuera a seducir a una indefensa viuda de 34 años, así que Stone estuvo dispuesto a realizar las modificaciones y entonces la viuda es la que seduce al hombre maduro, al tiempo que se hacen bromas y alusiones a la diferencia de edades. En lo que no se cedió fue en la escena en que el galán se mete a la ducha a bañarse, con todo y su traje. Grant consideraba que se vería ridículo, pero terminó haciéndola y es uno de los momentos más divertidos del filme, en que no queda muy claro en que momento decidieron que el título de “The unsuspecting wife” algo así como “La Confiada Esposa” o “La Esposa No Perspicaz” se tornó en el exitoso de “Charada”(Charade, 1963) que nos remite a un juego de enigmas, dándonos idea de que estaremos ante una comedia de misterio y suspenso, sobre todo por el “back ground” de los interpretes principales, en el momento de la realización del film.
La lectura inmediata de esa extraordinaria comedia, mezcla de policiaco, suspenso y misterio fue tildarla de una imitación del estilo de Alfred Hitchcock, por muchos críticos aunque hubo otros como Jorge Ayala Blanco que supo clarificar, desde el momento de su estreno en México en julio de 1964, en su crítica para el diario Novedades y recopilada en su libro “El Cine Norteamericano de Hoy” los aciertos de Donen: “La sola mención de la palabra suspenso extrae de la memoria inmediatamente el nombre de Alfred Hitchcock. Y todos los exegetas de ‘Charada’ han creído de buen tono invocar la paternidad del famoso realizador inglés para disculpar y moderar –a veces negar- el entusiasmo que produce esta película. Por eso, en vez de señalar las deudas evidentes que Donen tiene con Hichcock, anotaremos sus discrepancias”.
“Dígase los que se diga, y al margen de cualquier especulación esotérica, el suspenso en sí no es, a fin de cuentas, más que un falso prestigio. Aún en sus mejores modelos el suspenso nunca sido un método de conocimiento, nunca ha rebasado el plano del artificio dramático abusivo ni de la perturbación puramente visceral. Por consiguiente, toda semejanza entre Hitchcock y Donen establecida sobre ese plano es completamente ociosa. Decir que ambos incluyen luchas en las azoteas, suspensiones en el vacío, raptos, asesinatos en la tina, etcétera, son incidencias demasiado superficiales para prestarles mayor atención. Lo que importa es la mirada del realizador sobre estos hechos. Y si tomamos en cuenta que Hitchcock sólo ha sido realmente grande cuando ha podido trascender el suspenso primario –para desembocar ya sea en una irrealidad digna de Borges (De Entre los Muertos, -Vertigo-) en la parábola moral (La Ventana Indiscreta), o en la fábula trágica (Los pájaros)-, podremos valorar a Donen mediante esa misma superación”.
“Donen supera el suspenso por la vía del humor. En ‘Charada’ los mecanismos del suspenso no son un fin en sí mismos porque no se persigue ningún choque emocional, ni se solicita la proyección sentimental del espectador. Más que una comedia de suspenso se trata de una sátira, una comedia enriquecida con elementos del cine criminal pero que conserva íntegra su naturaleza aun cuando amplíe su campo de acción”.
“Es preciso aclarar que existe una diferencia radical entre el humor de Hitchcock y el de Donen. El llamado humor negro de Hitchcock, profundamente gélido y despectivo, al expresarse sin restricciones en ‘El Tercer Tiro’ y en ‘Psicosis’ solo puso de manifiesto la impudicia egotista de su realizador, su ostensible hipocresía victoriana. En cambio Donen recobra a través del anti-cine negro sus mejores cualidades. ‘Charada’ es un juego de apariencias dirigido principalmente a la inteligencia. Al igual que en la comedia musical, se hace un empleo deliberado de lo arbitrario en busca de la complicidad lúcida del espectador para consumar la participación intima en el interior de un espectáculo de forma visual dinámica y fascinante”.
