Randolph Scott: el hombre del rostro de piedra
Escrito por Gustavo Arturo de Alba | 4 de Marzo de 2007 | Categorias: Actores y Actrices, Biofilmografias, Cine Norteamericano, Western | Tiempo de Lectura: 31m 37s | Leido 2331 veces.
“Si usted cree imposible para un actor lograr el estrellato, basado únicamente en la fuerza de una apariencia notablemente viril, un código de ética que le identifica como un caballero, y una imagen que personifica a los pioneros de Estados Unidos, considere a George Randolph Scott, mejor conocido como Randolph Scott, super estrella del western, perteneciente a esa estirpe de estrellas”.
Lee O. Millar
El hombre del rostro de piedra: Randolph Scott, al que también podríamos identificar como el caballero de la triste figura de las llanuras del oeste y cuyas películas siguen siendo la delicia de los fanáticos del “género por excelencia”, al ser proyectadas en la televisión, es el actor considerado más taquillero de los especialistas del western, por encima de John Wayne, si no vemos solamente los ingresos brutos y realizamos un análisis comparativo entre los costos y los beneficios de sus películas, derivadas de los boletos vendidos en taquilla. Quién podría destronarlo es Clint Eastwood considerado el más productivo de los actores de Hollywood, nada más que este record lo tiene por todas sus películas y no únicamente sus westerns.
Randolph Scott nació el 23 de enero de 1898 en forma accidental en Orange County, Virginia, durante una visita de sus padres George y Lucy Crane Scott a esa ciudad, ya que su lugar de residencia era en Charlotte, North Carolina, fue el único hijo varón de ese hogar, compuesto por otras cinco hermanas. (En algunas enciclopedias aparece, antes de su fallecimiento, como nacido el 23 de enero de 1903, ya que los publicistas de los estudios le ayudaron a quitarse años, para que pareciera más galán). Murió el 2 de marzo de 1987 en Beverly Hills, Los Angeles, California.
En un principio estudio en el Georgia Institute of Technology, pero después de sufrir una luxación jugando futbol americano, se cambió a la University of North Carolina, graduándose de Ingeniero Textil y Manufactura. Al terminar sus estudios se tomó un año de vacaciones, para viajar por Europa. A su regreso le manifestó a su padre, el poco interés que tenía en asociarse con él, en el negocio textil familiar, ya que había descubierto su verdadera vocación: ser actor. Su madre se oponía a que entrara al negocio de la farándula, pero el padre dio su autorización, siempre y cuando regresara a su casa, si no lograba su objetivo en un determinado tiempo. Se mudó a California llevando solo una carta de recomendación de su padre para Howard Hugues, con el cual tenía relaciones comerciales. Aunque medía 1.91 m. de estatura, era de complexión delgada, rostro afilado y de presencia agradable, no era muy diferente a la mayoría de los aspirantes a estrella que pululaban por los estudios y que querían una oportunidad en los westerns; así que durante un buen tiempo sobrevivió como extra. En 1929, cuando se decidió la filmación de la clásica novela de Owen Wister “El Virginiano”, tuvo trabajo de asesor de diálogo de Gray Cooper, protagonista del filme, a quién enseño el acento sureño, para caracterizar al personaje que da título al filme “El Virginiano” (The Virginian).
Hughes hizo arreglos para que Cecil B. de Mille le hiciera una prueba para su filme “Dinamita” (Dynamite, 1929) y aunque el papel se lo dieron a Joel McCrea, el director De Mille le aconsejó ingresar al Pasadena Playhouse group, con el objeto de que adquiriera experiencia como actor. Scott no echó en saco roto el consejo y estuvo allí durante dos años. Para su fortuna Leo Carrillo le vio en la representación de la obra “The Broken Wing”, en donde interpretaba al galán joven. Carrillo lo recomendó a los buscadores de talentos de la Warner y la Paramount, siendo esta última productora la que le realizó una prueba y lo contrato por los típicos siete años de exclusividad, conforme a la costumbre de la época.
