Descarrilado
Escrito por Sergio Flores Azco | 13 de Marzo de 2007 | Categorias: Cine Norteamericano, Ensayo, Escritores, Policíaco | Tiempo de Lectura: 19m 27s | Leido 1458 veces.Sólo Para Cinéfilos
La mañana en que Charles iba a conocer a Lucinda, abrió los ojos, y aún en la cama, tardó unos instantes en recordar por qué prefería mantenerlos cerrados.
Cuando su hija, Anna, lo llamó desde el pasillo se acordó de inmediato.
Le pedía dinero para el almuerzo, una nota para el profesor de Educación Física y su colaboración en la redacción de una reseña que debería de haber entregado el día anterior.
No necesariamente en ese orden.
Con una destreza digna del mejor malabarista, Charles consiguió hacer las tres cosas y además ducharse, afeitarse y vestirse. No tenía más remedio, puesto que su esposa, Deanna, ya se había ido al trabajo, en el colegio público 183 de Nueva York, y lo había dejado a cargo de todo.
Al bajar las escaleras y entrar en la cocina vio el medidor de glucemia de Anna y una jeringuilla en el aparador.
Anna había conseguido que saliera tarde.
Al llegar a la estación el tren ya se había ido; todavía tuvo tiempo de escuchar el tenue reflejo de su estruendo mientras se alejaba.
Cuando llegó el siguiente, el andén ya se había llenado otra vez con un plantel de viajeros completamente nuevo que se dirigían a sus trabajos en Nueva York. Conocía de vista a casi todos sus compañeros de trayecto del tren de las 8.43, pero aquél era el de las 9.05, de modo que se hallaba en terreno desconocido.
Encontró un buen sitio y se sumergió de inmediato en la sección deportiva del periódico…
Así pasó aproximadamente los siguientes veinte minutos con la cabeza gacha, la mirada fija en la página y el cerebro repleto de estadísticas sin sentido que era capaz de recitar de un tirón como su número de teléfono, cifras que podía repetir en sueños (cosa que a veces sucedía), aunque sólo fuera para no tener que dar vueltas a otras.
¿Qué otras cifras?
Pues, por ejemplo, las del medidor de glucemia de Anna, unos números que subían con una facilidad escalofriante.
Hacía más de ocho años que su hija sufría diabetes juvenil, y su estado de salud no iba nada bien…
El tren dio una sacudida y se detuvo.
Estaban entre dos estaciones y a los lados de la vía vio filas de casas de una sola planta de color parduzco…
Y en aquel mismo momento, en algún punto situado entre la columna de Steve Serby sobre las utilidades de la repetición y el lamento de Michael Strahan por la tendencia decreciente de las capturas en su haber, fue cuando sucedió.
Mas adelante se plantearía exactamente qué le había empujado a levantar la vista otra vez en aquel preciso instante.
Se preguntaría una y otra vez que habría sucedido si no lo hubiera hecho. Se torturaría pensando en todas las variantes, en lo que podía haber sido y no fue, en los porqués y los cómos.
Pero lo cierto es que levantó la vista.
El tren de las 9.05 de Babilon a Penn Station siguió avanzando…
Pero Charles descarriló, manifiesta y espectacularmente.
Descarrilado dos
Un muslo que se extendía; al principio, eso fue todo.
Pero no se trataba de cualquier muslo, sino de uno de carnes firmes, piel tersa y buen tono muscular, un muslo que evidentemente había pasado algún tiempo en la cinta de correr del gimnasio y que estaba enfundado en una falda corta, a la moda, que la posición de las piernas acortaba aún más. Las tenía cruzada, una rodilla encima de la otra, en una postura natural. Le pareció que la longitud de aquella falda correspondía a una categoría que estaba entre la de sexy y la de desvergonzada, pero no era ni una cosa ni la otra, por lo que debía de ser las dos.
Con eso topó Charles al levantar la vista.
Apenas distinguía un zapato negro de tacón de aguja que se adentraba en el pasillo y se balanceaba ligeramente con el traqueteo. Estaba justo delante de ella (que iba de cara, mientras que él se había sentado de espaldas a la dirección del tren), pero se la tapaba la portada del “New York Times”. Aunque no la hubiera ocultado el titular principal del día, no por conocido menos alarmante (“El Cercano Oriente en pie de guerra”), lo cierto era que aún no había mirado hacia arriba mas que de reojo. Se había dedicado, en cambio, a aquel muslo, y a concentrarse en la esperanza, nada lógica, por otro lado, de que no resultase ser hermosa.
Lo era.