“El mérito de Donen residen en haber encontrado el tono justo de la invitación a ese juego de apariencias. Seguimos las fluctuaciones del enigma, las variaciones de identidad, así como la crueldad, los crímenes gratuitos y la amenaza siempre presente, sin oponer resistencia alguna, como si existiera una convención acordada de antemano. De una sutil finura para subrayar lo sórdido, el film ha sido construido como una especie de pieza de ballet, en cuya coreografía alrededor de una pareja danzante giran los demás personajes”.
Cabe subrayar que otro de los grandes aciertos de “Charada”, sino el básico es la elección de los actores y no solamente me refiero a Cary Grant y Audrey Hepburn, pues agregaría en esto a Walter Matthau, James Cobrun y George Kennedy, por el placer de verlos en escena en unos personajes que se perciben los viven, de allí la verosimilitud que adquiere la trama, lo cual para constatar la diferencia entre una obra maestra como lo es “Charada” con los elementos que hemos establecido, los remito a rentar o comprar el DVD en que viene “La Verdad Acerca de Charlie” (The truth about Charlie, 2002) en que se ofrece también una copia de “Charada”, ya que se trata de un desafortunado remake dirigido, sin inspiración por Jonathan Demme, con un reparto desangelado encabezado por Mark Wahlberg y Thandie Newton, en los roles inmortalizados por Cary Grant y Audrey Hepburn, que hacen simplemente ridícula e insoportable esta versión, confirmándose que no todo ya esta hecho en el guión o historia original, pues siempre faltará el director que sepa ponerla en imágenes y los actores adecuados para darle vida a los personajes. Verdades de Perogrullo, que solemos olvidar, pero que desastres como el de “La Verdad Acerca de Charlie”, nos los hacen evidentes y nos permiten aquilatar en su conjunto, ese siempre disfrutable filme que es “Charada”. El propio Donen en una entrevista señalo: “El encanto de las relaciones entre Grant y Hepburn fue ensayado meticulosamente. Ambos eran absolutamente perfectos. Sin contar con ellos no podríamos haber hecho más que una película miserable”. Lo anterior lo dijo mucho antes, conste, de que se hiciera el remake.
Con casi similar acierto que en “Charada” (Charade, 1962), el director Stanley Donen nos ofreció su divertimento de espionaje Arabesque (Arabesque, 1966) con un Gregory Peck en el papel de un egiptólogo, el cual es “contratado” para descifrar un jeroglífico, al tiempo que se enreda con la supuesta amante (Sophia Loren) del jefe de los espías. La trama es intrincada y con más o menos fortuna va avanzando de forma ingeniosa, hasta llegar a un consabido final feliz. Quien se muestra bellísima es Sophia Loren, al calzar, por lo menos, una media docena de botas, sirviendo de pretexto para cambiar su guardarropa conforme el color de las botas, en plena ebullición de la moda de la minifalda, con lo cual lucen a plenitud sus bien torneadas piernas.
“Un Camino Para Dos” (Two for the rode, 1967) se conserva como un interesante acercamiento al paso del tiempo en una relación matrimonial, en el cual a través de una narrativa basada, precisamente, en un continuo salto en el tiempo, en que se van interrelacionando en forma discontinua cuatro diferentes etapas de la vida de una pareja interpretada por Audrey Hepburn y Albert Finney, vemos los momentos de plena felicidad, contrastados con aquellos en que priva la rutina, junto con el cinismo y la ironía, para poder soportar la vida en común.
Una vez que se ha desgastado la pasión inicial, la pareja va descubriendo como los sentimientos y las ilusiones, tienen que ir encontrando los cauces de la maduración y buscar en el fondo de ellos mismos, los que puede mantenerlos unidos, a pesar de las crisis conyugales, con sus distanciamientos e infidelidades, que ponen a prueba su permanencia. El final sugiere que la pareja se conforma y acepta mantenerse unida sabedora de que como lo señala uno de los diálogos ya son un matrimonio típico o sea aquel que se cuestiona así:
—¿Qué clase de personas
son las que se pasan horas
sin tener nada que decirse?
—Los matrimonios.