Aunque antes estuvo trabajando de extra en varios films como “La Mujer Pantera” (Island of the lost souls) la cual mencionamos por la curiosidad de que en ella también fue extra Alan Ladd, a quién todavía le faltaban diez años de batallar en pequeños bits, hasta alcanzar el estrellato en 1942 con “Un Alma Torturada” (This gun for hire).
Después de participar en la Paramount, en dos roles insignificantes, lo pusieron, en 1932, a la cabeza del reparto del western clase “B” “La Herencia del Desierto” (The heritage of the desert) dirigido por Henry Hathaway, quién con este film debutaba como director. Para ambos significo el inicio de sus exitosas carreras, al ser el primero de una serie de siete westerns basados en obras del prolífico Zane Grey, los cuales fueron los siguientes: “Cazadores de Caballos Salvajes” (Wild horse mesa, 1932); “The Tundering herd, 1933), “El Paso del Ocaso” (Sunset Pass, 1933); “La Venganza del León” (Man of the forest, 1933); “To the last man”, (1933) y “The last round-up” (1934). Randolph haría otros dos de esta serie de Zane Grey que fueron “La Amenaza Roja” (Wagon Wheels, 1934) dirigido por Charles T. Barton y “La Ley del Oeste” (Home of the range, 1935) dirigido por Arthur Jacobson. El éxito de la serie puso a Scott camino al estrellato y la especialización en el western.
Aunque cabe señalar que en rigor la Paramount no supo, bien a bien encontrarle acomodo en un determinado tipo de películas, al probarlo en comedias mundanas como “Sábados de Juerga” (Hot Saturday, 1932) donde compartió créditos con Nancy Carroll y Cary Grant. Las críticas de la época señalaban que no se explicaban porque Scott no se quedaba con la chica, en lugar de Grant. La Paramount tenía a Gary Cooper para los grandes filmes de acción. A Cary Grant para las comedias románticas y a Búster Crabbe para las de menores de acción y por ello no se le prestó o dio mucho juego a Scott, en ese estudio.
Durante el rodaje de “Sábados de Juerga” nació una gran amistad de toda la vida, entre los dos actores. Cary Grant que para esas fechas ya tenía fama de tacaño, sugirió a Scott que vivieran juntos en un departamento para ahorrar gastos. Dicha situación provocó que con el tiempo circulara el chisme de la supuesta homosexualidad de los actores, al grado de que la Paramount les sugirió que cada quién pusiera su casa, a pesar de que la entrada y salida de aspirantes femeninas a “estrellas” era continúa por el departamento. Respecto a lo avaro de Cary Grant la mordaz y simpática de Carole Lombard, tanto fuera como dentro de la pantalla, advertía a quién la quisiera escuchar que tuvieran cuidado en prestarle su periódico a Grant, ya que era capaz de recortar los cupones de descuento que solían traer los diarios, para ahorrarse unos centavos en su compras en el supermercado. Molesto con los rumores de la época sobre la supuesta homosexualidad Grant llegó a declarar: “Vivimos en la misma casa pero no freímos huevos juntos”.
Randolph Scott se casó con la heredera Mariana DuPont Somerville, el 23 de marzo de 1936 y se divorció a principios de 1939. Pero tal era la discreción de Scott en cuanto a su vida privada, que cuando anunció su separación, muchos de los periodistas de espectáculos e inclusive algunos amigos, manifestaron que ignoraban que Randolph se hubiera casado. Posteriormente el 2 de marzo de 1944 se casó con Patricia Stillman, manteniéndose unidos hasta la muerte del actor. Con Patricia tuvo dos hijos Christopher y Sandra.
A finales de 1934 rodó la comedia musical “Roberta” (Roberta, 1935) bajo la dirección de William A. Seiter, compartiendo créditos con Irene Dunne, Fred Astaire y Ginger Rogers, participando con los dos últimos en otra comedia musical que fue “Siga la Flota” (Follow the fleet, 1936). A partir de estos films trabó, también, amistad para toda la vida con Fred Astaire, aunque con el bailarín nunca compartió un departamento para ahorrar dinero.
