Gabriel Figueroa: Los Ojos del Cine Mexicano
Escrito por MariCarmen Figueroa Perea | 28 de Abril de 2007 | Categorias: Biofilmografias, Cine Mexicano, Fotógrafos, Testimonios | Tiempo de Lectura: 12m 60s | Leido 1264 veces.La iluminación es privilegio del fotógrafo, él es el dueño de la luz.
Tomar café con Don Gabriel: un lujo. Recuerdo la primera vez que fui a su casa en Coyoacán; esa casa tuvo un papel
importante en el cine pues igual fue foro, que albergó una reunión del sindicato o abrigó al escritor B. Traven o fue escenario para una comida con intelectuales. Él fue quien me recibió, cruzamos el jardín hasta llegar al estudio donde generalmente recibía a sus invitados, platicamos un momento y en seguida me ofreció café.
Me levanté para ayudarlo, me traicionó mi condición de mujer. Pensé también que era una persona mayor, y de la manera más educada, característica muy particular de él -todo un caballero- me preguntó que quién era la invitada y entendí que en ese detalle estaba la riqueza de la invitación: él personalmente era quien te atendía.
Utilizando una cafetera tradicional francesa que permite preparar el café en el momento, el fotógrafo del cine mexicano, maestro del blanco y negro, vertió café en la cafetera, el cual dejó reposar unos minutos en el agua caliente, para lentamente bajar el émbolo y tener listo un café muy rico, en esa época yo no era experta ni viciosa del café, ahora lo soy y por lo mismo valoro esos momentos.
Conocí a Don Gabriel en 1978, todos los lunes los miembros de la Academia Mexicana de Ciencias y Artes Cinematográficas revisaban las películas nacionales exhibidas el año anterior para nominar y seleccionar a los ganadores de las diferentes categorías con el premio Ariel; yo trabajaba por las tardes en Cineteca Nacional y era en una sala donde la comisión de premiación veía los filmes. Personalidades como Don Gabriel, la “China” Mendoza, Tomás Pérez Turrent, Jorge Martínez de Hoyos, Ignacio López Tarso, Francisco Sánchez y el Maestro Manuel González Casanova, entre otros, analizaban el material.
El
Arquitecto Antonio Balmori Cinta, quien también era parte de la comisión y mi jefe en Cineteca, me invitó a estas exhibiciones. No perdí oportunidad y me senté cerca de Don Gabriel y me presenté de inmediato, pues tenía que confesarle algo: yo también me apellido Figueroa, y varias veces me habían preguntado si era pariente de Don Gabriel y me había atrevido siempre a asegurarlo, él con una sonrisa de condescendencia me dijo “a ver quién nos comprueba lo contrario” en ese momento, inició de manera formal nuestro parentesco.
El pretexto de las invitaciones era la tacita de café, y con ésta en mano, iniciábamos un recuento histórico, político, cultural y social. Generalmente el primer tema era el cine, el cine mexicano, la producción del momento, las películas que representaban a México en diferentes festivales internacionales; Don Gabriel comentaba y recalcaba la importancia de llevar el cine a las pantallas internacionales para medir si realmente teníamos el nivel de competencia de otras industrias, no bastaba tener público nacional.
Cuando yo estudiaba periodismo, nos invitaron a una semana de comunicación en la Universidad Iberoamericana y me encontré con una promoción para tomar cursos de fotografía, inmediatamente me apunté, era un tema que me atraía mucho y apellidándome Figueroa quizá podía resultar buena fotógrafa. Con la cámara inicié mi análisis visual del mundo, te vuelves mucho más sensible a lo que ves, a los fondos, los contrastes, las luces, los blancos y negros, los colores, los encuadres, la belleza, la realidad.