Diálogo entre Albert Finney y Audrey Hepburn en “Un Camino Para Dos”, el cual se repite en dos ocasiones. La primera cuando recién casados, se refieren a una pareja que ven en el restaurante, en que están comiendo sin dirigirse la palabra. La segunda es cuando caen en la cuenta, al pasar el tiempo, que ya son un matrimonio en toda regla.
“Un Camino Para Dos” resulta agradable, funciona como una pieza de relojería en que se van acomodando los diferentes componentes, inclusive se agradece el tono jovial de la trama, en que se evitan los “rollos” intelectuales al estilo de Bergman en “Escenas de un Matrimonio” o de Antonnioni en “El Desierto Rojo” o “El Eclipse”, por mencionar a dos cineastas que por esas mismas fechas tomaban el tema del matrimonio y la pareja, pero hay algo que nos dice que estamos ante algo correctamente formal, que sin embargo nunca logra trascender el umbral del divertimento y se queda como una buena película “bonita” y nada más. Quizás en parte algo se deba a que mientras Audrey Hepburn esta estupenda, no ocurre lo mismo con Albert Finney quién a ratos nos resulta antipático, un tanto “hígado”, aunque con el paso del tiempo se haya convertido en un admirable actor en sus obras de madurez; pero un “Un Camino Para Dos”, uno supone que quizás Paul Newman o Michael Caine, las primeras dos opciones de Donen para el rol del marido y que rechazaron hacerlo, podrían haberle dado otra dimensión al resultado final del filme.
Para su siguiente film Stanley Donen retoma el tema de Fausto, el cual ya había abordado en el musical “Lo Que La Lola Quiere” y ahora lo hace a partir de una historia de Peter Cook y Dudley Moore, un par de comediantes ingleses muy populares en su país, en ese tiempo, los cuales inclusive tenían su propio show en la BBC y a los cuales llegaríamos a conocer aquí, precisamente, por su participación en “Un Fausto Moderno” (Bedazzled, 1967) en la cual Stanley Moon (Dudley Moore) es un cocinero, perdidamente enamorado de la mesera Margaret Spencer (Eleanor Bron), quién lo ignora. Stanley decide suicidarse, pero falla en el intento, recibiendo la visita de un extraño personaje de nombre George Spiggot (Peter Cook), que no es otro que El Diablo, para ofrecerle la posibilidad de conquistar a Margaret a cambio de su alma, estando dispuesto a concederle siete deseos, aunque marrulleramente le hará trampa, en cada una de las ocasiones adoptando diferentes identidades, ya que esta en su naturaleza hacer tropezar a los humanos. En una de estas pide la ayuda a Lilian Lust (Raquel Welch) o sea la “Lujuria” y que aparece luciendo cachondamente bella, en uno de los grandes momentos de la Welch, en que si no fuera ya suficientemente divertida esta comedia, la sola presencia de Raquel, hace necesaria la inclusión de una copia de “Un Fausto Moderno” en nuestra colección privada, al igual que de “Al Diablo con el Diablo” (Bedazzled, 2000) el remake de la exitosa comedia de los años sesenta. La variante es que en la primera el demonio iba adoptando diferentes personalidades para boicotear cada deseo de Stanley; mientras que en la segunda el chamuco es interpretado por Elizabeth Hurley, cuya atractiva presencia, con poca o mucha ropa, pero explayando sensualidad en todo momento, nos resulta difícil no estar atentos a sus movimientos, mientras que Brendan Fraser como Elliot Richard, el que vende su alma, será el que sufra transformaciones su personalidad, al igual que su identidad, durante cada deseo, en que quiera conquistar el amor de la chica de sus sueños. En ambas versiones los sarcasmos a costa de la situación del demonio, en su relación con dios, soplan como un viento fresco que nos hace soltar las carcajadas, merced a las burlas que hace Bezebul de dios y su creación, con sus bromas irreverentes, muy al tono de una época que buscaba liberarse de las ataduras atávicas de las tradiciones burguesas, aunque quizás debamos decir mas bien, por tratarse de una comedia inglesa, en la cual se busca hacer mofa de los residuos victorianos de dicha sociedad.