En 1935 bajo las ordenes de King Vidor trabajo en el sensible drama de la Guerra Civil “Cenizas de Guerra” (So Red the Roses), la cual fue un estruendoso fracaso y servía de ejemplo al “niño prodigio” Irving Thalberg, para justificar su rechazo a la participación de la MGM, con David O. Selznick, en la producción de “Lo Que el Viento se Llevó” (Gone with the wind, 1939), ya que según Thalberg, la guerra civil era veneno para la taquilla. Sin embargo su caracterización del aristócrata sureño Ducan Bedford, le ganó merecidos comentarios favorables, al grado de llegarle a sugerir a Selznick que Randolph Scott, estaba que ni mandado a hacer para el rol de Ashley Wilkes, pero a la postre se lo dio el productor el papel a Leslie Howard, a quién tenía ya bajo contrato. Leslie Howard ofreció una blandengue actuación, considerándose su abulia como una manera de estar miscast en “Lo Que el Viento se Llevó”.
Scott participo con fortuna en la versión de “El Ultimo de los Mohicanos” (The last of the mohicans) en 1936, realizada con gran acierto por George B. Seitz, la cual todavía era posible ver con frecuencia en las matinées de los años cincuenta. Con la filmación de “Por la Justicia y la Razón” (The texans) realizado en 1938, bajo la dirección de James B. Hogan y que tuvo una buena repercusión en taquilla se dio por
terminado su contrato con la Paramount. Scott se negó a renovarlo y firmo con Darryl Zanuck de la Fox uno de no exclusividad por varias películas y con la Universal otro contrato que lo obligaba a realizar una película al año, con una vigencia de siete, cuatro de las cuales para este estudio estuvieran entre las 10 máximas taquilleras en su año de explotación.
Su primera película para la Fox fue en la comedia infantil “Rebeca” (Rebecca of Sunnybrook Farm) al lado de Shirley Temple y después destacó junto a Tyrone Power y Henry Fonda, en “Jesse James” (Jesse James, 1939) como el sheriff que persigue a los famosos hermanos bandoleros. Y volvería a ser sheriff en “Alguacil de la frontera” (Frontier Marshall, 1939) dirigido con gran habilidad por Alan Dwan. Scott hizo de Wyatt Earp, en esta cinta basada en la novela semi biográfica “Wyatt Earp Frontier Marshall” de Stuart Lake, la cual también sirvió de punto de partida para John Ford y su célebre “Pasión de los Fuertes” (My Darling Clementine, 1946), aunque en rigor no se trata de un remake, a pesar de repetirse algunas situaciones en ambos filmes.
Poco a poco fue especializándose en westerns, aunque tuvo tiempo de participar en 1940 en la divertida comedia “Mi Mujer Favorita” (My favorite wife) de Garson Kanin, en la cual Ellen Arden (Irene Dunne) regresaba a su casa después de siete años de haber permanecido extraviada en una remota isla, al ser dada por muerta durante un naufragio. Era rescatada por el oficial Stephen Burkett (Randolph Scott) quién la pretendía, pero ella buscaba reconciliarse con su esposo Nick (Cary Grant) al cual encuentra que se ha vuelto a casar con Bianca (Gail Patrick). Los enredos y las disparatadas situaciones no se hacen esperar, con el celoso de Nick, que se debate con el conflicto de regresar con Ellen y creerle que todos esos siete años, le permaneció fiel, a pesar de la presencia de Stephen en la isla. Se trata de una de las comedias clásicas del cine norteamericano de los años treinta y cuarenta, la cual fue vuelta a filmar en 1963 con el título de “Yo, ella y la otra” (Move, over darling) dirigida por Michael Gordon, con Doris Day, James Garner, Chuck Connors y Polly Bergen y, aunque resulta muy entretenida, cuando se han visto las dos, es obvia la preferencia por “Mi Mujer Favorita”, aunque no tanto por la presencia de Randolph Scott, sino por las espléndidas actuaciones de Irene Dunne y Cary Grant.
