Sobre las revistas de literatura y el cine.
Escrito por Héctor Enrique Espinosa Rangel | 23 de Abril de 2007 | Categorias: Libros de Cine | Tiempo de Lectura: 8m 16s | Leido 542 veces.No es habitual reseñar una revista, y menos cuando esta revista se especializa en reseñas, pero sucede que la salida de normalidad de algo es lo que llamamos noticia (buenas o malas, mientras sean nuevas son noticias) y especialmente cuando una tendencia a ignorar sistemáticamente al cine es apadrinada por un medio como éste, donde solo llega a tener voz Fernanda Solórzano, siempre y cuando su tratamiento sea literario, pero bueno.
Entre gitanos no debe tratarse la buena ventura, porque si debe leerse, es así que como escritor de asuntos de cine resultó inevitable leer Letras Libres de abril; celebración de su centésimo número, por cierto, y la verdad es que aún sin el tema del cine lo habría adquirido (siempre los centenarios traen cosas interesantes para quienes los cumplen), pero el atractivo de leer a los literatos hablar de cine resultaba ineludible.
Primero que nada el asunto de cómo se relacionan las Letras con el cine; asunto peliagudo desde hace cuando menos cien años, los mejores críticos y teóricos del mundo han intentado una aproximación, y finalmente hemos heredado muchas versiones, una más que involucre a los mexicanos resultaba excitante, y así fue en tanto lo trataron Guillermo Arriaga y Fernanda Solórzano, que, desde mi perspectiva, sí saben del uso del lenguaje (español) y cómo criticarlo.
La tesis vieja de que el guión cinematográfico es o un género literario, no es un asunto que podamos consultar con la inevitable Biblia de Martín Alonso, No tocó a su generación considerar la existencia del cine en el mundo, para aquellos académicos lo que no era de Valladolid natura no lo había hecho, así que en los géneros extraliterarios ni siquiera figura el guión (salvo como la rayita que une asuntos de simbología literaria, o séase, palabras, en textos que pretenden no ser barbáricos); sin embargo entre los textos encargados a Sabina Berman para ilustrar el número surgió el de Álvaro Enrigue como diálogo continuo con Guillermo Arriaga acerca de la relación entre escribir para cine y hacer literatura, y Arriaga si sabe la diferencia, solo que la muestra mejor cuando escribe que al dialogar.
La intervención de Carlos Cuarón como opinador de las teorías del guión es magistral, pero escolar, su oficio se adentra mejor en las entretelas de la producción, especialmente en los pasos previos, que en la materia teórica sobre el uso del lenguaje para algo que no sea el diálogo (hablado o escrito, vaya) basta lo que ha llevado a la pantalla; lo que si sabe es cómo relacionarse con el esfuerzo comunitario que es una película, y como distinguirse del realizador en cuanto creador de una obra, pero sobre todo sabe las carencias de quienes leen guiones, de quienes habrán de hacer la compra par iniciar el cine, y sobre todo sabe de sus carencias, de su ausencia casi total de comprensión de que trabajan con algo visual, de que en las palabras no estará lo que ha de verse.
Desde luego que el número se hizo para destacar a las tres estrellas del momento: nuestros Freehollywooders, Del Toro, Cuarón e Iñárritu, pero desde luego sin la intervención de algún mexicano para interrogarlos, mejor la dirección e ideología de un amo de medios modelo: la televisión estadounidense encabezada por Charlie Rose (importantísimo para los mexicanos, especialmente cuando se trata de letras), pero eso sí, esta piratería pagada nos entrega un diálogo de cuates que no se acaban en la alabanza mutua, sino en la justificación de su grupo, en destacar su comunidad de origen y fines como búsqueda de los propio, de su identidad, la que no viene al caso de la entrevista y cesa antes de llegar a ello (No sin antes apuntar que son solidarios profesionalmente y cuates circunstancialmente, que van a romper la costumbre de los mexicanos de envidiar y estorbar al que gana algo).
Desde luego el número está incompleto, porque no hay ningún texto de su titular, Enrique Krauze, que se digne aclararnos por qué una revista literaria (y política también, o seamos ingenuos) es dedicada al cine; claro que la Berman nos dice cómo nació y hacia donde se dirige, incluso la razón de su título: Cine sin fronteras, que de todas formas quedó sin más razón que contestar a la pregunta pública: ¿Es o no de México el triunfo de los cineastas que no hicieron cine en México? ¿Es o no mexicano este cine? Y queda sin contestar, claro.