Después de acercarse a la cotidianidad de una pareja heterosexual, a partir del guión de Frederick Raphael; al tema del adulterio en “La Mujer que Quiso Pecar”; el encuentro amoroso en la madurez en “La Indiscreta” y podríamos seguir enumerando otros títulos de Donen, en que aflora su inquietud para entender o examinar la vida en pareja, resulta natural que aprovechando los vientos de apertura, en cuanto a liberación sexual, en los sesenta, fuera de los primeros directores en atreverse a llevar a la pantalla una historia de amor de homosexuales, a partir de la obra de teatro “Staircase” de Charles Dyer, que había estado representándose en Londres, a mediados de los sesenta. Y no solamente entro al tema con bombos y platillos, sino que convenció que la protagonizaran dos actores de la talla de Rex Harrison y Richard Burton, para escándalo de muchos aficionados, que no daban crédito que dos actores, sin fama de homosexuales, se prestaran a dar vida a ese tipo de personajes.
Stanley Donen logra trascender de inmediato el juego convencional de una comedia de “mariquitas”, en que podría hacernos creer los primeros diez minutos del filme, para llevarnos pronto a una visión ácida, amarga, sobre dos seres urgidos de amor, independientemente de su sexo, ya que no se trata de un filme de tesis sobre la homosexualidad, sino sobre dos homosexuales, seres solitarios, necesitados de crear una relación, en que aún en su degradación, por el paso de los años, terminan por descubrir que a pesar de sus diferencias se necesitan mutuamente y deben de seguir juntos a pesar de todo.
José Ramón Velasco en su crítica a la película, cuando fue estrenada en España en 1977 y recopilada en el libro “Cine Para Leer 1977” nos comenta: “Por esta vez el director ha huido de todo tipo de efectismo, consiguiendo realizar una película trágica apoyándose en una puesta en escena sencilla y funcional que logra situar al espectador ante una serie de circunstancias y acontecimientos concurrentes en la vida de los personajes. La fotografía y la música pierden en ‘La Escalera’ ese poder enfático que en otras obras de Donen eran esenciales, como tributo a la austeridad requerida para la realización de esta película.”
“Si la interpretación de Rex Harrison en el papel de Charlie es correcta, Richard Burton pierde su identidad para convertirse en Harry. Pero además no se puede dejar de lado la acertada elección de los personajes que interpretan los papeles de las madres, que parecen sacados del mundo del esperpento o escapados de los fantásticos dibujos de Goya”.
“Pero la historia está contada con un especial sentido de ternura, con un mimo hacia los personajes por lo que, según se deja traslucir, Donen siente una tremenda compasión y que se podría resumir en esta cita del director: ‘Ser solidarios con los demás. Este es el sentido de ‘La Escalera’, donde la homosexualidad no hace sino acentuar, complicar esta necesidad de ser y la necesidad de amor”.
Regresó a la comedia musical con la versión fílmica del éxito de Broadway “The Little Prince”, inspirado en la obra de Antoine de Saint-Exupéry “Le Petit Prince”, encargándose Alan Jay Larner de la adaptación de los textos y la música, mientras la coreografía fue de Bob Fosse y Ronn Forella. Hasta donde tengo entendido “El Principito”(1974) resultó un tanto anacrónica o simplemente no se apreció adecuadamente en el momento de su estreno, a pesar, según las críticas de la época, de encontrarse en ella la sofisticación y buen gusto que caracterizó a Donen. Curiosamente se trata de uno de los dos filmes que no he tenido oportunidad de ver del director, por lo que hasta allí dejemos la referencia a “El Principito”.