Llegué a tener mi cuarto oscuro, un espacio mágico en el que podía perderme por horas viendo surgir en la charola de revelado las imágenes que veía, escogía y retrataba, esto podría haber sido suficiente, pero tener la posibilidad de hacer mejoras o cambios era un encanto adicional. Con estos conocimientos pude apreciar mucho más el trabajo que los fotógrafos realizan en el cine, y en especial Don Gabriel, recordar sus claroscuros, sus composiciones, sus inventos, el desarrollo de filtros, las sombras, su intensidad y el manejo de la luz.
Saboreando el café y unas galletas —por cierto, nunca me invitó una copa y tengo que decir que me moría por que lo hiciera sólo para poder apreciar la cantina que según me relató, estrenó B. Traven cuando vivió en su casa— pudimos hablar de muchas cosas, entre ellas de Traven, autor enigmático cuyas obras reflejaron siempre un realismo profundo y dramático, incluyendo un gran sentido social y humano, algunas de sus novelas fueron consideradas para películas que fotografió Figueroa, como Rosa Blanca, Macario, La rebelión de los colgados.
El incendio de Cineteca Nacional en 1982 fue algo que Don Gabriel y yo lloramos, sentíamos mucha rabia y enojo por la pérdida del acervo fílmico (más de seis mil copias de películas, en su mayoría mexicanas, pero también muchas extranjeras), la biblioteca y hemeroteca que contenían libros, revistas especializadas, guiones, fotografías, carteles, periódicos, y gran parte del acervo histórico del cine mexicano y extranjero que se había proyectado en nuestro país. Durante muchos años había quedado pendiente lo establecido en la Ley de la Industria Cinematográfica de 1949 y su Reglamento de 1952, que marcaba la obligatoriedad de entregar una copia a la Cineteca de toda película nacional exhibida.
Inaugurada el 17 de enero de 1974, Cineteca Nacional se había visto engalanada con la cámara fotográfica con la que Don Gabriel había filmado la película María Candelaria y algunas otras, esa cámara se encontraba en exhibición permanente en el lobby de la sala Fernando de Fuentes, y junto con otros acervos, se consumió también entre las llamas. Este hecho le incomodaba mucho, dónde quedaba la historia del cine mexicano.
Algo que me contó con mucho detalle, disfrutando de otro café y siempre de la vista que su estudio tenía al bello jardín, fue cuando CLASA le otorgó una beca para ir a Hollywood, con el fotógrafo de cine Gregg Toland con quién aprendió el manejo de la luz, la profundidad de campo y la composición. En ese momento el cine en Estados Unidos era ya toda una industria; recuerdo mucho un detalle que me contaba acerca de una cena en la casa de un magnate —para que tuviera una idea de lo grande que era la mansión, me platicaba que el estacionamiento techado contaba con una bomba de gasolina, nada más para consumo de los automóviles de la casa— con su gran conocimiento del cine y su fácil trato le fue fácil hacer muchas amistades.
Hablando de Estados Unidos, sus postura con relación al asunto del macartismo (episodio de la historia de Estados Unidos que se desarrolló entre 1950 y 1956 en el que el general Joseph McCarthy, denunciando una conspiración comunista, inicia una caza de brujas consistente en expurgar a los “rojos”, quienes entonces se revelaron como adversarios políticos) fue determinante. Incluso no aceptó varias propuestas de trabajo, en congruencia con su pensamiento. Hablando de esa posición, también platicábamos de su labor sindical en el cine mexicano, donde fue secretario general de Técnicos y Manuales, después de una fuerte lucha para evitar que gente corrupta continuara. Don Gabriel tenía muy claro que no bastaba con hacer el trabajo de fotógrafo para el cine, era necesario siempre buscar y luchar por mejores condiciones para los trabajadores de la industria cinematográfica, así como por la difusión y recuperación de la producción que se realizaba.
Don Gabriel fue siempre considerado como un artista comprometido en toda la extensión de la palabra. Su trabajo fue fundamental para la consolidación del cine nacional, participó en más de doscientas películas y obtuvo más de 50 premios.
