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La Reina, discusión sobre los Media.

Escrito por Héctor Enrique Espinosa Rangel | 12 de Marzo de 2007 | Categorias: Cine inglés, Estrenos, Melodrama | Tiempo de Lectura: 7m 14s | Leido 403 veces.

queen.jpgEn un muro donde están retratados todos los representantes del poder y las instituciones, los dardos atinan recurrentemente a uno u otro, menos a la fotografía de la reina de Inglaterra, a ella nunca le alcanzan las puntas afiladas, y Mick Travis (Malcolm McDowell) explica que los símbolos deben conservarse. Es el punto crucial de la película If, de Lindsay Anderson, una de las cintas prohibidas muchos años en México al lado de Z, Easy Rider y Naranja mecánica; es la visión británica del problema de ellos, que ahora es tema de la película La reina, de Stephen Frears.

La palabra privilegio significa excepción ante la ley y el nacimiento del estado moderno está íntimamente ligado a ella, porque la instauración de la política que encamina hacia la democracia pasa por la ruta de la igualdad ante la ley, excepto para aquellos que velan por el bien común, es así que en medio de la proliferación de sistemas republicanos Inglaterra conservó la realeza. De esto y la condición humana trata la cinta de Frears.

El personaje central de ella debió ser Lady Diana Spencer, pero la suya parece una biografía tan oscura y difícil que fue menos complicado para el guionista Peter Morgan acudir a su significación pública; de otra parte nos queda la figura de Tony Blair (Michael Sheen, aquí) quien cambió el balance del poder en Gran Bretaña y terminó atrapado en un compromiso insostenible por la guerra en Irak, pero más que nada está la familia real: Felipe de Edimburgo (James Cromwell), el príncipe Carlos (Alex Jennings), la reina madre (Sylvia Syms) e Isabel Segunda (Helen Mirren).

IfLa verdadera función de la familia real británica ha sido el tema de todo arte mayor en la historia inglesa desde los escritos de William Shakespeare, y cada crisis de la casa real ha significado un punto crucial para los habitantes de las islas brumosas, esta de Lady Di ha sido la mejor documentada, porque los Media la convirtieron en su tema favorito antes y después de su fallecimiento, en detrimento del gusto de la familia habitante de Windsor.

Para una época de mercado global en que los estados nacionales parecen estorbar la racionalidad en la organización internacional y los gobiernos en sí confrontan la crisis de su función próxima, el sostenimiento de una institución casi medieval se presume inútil y para la mentalidad demócrata y republicana es así en particular.

Diana Spencer murió ya separada del heredero a la corona británica, la casa real la tenía por una molestia para su imagen conservadora y estable; los escándalos de Carlos y el retroceso de la moneda británica en el nuevo orden europeo se opacaban con la pompa y circunstancia de la realeza, que cada vez se alejaba más de la vida cotidiana de los ingleses, el fallecimiento de la Di se convirtió en u motor interno para la dinámica familiar y para la de su imagen ante los isleños, o así nos lo deja ver Frears.

Fuera de la película sabemos que la “opinión pública” acusó a la propia Isabel II de encubrir una conspiración real para asesinar a Lady Di, escándalo que apenas se resolvió hace poco merced a la intervención de los tribunales ingleses, y también sabemos que la imagen de la reina madre y su vejez redujo considerablemente el impacto contra Isabel, hasta el día de su fallecimiento cuando el duelo británico se volcó de nuevo hacia la familia real.

queen2.jpgFrears nos presenta a esta anciana como una vieja cínica y chocha que solo tiene fórmulas hechas para hablar con su hija, Sylvia Syms aparece demasiado encorvada para la personalidad erecta de la anciana madre de la reina, y en contraste Felipe (Cromwell) representa el conservadurismo más brutal e inconsciente dentro de las paredes de Windson; tal vez fue la manera de presentarnos a Isabel como humana ante ese grupo de muros de contención social que hasta pretende ocultar la muerte de su madre a los herederos de Carlos.

Helen Mirren es maravillosa, parece haber sido hecha para entrar en el pellejo de las Isabeles británicas, pero lo mejor es su comprensión del papel humano de la reina, de su estatus de símbolo que sobrevive a los vaivenes de la vida personal y social; hay un algo de enamorado en el tratamiento que le da Frears en pantalla, lo mismo cuando está en sus aposentos (increíblemente vemos la cama matrimonial de los consortes) que en la sala de estado ante el novato Blair, pero más que otra cosa la intimidad de la reina es lo mejor: Isabel pasea sola por los campos de veraneo y se descompone su vehículo, antes que nada la mujer baja de su silla y revisa la falla mecánica, dictamina y entonces, con los pies mojados por un arrollo, llama el auxilio de sus oficiales, aclarando que fue alguna vez (durante los años de guerra) mecánica eficiente; luego se sienta a esperar, abrumada por la expresión pública de pesar con la que debe ser considerada como una rival en la simpatía de los ingleses, y entonces viene la aparición de la cierva de oro (bueno, en realidad es un ciervo de astas) y en una sola secuencia lenta y significativa recupera su yo de persona y entiende su significado ante la belleza de algo natural: ella es la reina, no es natural sino determinada por la historia, por sus súbditos, y se debe a ellos, no a la realeza como entidad aparte, parece entender el significado de privilegio.

A cambio Tony Blair parece un muchacho enamorado de su éxito, tímido ante los símbolos imbatibles del poder, un estudiante no enterado de la rebelión de los años sesenta, pero inmerso en sus consecuentes: el grupo de asesores laboristas que lo empuja a defender el derecho popular en contra del conservadurismo de la realeza; sin embargo Blair, como McDowell, comprende que la reina no debe ser tocada y se pone de su parte, empata su política con la necesidad de conservar el símbolo y la práctica de establecer nuevas políticas internas de conciliación con los pobladores (con el tiempo Blair consiguió la eliminación de los privilegios en la nobleza y la recuperación de gran capital muerto en manos de los parásitos de la sociedad heredados del medioevo).

Sobre todo esto gravita el peso de los Media y de la “opinión pública”, Frears nos indica constantemente la importancia de los periódicos y la televisión para establecer la medida de expresión del pueblo británico ante los hechos, solo que al mismo tiempo nos indica que estos medios no se manejan solos, que el propio Primer Ministro está sujeto a sus vaivenes a pesar de que aparentan estar de su parte (sabemos que su consejero -Julian Firth- influye subrepticiamente en los encabezados, que maneja la “grilla” del partido laborista en contra de la casa real, pero jamás se descara su actuación), siempre sabemos que los intereses atrás de los encabezados no son los de los grupos políticos, sino de los de presión, y que la televisión está de parte del proceso de americanización de la economía británica comenzado por la “Dama de Hierro” Margaret Thatcher.

Con el tiempo, es decir, para cuando se estrena la película, Diana Spencer es tan solo una figura asociada a la casa real, su labor ha sido sumada a las de sus integrantes y parte de la leyenda histórica de la vieja Inglaterra: Isabel ha sido reducida a un elemento decorativo que resulta indispensable en todo hogar británico, pero su significado histórico se suma al de la obra artística en los terrenos de literatura y política de la era moderna y contemporánea, pero también como una presencia de la identidad a partir de los símbolos que es inevitablemente una calidad humana que poco o nada tiene que ver con el concepto ramplón de lo nuestro.

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