La que posiblemente compita con muchos merecimientos para ser la peor película de Donen es “Los Aventureros del Lucky Lady” (Lucky Lady, 1975). Gene Hackman y Burt Reynolds son dos contrabandistas de licor, en los años de la Ley Seca, a los cuales los ayuda una joven o sea Liza Minnelli, utilizando un yate que lleva por nombre el “Lucky Lady”, a perpetrar sus fechorías, en tanto los dos hombres intentan averiguar a cual de los dos quiere, se van metiendo en una serie de líos intricados y absurdos, que suponen nos deben de mover a risa, en esta cinta que se considera comedia, porque a algún género hay que adscribirla, pero que en rigor es un bodrio, que mueve al bostezo constante.
Parece ser que “Movie, Movie: El Gran Espectáculo” (Movie, Movie, 1978) esta integrada por dos historias, una de ellas Hary Hamlin, que es un inmigrante hungaro se mete a boxeador para ganar el suficiente dinero, para pagarle a su hermana una operación, ya que se esta quedando ciega. Y en la otra George C. Scott es un productor de Broadway, al cual le han dicho que sólo le queda un mes de vida, por lo que desesperadamente se pone a organizar un gran espectáculo, con el cual espera ganar una gran cantidad de dinero, para poder dejárselo a su pequeña hija; una chica que siempre ha creído que es huérfana. A diferencia de “El Principito” sobre “Movie, Movie”: El Gran Espectáculo” encontramos buenas referencias, en particular del segmento titulado “Baxter’s Beauties of 1933”, sobre el productor teatral, concebido como un homenaje al estilo de Busbey Berkley, realizador de las grandes comedias musicales de los años treinta para la Warner, corriendo la coreografía a cargo de Michael Kidd, quién ya había tenido un resonante triunfo colaborando con Donen en “Siete Novias Para Siete Hermanos”, así que habrá que buscarla en DVD, para pasar esta asignatura pendiente, en el conocimiento de la filmografía de Donen, sobre todo si le hacemos caso a Jorge Ayala Blanco en su crítica al film, en el momento de su estreno, recopilada en su libro “A Salto de Imágenes”: “Es la primera obra autoconsciente que se presenta como una función de cine en sí misma, una función de cine entregada como el espectáculo efímero que siempre ha sido, una función de cine al gusto (extinto, irrecuperable) de los iniciales 30s, una función de cine con programa doble, más presentación y un avance del próximo estreno a mitad de la sesión. Es una reflexión lúdica sobre el cine de antes y nostalgia en acto, acaso brechtianamente distanciada, pero eso no debe verse, pues peligrarían la risa y el goce”.
Se suponía que Stanley Donen solo sería productor de la cinta de ciencia ficción “Saturno Tres” (Saturn 3, 1980) ya que originalmente la iba a dirigir era John Barry, quién inicio el rodaje , pero al caer enfermo, entró al relevo Donen, lo cual podría explicar el resultado desigual de esta especie de fábula futurista, en que se mezclan diversos temas gratos al género, como es el temor a la rebelión de las maquinas contra sus creadores, a través del robot Héctor, conectado al cerebro de su creador Benson, que lo mismo tiene componentes de un Frankenstein con mente criminal y de un King Kong enamorado de la desgreñada Farrah Fawcett. Realizada en 1980 resulta imperdonable que los efectos especiales, parezcan corresponder a la técnica de los años cincuenta y sesenta, utilizada en cintas B, sin tomar en cuenta la propuesta al respecto de “Star Wars” o de Douglas Turnbull en “2001” y en “Naves Misteriosas”“Silent running, 1971) por mencionar solo estas. A momentos nos parece que “Saturno Tres” es una especie de sátira a la ciencia ficción, partiendo de una historia que a momentos nos recuerda al western “A la Hora Señalada” (High Noon, 1952), con el sheriff solitario, esperando la llegada al pueblo de los 4 facinerosos que pretenden ultimarlo, contando, al último momento, sólo con la ayuda de su mujer. Y si bien Kirk Douglas ya se ve pasado de años, para que ande enseñado las nalgas, en las escenas amorosas con la apetecible Farrah Fawcett, que muestra pródigamente su cuerpo desnudo, aunque dicen que mucho de lo filmado se quedó en el cesto de la basura del cuarto de edición, es este uno de los motivos para soportar la visión de este irregular filme de ciencia ficción, en el cual es difícil notar las cualidades del estilo Donen en la realización.
