Duelo de Titanes: Sturges y la Balacera de OK Corral
Escrito por Gustavo Arturo de Alba | 20 de Marzo de 2007 | Categorias: Cine Norteamericano, Cine de Siempre en DVD, Directores, Que ver en TV, Western | Tiempo de Lectura: 6m 10s | Leido 808 veces.“Sobre cómo se forja la relación/enfrentamiento entre estos dos personajes antagónicos, reside el peso de la película, con el tiroteo en el OK Corral como esperado pero no esencial desenlace de los conflictos externos. Sturges abocado de lleno a la tragedia, tuvo que plegarse por momentos a los designios de su guionista y productor, Leon Uris y Hal B. Wallis, empeñados en convertir el relato en un superwestern en el sentido más convencional del término. Pero Sturges consigue imponer su ley pese a algunos baches en el trazado (la relación entre Wyatt y la jugadora por ejemplo): el tono de balada, iniciado con la precisosa canción de Dimitri Tiomkin que acompaña los títulos de crédito mientras tres jinetes cabalgan por montañas, cercados y pequeños cementerios, se impone y reclama clasicismo formal en una película donde el formato, Vita Vision, y la luz, un Technicolor ocre e interiorizado con Charles B. Lang Jr. tras la cámara ahondan más en la abrupta lucha interior de Holiday, aferrado a su extraña amistad con Earp mientras bebe para mitigar el dolor físico y reniega de la prostituta Kate aun sabiendo que es la única persona que realmente lo ha querido”.
También resulta interesante el acercamiento que hace a este film Antonio José Navarro en su texto publicado en la revista “Dirigido” de junio de 2002 en donde nos señala: “es una tragedia áspera, muy elaborada formalmente, sobre un mito cruel, primitivo, rico en claroscuros épicos y morales: el tiroteo de OK Corral. Así pues, la película de John Sturges se localiza en un fatasmagórico espacio donde la civilización se halla en un estado larvario. A pesar de que algunos signos visuales indiquen lo contrario –los trajes y corbatas de Wyatt Earp y John Holliday, las calles iluminadas con faroles de aceite, barberías, la suntuosidad ornamental de los salones y habitaciones del hotel, los elegantes landós en los que pasean los pacíficos ciudadanos…-, la vida se halla a merced de los impulsos feroces, de las ansias de sangre y venganza. Los personajes que pueblan viven al filo de la barbarie y algunos de ellos, como Holliday o el benjamín de los hermanos Clanton, Billy (Dennis Hooper), caminan hacia la autodestrucción o mueren en aras de ese salvajismo que, por un lado, alimenta una fúnebre –y vacua- mítica personal y, por otro, los dignifica ante sus pares por el hecho de participar alegremente en una matanza. Los héroes y los antihéroes de “ lo son porque matan y mueren, porque no quieren –o no pueden- renunciar a la sangre ni al olor a pólvora, resistiéndose así a ser asimilados por la civilización. La violencia y la muerte se convierten en los grandes ejes argumentales, y casi me atrevería a decir que filosóficos, de la película de Sturges. La presencia de un siniestro cementerio -apelativo que señala el óbito nada plácido de sus , enterrados con las botas puestas…-, se convierte en un poderoso leit motiv visual que, acompañado por la balada de Frankie Lane, convierte en leyenda la vesania, la lucha y la muerte que llenaron la conquista del oeste”.
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