Charles ya estaba planteándose cuál debía ser su siguiente paso, si regresar a sus estadísticas deportivas, por ejemplo, mirar por la ventanilla, cubierta de churretones de mugre, o echar un vistazo a los anuncios de bancos y compañías aéreas que empapelaban las paredes del vagón, cuando, sencillamente, echó la cautela por la borda y la miró. Y fue entonces cuando el “New York Times” descendió estratégicamente y mostró por fin el rostro que tanto había dudado en contemplar.
Sí, desde luego que era hermosa.
Qué ojos.
Eran algo espectacular, grandes y con expresión dulce, la encarnación misma de la ternura. Los labios, llenos, se los mordía apenas un poquito. ¿El pelo?: tan sedoso que le daban ganas de arrebujarse en él para nunca, nunca salir.
Había rogado que fuera poco agraciada, o al menos sólo interesante, o como mucho graciosa. Pero no. Era, sin lugar a dudas, espléndida.
Y eso suponía un problema, porque estaba atravesando una época de considerable vulnerabilidad en la que soñaba con una especie de universo alternativo.
En ese otro mundo, no estaba casado y una hija no sufría una enfermedad crónica, porque, sencillamente, no tenía hijos. Las cosas siempre le iban de maravilla.
No quería que la mujer que estaba leyendo el “New York Times” fuera guapa, porque eso significaba asomarse a aquel universo alternativo, tener ante sí a la guía que iba a animarle a entrar y poner los pies en el sofá, y todo el mundo sabía que los universos alternativos eran cosas de críos y de colgados que se creían las historias de ciencia ficción.
Nada de eso existía.
– El boleto.
El revisor estaba a su lado y le pedía algo. ¿Qué quería? ¿Es que no se daba cuenta de que estaba ocupado definiendo las limitaciones de su vida?
–El boleto- repitió.
En ese momento Charles se da cuenta de que con la prisa que salió de su casa, olvidó la cartera. Ante la insistencia de cobro del revisor:
–Tenga- ofreció alguien- Ya me encargo yo.
Era ella.
Estaba alargando la mano con un billete de diez dólares y dedicándole una sonrisa que amenazaba peligrosamente con dar al traste con su estabilidad… en cuanto había colocado el billete de diez dólares en la mano del revisor, sin que Charles dejara ni un momento de protestar (“Pero qué tontería, de ningún modo”), en cuanto el revisor le había dado el dólar de vuelta, sin que cesaran los reparos de Charles (“No, en serio, no tiene por qué, se lo digo de veras”), se había levantado y se había sentado en el asiento vacío que había al lado de la desconocida. ¿Y por qué no? ¿No era lo que debía hacer una persona educada cuando alguien le echaba una mano, por mucho que ese alguien tuviera aquel aspecto?
Ella apartó un poco los muslos para hacerle sitio. Incluso teniendo los ojos clavados en aquel rostro desgarrador, Charles se percató del movimiento de sus piernas, cuyo recuerdo no le abandonó mientras conversaba con ella de cosas banales, triviales, superfluas…
–Bueno, he tenido suerte de que apareciese- aseguró él, sepultado por la oscuridad cuando las luces fluorescentes del tren parpadearon y se apagaron. Sólo distinguía la forma del cuerpo de su compañera de viaje. Le parecía como si acabara de subir, como si acabaran de pedirle los nueve dólares que no llevaba encima, como si aquella mujer acabara de desenredar los muslos y de pagar por él. -¿Sabes qué?- añadió- Toma el mismo tren mañana y te devolveré el dinero.
–Pues ya tienes una cita para mañana.
Durante el resto del día, después incluso de despedirse con un apretón de manos y de haberla contemplado mientras desaparecía entre la multitud de Penn Station, después de haber esperado diez minutos hasta encontrar un taxi que le llevara al trabajo y de que su jefe, Eliot, le recibiera diciéndole que se preparase para lo peor cuando apenas había puesto el pie en la oficina, siguió pensando en las palabras que había utilizado.
Podía haberle dicho: “Muy bien”, “Vale”, “Pues hasta mañana”. Podía haberle dicho: “Buena idea”, o: “Mala idea”, o: “No hace falta, mándamelo por correo”
Pero lo que había dicho había sido: “Pues ya tienes una cita para mañana”
Se llamaba Lucinda.
Así establece la situación y describe a sus protagonistas James Siegel en su novela que lleva el mismo título, nombre que también va a utilizar en los capítulos en flash-back.
Es también el título de la primera película en inglés dirigida por el director sueco Mikael Hafstrom objeto de este comentario: “Descarrilado” (Derailed, 2005)
Cualquier aficionado al cine puede constatar que la descripción que hace Siegel de su personaje femenino, está a años luz de Jennifer Aniston (que es quien la encarna en la película), y a quien ni el maquillaje, ni el vestuario, ni cualquier manipulación digital logrará convertirla en Lucinda.