Como revista de crítica política, según el modelo con que inició Krauze a la vera de Octavio Paz, el número entero parece dedicado a criticar al gobierno mexicano por su falta de captura a estos talentos que aprovechan Hollywood, Madrid y Londres, pero no hay ninguna aproximación directa y real de pensadores en política sobre ello, se deja a los factores de producción (productores, directores, escritores, técnicos, etc.) que acusen, que aporten pruebas, pero no se hace un corpus delicti, no se concreta un caso para juzgar, sino se nos avienta al ruedo de seguir en la misma rueda de opiniones encontradas acerca de lo mexicano y lo que no lo es, aunque tampoco hay un juicio humanista sobre el tema, a menos que nos creamos que la crítica de Gabriel Zaid a los antropólogos es una afirmación de cierto tipo.
En verdad es un número sabroso, disfrutable, los textos inusitados de Gael García y Pablo Soler Frost nos remiten a la existencia de los periódicos ochocentistas que reflejaban el pensamiento del México decimonónico a través de su sensibilidad, de sus narradores emotivos que irían conformando los discursos de la Reforma y el Porfiriato, también nos recuerdan que los adolescentes llevan un diario en todas partes, pero especialmente en sus viajes, y que en los viajes de trabajo difícilmente tiene uno tiempo de escribir lo que le encargan, mucho menos unas “memorias para cuando no esté yo filmando”.
La Solórzano es la joya del número: siendo la única crítica de cine que tiene un espacio en la televisión, se avoca a criticar el lenguaje verbal del cine mexicano, pero no desde la perspectiva lingüística o folclórica, sino del modelo estadounidense de producción y dirección de actores; de nada le sirve haber visto a David Silva desarmar y deformar el idioma español en Esquina Bajan, o Manos de seda, ni que el diccionario acuñase en término “cantinflesco” para designar el galimatías que concierne a la forma de habla particular del cómico mexicano (de carpa, cierto, pero de eso también es nuestro cine), el asunto es que México no hace películas como las de Marlon Brando y Elia Kazan, la aproximación al verismo de Fernanda parece ser una de juego jesuítico con las palabras, porque la verosimilitud del cine se basa en asuntos de tipo audiovisual, no de un solo lado, y asirse a un solo elemento resulta tan disparejo como la aparición de ella (juiciosa, razonable, documentada) al lado de Silvestre López Portillo (Yupie, ventajoso, ignorante y dedicado a su propio solaz) en el único programa de televisión donde se aborda el cine con cierta seriedad, si aceptamos la línea del canal.
Claro que un análisis de situación no está completo sin un comentario de mercado, del dios logrero de la globalidad, y a quién se lo dejan si no a la bellísima Salma Hayek, al único personaje que destaca fuera con o sin su nacionalidad mexicana (aunque mucho ha tenido que ver, que aunque ella no lo acepte sus personajes son el derivado de la “Mexican Spitfire” de Lupe Vélez) y de ahí empieza su tratamiento del mercado, en reconocer que la tarea no es crear un arte o hacer una industria, sino establecer un nicho para vender productos vendibles a un público que está ávido de compras, y que desafía hasta a la prensa amarilla (ver todos los días los periódicos, hay alguna nota sobre ella) con tal de obtener el sitio como productora que no le pudo ofrecer ni el cine ni la televisión mexicanas.
Claro que al final regresamos a la cordura: los productores (Epigmenio Ibarra, Christian Valdelière, Mónica Lozano y la propia Sabina Berman) dirigen el barco de la creación hacia las responsabilidades del Estado y de los inversionistas privados, nos descubren que Lolita es el verdugo de nuestros dragones y asfixia al cine en impuestos inútiles, que no hay decisión política para enfrentar la importancia del cine como instrumento de identidad y política nacionalista (ni siquiera apuntan la palabra, porque el nacionalismo puede confundirse con nazismo, pero en fin), y que los que invierten son héroes del buen sentimiento, que saben que no van a ganar dinero pero van a ganar en fuerza para la nacionalidad.
Claro que los datos “duros” quedan a cargo de Lucía Jiménez, con su esbozo de sociología del negocio del cine apoyada en números que proporcionan las empresas que mejor ocultan sus ganancias, las de distribución fílmica, y con una tesis a medio caballo entre la sociología y la economía nos deja enfrascados en la idea de ¿cuál era el objeto de un número de letras destinado a los videntes del cine? Seguramente que estar de acuerdo al Vox Populi (at sum: Vox Dei), y de vender una imagen de lo nacional que terminó igualmente deslavada que como llegó al Óscar.Hay algo más que vale la pena decir acerca de éste volumen; que el trabajo de Rafael Aviña es lo más destacable y cinematográfico de todo el número, a pesar de que realizó una tarea de tarjeteo acerca del cine en los últimos años, se atrevió a una tarea que aterroriza a los amantes del cine: seleccionar algún número de películas (51 en este caso) como lo mejor de la producción actual; y lo hizo con maestría y buen tino: no se quedó con asuntos de gusto o con academicismos inútiles; sino franqueó para sus lectores la elección racional que vale la pena ver, aunque sea en disco y contra todo amor por la pantalla grande.
Letras Libres. No. 100. Abril de 2007, año IX. México.
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