En 1984 sucedió algo que Don Gabriel disfrutó mucho cuando se lo platiqué: el 27 de Febrero nació mi sexta sobrina, exactamente el día de San Gabriel. Ese día visité a la familia y conocí a la niña en el hospital, platicando con mi hermano, el papá de la bebé, le comenté que era bonito el nombre de Gabriela considerando la fecha de nacimiento y después de revisar varias opciones de nombres, la niña se llama Gabriela y se apellida Figueroa; de alguna manera me salí con la mía y Don Gabriel lo compartía con mucho gusto. Incluso en alguna ocasión, se la llevé para que se conocieran, él muy cariñoso como siempre y la niña muy orgullosa por la coincidencia.
Era un gran conversador, la plática era un monólogo al lado del rico café, yo más que hablar, disfrutaba y aprendía de sus relatos, iniciaba con algún tema y de repente recordaba algo y abría otra conversación; me imagino que iba fijando las imágenes, cuando menos lo pensaba, eran ya varios los temas relacionados en la misma plática. Parecía como si abriera carpetas y carpetas que de alguna forma se iban entrelazando, me preocupaba tratar de seguirlo sin perderme y confieso que la primera vez fue una verdadera borrachera de información y como maestro del close up y de los claroscuros, después de casi dos horas de plática fue cerrando con maestría tema por tema sin dejar suelto ningún capítulo, ¡qué memoria, qué orden mental, qué manera de dialogar! Pienso que todo lo tenía muy bien registrado, seguramente como escenas fotografiadas en su mente. Debo reconocer que hasta la fecha no he conocido a nadie que pueda llevar una conversación de esa manera.
Me platicó de directores, artistas, escritores, productores, iluminadores, editores, músicos, técnicos en general, de políticos y sus grandes amigos, los grandes de la pintura. Y como él dijo “Contar historias, evocar historias, inventar historias: mi vida no ha sido más que un accidente en ese universo poblado ya con seres intemporales”.
Trabajando en el departamento de investigación en la nueva Cineteca Nacional, ubicada a partir del 27 de enero de 1984 en el complejo arquitectónico de la Plaza de los Compositores, realizamos Ernesto Román y yo la investigación “Premios y distinciones otorgados al cine mexicano. Festivales Internacionales 1938-1984”.
Cuando la investigación estuvo lista, compartí con Don Gabriel —maestro de la luz y creador de imágenes— la publicación, ya que su apoyo fue fundamental para su realización. La propuesta surgió justamente de un comentario hecho en una de esas charlas a la hora del café.
Decía que los festivales y los premios que se otorgan, debían ser investigados, considerando cuáles son las películas contra las que se compite. Ponía como ejemplo el gran premio ex aequo en el Festival Internacional de Cine en Cannes, Francia a la película María Candelaria, de Emilio Fernández y donde compitieron también películas como Días sin Huella, La Tierra será Roja, Los Bajos de la Ciudad, Breve Encuentro, El Punto Decisivo, Sinfonía Pastoral, La Última Oportunidad, Los Hombres sin Alas y Roma, Ciudad Abierta.Como complemento a esta investigación, se montó la exposición “Premios y distinciones internacionales al cine mexicano”, del 9 de septiembre al 31 de diciembre de 1986. Cuando estábamos preparando esta exposición, le hablé a Don Gabriel con un poco de pena pues pedirle que nos prestara algunos de sus premios para la exposición, significaba una gran responsabilidad, y mucho más después de lo ocurrido con su cámara cinematográfica en el incendio ocurrido años antes en Cineteca. Su respuesta representó un honor, pues me dijo que si alguien más le pidiera que prestara algún trofeo, premio o galardón, no los prestaría, pero si era yo quien lo pedía, entonces accedía. Fue una distinción que me emocionó mucho. Desde el momento en que fui a recoger el material a su casa, no volví a dormir en paz hasta que concluyó la exposición. Gracias a su apoyo varios cineastas participaron también, pues decían que si Don Gabriel había corrido el riesgo de prestar sus premios, los de ellos también estarían seguros.