Actriz de pocos recursos, encontró su nicho en Friends la exitosa serie de televisión, pero sus incursiones en el cine han sido olvidables. En esta película, no le ayuda su acartonada actuación; si somos generosos, en el papel de Deanna –la esposa- sería más creíble.
Adaptar una novela al cine es un trabajo difícil, pero se convierte en más complejo cuando la novela a adaptarse es un thriller.
Sobre el tema de las adaptaciones escuchemos a un experto: Jean-Claude Carriere (El Financiero, V. Roura, 3-3-06):
Si el novelista está muerto, el proceso de adaptar su novela al cine se vuelve un poco más fácil, pues ya no protestará…
Adaptar la materia novelística y literaria al guión cinematográfico o al libreto teatral se ha convertido, con el paso de los años, en la especialidad que le ha dado fama mundial a este francés multilingüe, de sencillez desenfadada, al tratar la obra de escritores como Pierre Louÿs para que Buñuel filmara “Ese Oscuro Objeto del Deseo” (1977); Günther Grass para la cinta “El Tambor de Hojalata” (1979) de Volker Schlöndorff; Milan Kundera en la película “La Insoportable Levedad del Ser” (1988) de Philip Kaufman y, la más ambiciosa de todas, la versión televisiva de “El Mahabharata” (1989) dirigida por Peter Brook, entre otras.
“El problema es descubrir la película escondida en una novela, pues no siempre existe” –confiesa Carriere-. “Recuerdo que en dos ocasiones me propusieron a Buñuel y a mí llevar a la pantalla “Bajo el Volcán” de Malcolm Lowry, pero no encontramos cómo adaptarla, no hallamos materia cinematográfica en la novela. Hay que escoger los momentos de la novela en los que se encuentra la posibilidad de montar escenas con actores, lo que me parece el fundamento del cine…”
Carriere advierte que llega el momento “en que la película tiene que conquistar su autonomía e independencia, que sea cine y no una novela ilustrada, pues el lenguaje cinematográfico es propio”
No son tantas –y por eso más notables- las películas policíacas adaptadas de una novela que sobresalen en la historia del cine. Entre las más famosas y recordadas están: El Halcón Maltés (John Huston, 1941); El Silencio de los Inocentes (Jonathan Demme, 1991); A Pleno Sol (Rene Clement, 1959); Los Angeles al Desnudo (Curtis Hanson, 1997); Testigo de Cargo –en el teatro y en el cine- (Billy Wilder, 1957); Tiempo de Matar (Joel Schumacher, 1986) –y algunas otras obras de John Grisham-; Ascensor Para el Cadalso (Louis Malle, 1958); Identidad Desconocida (Doug Liman, 2002)
La mejor adaptación que recuerdo de este género de novelas, es Jackie Brown: la Estafa (como la titularon en español) (Quentin Tarantino, 1997) del libro de Elmore Leonard. Toda la novela está ahí.
En todas ellas, guionista y director aprovechan la ventaja del cine sobre el relato: la imagen elimina la necesidad de describir más o menos minuciosamente el entorno, la atmósfera, los movimientos, las reacciones, los gestos, reduciendo apreciablemente en pantalla la longitud del texto.
Y si revisamos las novelas –excepto las más “serias”, profundas y con ambición de trascendencia- de las últimas dos décadas, sobre todo de los noventas a la fecha, detectaremos una constante: la estructura de la novela ya es cinematográfica, ya está lista para que la compre Hollywood por siete cifras, y la adapte sin mayor problema, y aún suprimiendo algunas pasajes para ajustarla a 100 o aún a 120 minutos de proyección, la trama se entiende.
Ejemplos de esta costumbre son dos best-selleristas: John Grisham con sus novelas de juicios, y Michael Crichton con sus novelas de ciencia-ficción.
La novela de James Siegel, base de esta película, cumple los requisitos. Eso es lo más extraordinario y lo más lamentable de la película: ya está hecha –y bien hecha- en la novela. (Rene Clair y Alfred Hitchcock, cada uno por su lado, opinaban lo mismo: una buena película ya está hecha en el guión, llevarla al celuloide es secundario): el relato transcurre entre el tiempo presente (“Attica” se titulan esos capítulos que no llevan numeración) y extensos flash-backs (“Descarrilado” es el nombre de estos capítulos que tienen una numeración progresiva). Mas cinematográfica difícilmente se encuentra.
