Dolores del Río: la deseada
Escrito por Gustavo Arturo de Alba | 11 de Abril de 2007 | Categorias: Actores y Actrices, Biofilmografias, Cine Mexicano, Cine Norteamericano | Tiempo de Lectura: 5m 56s | Leido 749 veces.“El rostro es el sexo, Dolores del Río no necesito desnudarse de la ropa para aparecer desnuda, le bastó abandonar el velo, desafío profano, desnudez erótica de un rostro cuya sensualidad es la verdadera, al mental, la imaginaria, la sospechada, la deseada…”.
Carlos Fuentes
Dolores Asúnsolo y López Negrete, nombre original de quién sería admirada y conocida por millones de espectadores del cine como Dolores del Río, nació en la ciudad de Durango, Dgo. el 3 de agosto de 1904 y murió el 11 de abril de 1983, en Newport Beach, Calif.
Al inicio de la Revolución su padre, Jesús Asúnsolo, de posición acomodada, quién era gerente del Banco de Durango, se marchó a Estados Unidos, mientras su madre Antonia López Negrete y ella se trasladaron a la ciudad de México. Doña Antonia siempre tuvo aires de ascendencia aristocrática y los cuales siempre le fueron inculcados a su hija única, lo cual en parte explicaría su porte de arrogancia y sentimiento de superioridad, manifestado siempre por la actriz, dándole así un toque de distinción, a Dolores que se tornó en su juventud en toda una dama de sociedad.
Hacia 1921 se casó con el abogado y prominente hacendado Jaime Martínez del Río, siendo una pareja que pronto llamó la atención por su comportamiento liberal en cuestiones de sexo, sobre todo a partir de que se trasladan a vivir a Los Angeles, cerca de Hollywood. En 1924 el pintor Adolfo Best Maugard le presentó a Dolores al productor y director norteamericano Edwin Carewe, quién quedó gratamente impresionado de su belleza y la habilidad para el baile. Al poco tiempo Edwin le propuso participar en su cinta “Joanna”, llevando el rol de Carlotta da Silva, en ese drama.
Un poco en juego y otro tanto, según relató en una ocasión la actriz, debido a ciertos apremios económicos, aceptó la oferta de Carewe, pero sin pensar, de manera remota, que la decisión la convertiría en una de las grandes estrellas del cine mudo. En rigor la primer gran estrella mexicana de Hollywood y por ende de Latinoamérica. Dolores dijo: “Los años veinte eran tiempos excitantes, cuando empezábamos en Hollywood. Nunca hubiera imaginado que todavía estaría trabajando tanto tiempo después”.
Ephraim Katz en su libro “The Film Enciclopedia” dice de ella: “Una de las más bellas mujeres que haya engalanado al cine americano, en todos los tiempos. Su carrera sufrió frecuentemente los problemas de una tipificación étnica, que la hizo hacer roles de ‘exótica’. Lo cual se acentuaría con la llegada del sonoro, debido a su acento latino”.
Su carrera regular en Hollywood abarcó desde 1925 en que hizo “Joanna” hasta 1941 en que filmó “Jornada de Terror” (Journey into fear) de Norman Foster y Orson Welles, estrenada hasta 1943.. En ese lapso logró hacer cintas tan memorables como “El Precio de la Gloria”, “Ramona”; “Los Amores de Carmen”, “Evangelina”; “La Mala”; “La Paloma”; “Ave del Paraíso”; “Volando a Río”; “Madame Dubarry”; “La Viuda de Monte Carlo” y “Resurrección”, entre otros títulos, pues en dicho período llegó a participar, casi siempre en estelar 29 películas.
Junto con Lupe Vélez y Ramón Novarro (por cierto su primo y al cual conoció hasta 1927, cuando los dos ya eran populares), Dolores del Río forma el máximo trío de actores de origen mexicano que lograron destacar de manera
intensa en Hollywood en la etapa del cine mudo y los años treinta y los cuales se pueden considerar verdaderas estrellas del cine norteamericano. Algo que se dice pronto, pero que tiene su indiscutible valor a la hora de evaluar la importancia de Dolores del Río en esa cinematografía.
George Hadley – García en su libro “Hollywood Hispano” después de señalar que Ramón Novarro, durante los años veinte llegó a protagonizar varias películas haciendo de polinesio, alemán, hebreo, francés, etc, pero casi nunca de hispano, otro tanto le sucedió a Dolores la cual cuando la entrevisto para la realización del libro le confesó: “El color de la piel era tan importante entonces que los actores que hablaban español se categorizaban como claros o más obscuros. Los claros podían representar a cualquier nacionalidad, norteamericana incluso. Los otros tenían que hacer de sirvientes o villanos”. Más adelante el autor agrega: “Cuando llegaron las películas sonoras, ya era popular y había hecho muchos papeles diversos y frecuentemente aristocráticos (en contraste con la igualmente guapa Lupe Vélez, cuya imagen de ‘volcán mexicano’ limitaba sus papeles y prestigio”.
“Novarro y Del Río personificaban otro aspecto de ciertos actores hispanos de ese tiempo –no habían tenido que luchar para triunfar, sino que eran aristócratas que probaron el cine como diversión. Hollywood estaba encantado con el cutis de porcelana y la alcurnia de tales actores”.
Cuando su fama decayó, aunque aún no había dejado de ser una gran estrella, vino a México a filmar bajo las órdenes de Don Emilio “Indio” Fernández, “Flor Silvestre (1943) y “María Candelaria”, las cuales le dieron un segundo aire a su carrera.
A estas dos siguieron, entre otros, “Las abandonadas”; “Bugambilia”; “La Selva de Fuego”, “La Otra”; “La Casa Chica”; “La Malquerida” (considerada por ella su película favorita); “Deseada”, “Reportaje”; “Doña Perfecta”, “El Niño y la Niebla”, “¿A dónde Van Nuestros Hijos?”; “La Cucaracha”; “El Pecado de una Madre”, “Casa de Mujeres” y “Los Hijos de Sánchez”. Varios de estos títulos tienen una especial importancia dentro de la historia de nuestro cine.
En esta segunda etapa de su carrera, aunque de manera esporádica, la actriz siguió trabajando para el cine internacional en filmes como “El Fugitivo” de John Ford; “Historia de una Mala Mujer” en Argentina; “Señora Ama” en España, “Estrella de Fuego”, donde hizo el papel de madre de Elvis Presley, “El Ocaso de los Cheyennes” de John Ford; “La Dama del Alba” en España y “Vivieron Felices” bajo las órdenes de Francesco Rosi en Italia. .
Excelente actriz y posedora de una extraordinaria belleza, Dolores del Río logró convertirse al paso de los años en uno de los mitos más sólidos de nuestra cinematografía y de la cual Carlos Fuentes también diría que poseía: “los huesos faciales más perfectos del mestizaje indo-mediterráneo”. Una beldad que también desparramaba erotismo y sensualidad, en particular en su primer etapa en el cine norteamericano, como cualquiera puede apreciarlo al verla bailar en la cinta “Ave del Paraíso” en su rol de polinesia, tratando… que digo tratando, logrando seducir al marinero interpretado por Joel McCrea y por ende a los espectadores, en ese clásico de los años treinta, que puede conseguirse en DVD, para constatar así la permanencia de esa singular belleza mexicana.
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