Con “Échale la Culpa a Río” (Blame it on Rio, 1984) culmina la carrera cinematográfica de Stanley Donen que abarca 27 largometrajes, sin tomar en cuenta las cintas realizadas posteriormente para la televisión. Donen tuvo a bien rendir tributo a la vertiente de refirmar, trasladando al ambiente norteamericano, una cinta europea de éxito como “Un Momento de Desvarío” (Un moment d’egarement,1977) del francés Claude Berri, cambiando la acción de la Costa Azul, para llevarla a las paradisiacas y sensuales playas de Río de Janeiro, a donde llega el cuarentón de Matthew (Michael Caine), junto con su amigo Victor (Joseph Bologna), acompañados de sus respectivas hijas adolescentes Nikki (Demi Moore) y Jennifer (Michelle Johnson). La lanzada de Jennifer seduce a Matthew, aprovechando, un tanto, la atmósfera erótica de las noches cálidas del carnaval y la poca resistencia de Matthew a sus encantos, aunque después ande sufriendo remordimientos por su traición al amigo, por su momento de desvarío. Mientras Victor, en plena crisis sentimental por su divorcio, enterado de la relación de su hija, con un cuarentón, pretende buscar al pederasta para hacerle pagar caro su atrevimiento, aunque al final al descubrirse que Victor le ha puesto los cuernos a su amigo Matthew, teniendo relaciones con Karen (Valerie Hollins) su esposa, las cosas parecen llegar a una especie de “empate” de traiciones, en que las únicas acordes en su comportamiento, correspondiente a su edad son las adolescentes, mientras que los cuarentones de sus padres, rebosan inmadurez, en una especie de reconocimiento por parte del autor del filme, en cuanto a dar testimonio de un sentimiento de exclusión en lo referente a los cambios para abordar las relaciones sexuales las generaciones actuales.
Hay complacencia, pero también asombro y duda, en el cual al final de cuentas no se quiere asumir una culpa, sobre todo al poder realizar el sueño del hombre maduro, que espera encontrar a su redentora Lolita, en algún momento del camino, aunque ello lo obligue a enfrentarse a su amarga soledad, pero eso sí, “Echándole la Culpa a Río” y no a su vejestoria inmadurez. A este último respecto hay una excelente escena en la cual los dos cuarentones, creen tener posibilidades de ligar a dos encantadoras ninfas, en la playa, a las cuales alcanzan y al hacer que se den la vuelta, descubren que se trata de sus dos hijas luciendo esplendorosas en topples.
En cierto sentido es un adecuado testamento fílmico de Stanley Donen, en que encontramos sus temas sobre la relación de parejas y la soledad del hombre, buscando hacerlo en un tono festivo, a lo sumo agridulce, pero con resultados, casi siempre, agradables para el espectador, que logra pasar un rato entretenido en la mayoría de sus filmes, quedando para los especialistas la discusión, un tanto ociosa, si los méritos de su obra se deben a méritos propios del director o a su gran capacidad para saberse asociar con talentos como Gene Kelly, Michael Kidd; George Abbott; Bob Fosse, Cary Grant, Audrdey Hepburn; Frederick Raphael; Peter Cook y Dudley Moore, entre otros, pues como dice Andrew Sarris, quizás Stanley Donen sea un gran catalizador y no una fuerza creadora por si misma o como diría Frederic Raphale su experiencia de bailarín, le llevó a saber que su creatividad es dependiente de lo que haga su pareja o simplemente entendió que el cine es un arte compartido, logrando sacar lo mejor de cada uno de sus compañeros de viaje en cada película, pues al final de cuentas lo que vale, es que uno disfruta viéndolas, sin importar quién aportó mas o menos al resultado final de “Cantando bajo la Lluvia”; “Siete Novias Para Siete Hermanos”; “La Cenicienta en París”; “Charada”; “Un Fausto Moderno o “Un Camino Para Dos”, por mencionar algunos de sus títulos más recordables.
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