El libro comienza con Attica (tres páginas): Doy clases de lengua y literatura, de lunes a viernes, en el Instituto de Educación Secundaria de East Bennington, y también dos tardes a la semana en la Cárcel Estatal de Attica; es decir, que me paso la vida conjugando verbos para delincuentes y enseñando adjetivos a reclusos. En una clase los alumnos se sienten como si estuvieran enjaulados, y en la otra lo están de verdad
Siguen diez capítulos de Descarrilado y dos páginas y media de Attica; luego, del capítulo once al 41 de Descarrilado, y Attica con tres páginas; del 42 al 52 de Descarrilado y termina la parte de Attica con nueve páginas, para llegar a Descarrilado: conclusión, con página y media.
Es decir, la obra –y lo que debió ser la película- es un gigantesco flash-back, apenas punteado por la información necesaria en tiempo presente, para darle impulso y coherencia a la narración.
Esa división no es arbitraria, en la novela está muy bien medido:
Lo recordaba todo de una vida anterior.
En esa existencia previa, me despertaba todas las mañanas pensando por qué prefería seguir durmiendo.
Me duchaba y me vestía e intentaba no mirar el medidor de glucemia, dejado encima del mármol de la cocina. Tomaba el tren de las 8.43 hasta Penn Station. Hasta una mañana de noviembre en la que lo perdí. Fue la mañana en que mi hija me retrasó y tomé el de las 9.05. Fue la mañana en que levanté la vista del periódico y el revisor me pidió un boleto que no tenía.
Aquella historia era la mía.
A partir de aquí voy a seguir yo
Así termina Attica después del capítulo diez; llevado a la película, hubiera sido muy efectivo.
Porque ya en el final del primer capítulo de Attica nos había advertido:
O si, porque de repente topé con un relato diferente. O quizá no se tratara de un relato (aunque tenía título), sino más bien de la introducción a una narración, o la invitación a leerla, para ser más exactos.
Trataba de otro inocente.
De un hombre que un día subió a un tren para ir a su trabajo.
Y entonces le sucedió algo…
¿Qué fue lo que impulsó a Charles a tomar ese derrotero? :
Se metieron en el túnel que pasaba por debajo del East River (“el túnel del amor”, pensó él) y durante un segundo le entró miedo de abalanzarse sobre ella y hacer una estupidez y se imaginó que acabarían llevándoselo esposado en el andén de Penn Station.
Y entonces sucedió algo.
El vagón se quedó totalmente a oscuras cuando las luces se apagaron de golpe, como siempre, al meterse el tren bajo el río igual que un animal en su madriguera. Se sintió como si estuviera en un cine a oscuras, a la espera de que le rescatara aquel brillo fosforescente, o si no otra cosa; la olía, la tenía a su lado en la oscuridad. Lilas y almizcle.
De pronto sintió su aliento en la oreja, suave y húmedo. Tuvo su boca tan cerca que podía haberla besado mientras ella le susurraba algo al oído.
Y entonces las luces parpadearon por un instante y devolvieron al vagón toda su fluorescencia fantasmal.
En realidad, no había cambiado nada.
El mirón impenitente que estaba sentado delante de ellos seguí observando de reojo los muslos de Lucinda. La mujer de las varices dormitaba al otro lado del pasillo. Vio también al banquero con mala cara, al universitario desplomado sobre su libro de texto, al taquígrafo de los juzgados que guardaba celosamente su teletipo.
Lucinda también tenía el mismo aspecto que antes y miraba hacia delante, como todo el mundo.
¿No estaba regresando a su periódico, repasando el Amex y el Nasdaq, y los índices internacionales y los bonos municipales?
Esperó un poco para ver si se volvía hacia él y seguía hablando, luego miró por la ventanilla y vio que pasaban ante una enorme valla publicitaria que rezaba: “Piérdase en las Islas Vírgenes”
Cuando el tren se detuvo en Penn Station, le preguntó si quería quedar para almorzar alguna vez.
‘Eres el hombre más sexy que he conocido en la vida’
Eso era lo que Lucinda le había susurrado en el vagón.
¿Qué hombre resistiría una declaración como ésa, proveniente de una misteriosa y prácticamente desconocida mujer, emitida con la voz adecuada y el ambiente propicio?
Ciertamente no Charles. Sabe que es el inicio de un peligroso camino, que está haciendo algo indebido, pero por más reflexiones que hace al respecto, intentando presentárselo a sí mismo como una inocente amistad, cede y avanza gradualmente en esa única e increíble oportunidad que se le presenta.