Retomo algunos datos que se incluyeron en la presentación de la exposición. “En 1938 el cine mexicano participó por primera vez en un festival internacional y obtuvo el premio a la mejor fotografía, el cual fue otorgado a Gabriel Figueroa por la película Allá en el Rancho Grande de Fernando de Fuentes en el Festival Internacional de Venecia, Italia”.
”En casi 50 años de participación en festivales internacionales, la película más premiada ha sido Macario, de Roberto Gavaldón, y el fotógrafo Gabriel Figueroa el más galardonado”.
Don Gabriel era un verdadero artista de la cámara. Además, era siempre amable con todo el mundo. Hablando de Macario, primera cinta de este país en ser nominada al Oscar de la Academia de Hollywood, en alguna ocasión me contó que siempre recordaba dos escenas que le habían costado mucho trabajo y que apreciaba y valoraba por lo mismo; la primera, la escena donde la muerte (Enrique Lucero) le presenta a Macario (Ignacio López Tarso) las velas que representan la luz de la vida de cada individuo, ésta escena se realizó en el interior de las grutas de Cacahuamilpa y eran cientos y cientos de velas prendidas; cuando se iba a hacer la toma, el humo de las velas impedía que se pudiera filmar, alguien trató de solucionarlo con un ventilador pero fue imposible pues éstas se apagaban, y fue ahí que el arte y el manejo de la cámara de Don Gabriel salieron a relucir, seguramente alguno de sus inventos le ayudó a solucionar el problema, la segunda escena se refería a la toma de la persecución en el agua (María Elena Márquez y Pedro Armendáriz) en La Perla, donde el problema lo representaba la caída de agua de una cascada.
Cuando en 1971 recibió el Premio Nacional de las Artes expresó “Estoy seguro de que si algún mérito tengo, es saber servirme de mis ojos, que conducen a las cámaras en la tarea de aprisionar no sólo los colores, las luces y las sombras, sino el movimiento que es la vida”.
Y con un café y otro y otro pasábamos las tardes muy a gusto, él platicándome y yo aprendiendo y disfrutando en grande de su compañía. Algo que nunca olvidaré fue su fuerza y carácter después de la embolia que sufrió. Cuando estaba un poco más recuperado fui a visitarlo y me hacía algunas recomendaciones ya no tanto de cine, ni de arte, sino de vida, me decía que cada quien debíamos conocernos muy bien física y moralmente, pues algunas veces dependía de ello la misma vida. Me relató el momento en que estando solo en su estudio comenzó a sentirse mal y se dio cuenta de que algo no estaba bien, y cómo forzándose a sí mismo logró pedir ayuda y de esa manera lograr que la embolia no fuera tan grave; es algo que siempre tengo presente.
En 1995 cambié de residencia. Decidí vivir en provincia, en la ciudad de Aguascalientes. Antes de salir del Distrito Federal me despedí de Don Gabriel, su salud no estaba bien, supe de su muerte dos años después y me dolió mucho.
Ese año en Casa Terán, un espacio cultural en Aguascalientes, le hicieron un homenaje. El montaje plástico del Día de Muertos fue dedicado a Don Gabriel; no podía faltar la cámara de cine y muchos elementos que se incluyeron en sus películas, yo presté para esa ocasión mi cartel de La Perla, autoría Gabriel Figueroa hijo, y autografiado por Don Gabriel donde dice “Un recuerdo lleno de cariño para MariCarmen. Gabriel Figueroa 1989.
Hoy, con un rico café, brindo y me emociono mucho al recordarlo en estos 100 años de aniversario. A menudo pienso en él. Dicen que Aguascalientes tiene los atardeceres más bonitos, y es cierto; cuántas veces me lo imagino fotografiando y haciendo todavía más bellos estos cielos con su arte.
Don Gabriel, ha sido un honor ser su alumna, su admiradora, su amiga, su pariente.
Cineforever
Crisol Plural
El Electoral
Juega-ya
PsicoloBlog
Trozos de Código