Pues sí, se percató también de que, al fin y al cabo, estaban coqueteando. Y además no se le daba nada mal. A lo mejor era como ir en bici o como hacer el amor, algo que no se olvidaba jamás. Claro que era posible que Deanna y él si lo hubiesen olvidado
Intenta justificarlo:
Almorzar al fin y al cabo, era algo que se hacía con un amigo. Ir de copas era algo que se hacía con un amigo íntimo. Para ir a comer tenía que llamar a Lucinda, pero para ir a tomar una copa tenía que llamar a Deanna. Y darle un motivo para su tardanza. Tenía que mentir.
Y mentir se le daba igual de mal que contar chistes.
Sin embargo, resultó que sólo era cuestión de practicar.
En la novela, en todo momento, sabe Charles que está haciendo cosas equivocadas, que está tomando malas decisiones, pero las circunstancias lo obligan a ello. Cuando la pareja es asaltada en el hotel, Charles intenta defender a Lucinda, pero no es rival para su oponente. Aún en esa situación, y sabiendo todo lo que va a perder, propone hacer lo correcto: denunciarlo a la policía, pero ella se niega porque su matrimonio se acabaría.
A partir de ahí y visto en perspectiva, el drama adquiere visos de tragedia griega: pese a sus buenas intenciones, Charles se ve obligado a hacer lo que su conciencia le dice que es erróneo, pero, paradójicamente, es para proteger a la mujer, protegerse a sí mismo y proteger a su familia.
No había sido capaz de contárselo a Deanna.
Había estado a punto de hacerlo.
Pero cuando las cosas se van complicando:
Al día siguiente me quedé en la oficina hasta tarde.
Últimamente estaba algo nervioso y avergonzado en casa, no necesariamente en ese orden. Cada vez que miraba a Anna, pensaba en los diez mil dólares que había robado de su fondo, y cada vez que sonaba el teléfono sufría entre llamada y llamada, en aquellas interminables pausas, hasta que contestaba alguien, y me imaginaba incluso el diálogo que se producía, que siempre terminaba con Deanna entrando como una apisonadora en el dormitorio, la salita de la tele o el sótano para acusarme de haberle destrozado la vida y haber matado a nuestra hija.
Prefería que sucediera por teléfono, ya que ni siquiera era capaz de imaginarme que la miraba a los ojos mientras me recitaba la letanía de crímenes que había cometido. En la oficina podía cerrar la puerta, apagar la luz y quedarme mirando mi reflejo en el monitor, que estaba sumido en un estado de reposo perpetuo, en el que no me habría importado sumirme yo de algún modo. Allí al menos podía pensar en cómo librarme de aquella cara terrible que amenazaba con hacer descarrilar mi vida. En casa sólo era capaz de sufrir sus consecuencias
Y un buen día, encuentra algo:
Había tenido una revelación.
Estaba ciego, ahora veo.
Una vez decidido a tomar otro curso de acción, con la mente ya lúcida y la estrategia trazada, aprovecha todas las circunstancias y crea otras.
No podía volver. En aquel momento no podía. Aún no.
Acababa de ver algo muy claramente.
Tenía asuntos pendientes que resolver.
No podía contar con mi trabajo, cierto, pero había otro que estaba aguardándome. Y era incluso más importante.
Tenía que recuperar la otra cuenta corriente de Anna.
Tenía que encontrarlos como fuera.
Tenía que recuperar mi dinero como fuera.
Nada de todo esto aparece en la película, el Charles de la película sólo comparte el nombre con el Charles del libro.
Los últimos párrafos del libro se enlazan armónicamente con el primer párrafo del capítulo inicial, completando el conjunto, y, al ver la obra completa, todas las piezas encajan perfectamente.
¿Y la película? La convirtieron en una obra light, carente de drama, una serie de anécdotas apenas hilvanadas, con muchos huecos, pero, sobre todo, traicionando la bien delineada personalidad que tienen los personajes del libro.
Deduzco que el director estaba consciente de ello, porque en el sitio web de la película, no dice “adaptada”, sino “inspirada en”.
La mala opinión que tengo de esta película, es compartida. Un crítico escribió en Estados Unidos: Nunca había estado tan molesto con una película… Quiero que me devuelvan mi dinero. Y mi tiempo… La película vale menos que el precio de admisión. Ni siquiera es buena para una matiné… Pero si usted tiene que verla, invite a alguien al que quiera castigar.
Opina John Boonstra: Véala, si debe verla, por Owen, pero deje el sentido común a la entrada.
Christian Toto escribe: ‘Descarrilado’ es el nombre adecuado para el nuevo thriller de Clive Owen y Jennifer Aniston. Es tan genérico, como cualquier cosa sacada del cuarto de los trebejos de Hollywood. También describe la trama de la película y su abandono de la lógica y la razón.
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