En todo caso donde se hizo notar Scott fue en los westerns “Hermano Contra Hermano” (Virginia City, 1940) de Michael Curtiz, enfrentándose a Errol Flynn, al que siguió “La Tragedia de los Dalton” (When the Daltons rode, 1940) de George Marshall, en que era el sheriff que perseguía a los otros célebres hermanos bandoleros los Dalton, realizado por Marshall con su habitual toque de comedia que le imprimía a sus films. Aunque mas destacable fue “Espíritu de Conquista” (Western Union, 1941) realizado en color por Fritz Lang, quién siempre mostró una gran sensibilidad pictórica para su puesta de escena de los westerns que realizó. Scott era un bandolero que se redimía por el amor, claro está de una chica, (Virginia Gilmore) enfrentándose a su hermano, más malo que él, (Barton MacLane) y aunque era abatido, también eliminaba al malhechor, aunque con la ayuda de un amigo (Robert Young), quién era el que a la postre se quedaba con la chica, en este recordable western épico, sobre el tendido de las líneas de telégrafo, en el salvaje oeste. Otro tanto puede decirse del entretenido “La Indómita” (Belle Starr, 1941) del artesanal Irving Cummings, con la siempre belleza intrigante Gene Tierney como la facinerosa sureña Belle Starr, a la cual los yankees despojaban de sus propiedades y al final de la guerra civil, participaba en la guerrilla que encabezaba su marido Sam Starr (Randolph Scott). Como buen biopic que se respete domina la idealizada visión romántica sobre el personaje, que la verdad histórica sobre ella, aunque hay varias secuencias de acción que hacen agradable su visión.
Con la llegada de la Segunda Guerra Mundial Randolph Scott, quién no entró al servicio activo, se vio inmerso en la misma a través de varios filmes de propaganda bélica como “Paris Llama” (Paris calling, 1941); “Honor a las Armas” (To the Shores of Trípoli, 1942) dirigido por Bruce H. Humberston, con John Payne y Maureen O’Hara, que es de los destacables del género bélico de ese momento e indiscutiblemente el mejor de los protagonizados por Randolph Scott. Al género de guerra pertenecen también, los recomendables “Guang Ho” (Guang Ho, 1943) “Bajo el cielo de China” (China Sky) ambas dirigidas por el eficaz Ray Enright. Cabe agregar dentro de ese género las rutinarias “Crepúsculo de muerte” (Bombardier, 1943) y “Mar Abierto” (Corvette K-225).
Entre los filmes bélicos en 1942 filmo dos westerns compartiendo créditos con Marlene Dietrich y John Wayne que fueron “Indomable” (The Spolires) dirigida por Ray Enright y “Odio y Pasión” (Pittsburgh) dirigida por Lewis Seiler. Las dos fueron sonados éxitos de taquilla en la historia de la Universal. Los dos son westerns atípicos “Indomable” que también se ha llegado a conocer como “Los Despojadores” se ubica en Alaska, durante la fiebre del oro y de cierta manera el villano es Scott, quién quiere despojar de su mina a Wayne, al final las cosas se resolvían en un duelo a puñetazos. Y la segunda trata sobre un magnate del acero en la ciudad del Pittsburgh, a finales del siglo XIX y de la cual guardo muy poca memoria, pero de cierta manera es un western del Este. Durante el rodaje de las escenas de puñetazos de “Indomable” hubo una seria fricción entre Scott y Wayne, al grado de que se detestaban, mutuamente, aunque con el paso de los años se hicieron amigos y coprodujeron algún filme juntos.
En 1944 además de casarse con Patricia Stillman tuvo el acierto de invertir, parte de sus ahorros en al producción del western musical “La Divina Aventurera” (Belle of the Yukon) bajo la batuta de William A. Seiter. En un principio ofreció el rol de Belle Devalle a Mae West- Ella rehusó hacerlo al enterarse que sería filmado en Technicolor, por lo que corría el riesgo de que la fotografía descubriera algunas de sus arrugas y no pudiera ocultar su edad cercana a los cincuenta años en ese momento. El rol cayó en la striper Gipsy Rose Lee, como la encargada del saloon en la fiebre del oro en Canadá. La película ganó carretadas de dinero y encaminó a Randolph Scott en su ruta a convertirse en uno de los actores más ricos de Hollywood, estimándose su fortuna, al momento de su muerte en alrededor de 150 millones de dólares, muchos de ellos conseguidos en la producción de modestos westerns de clase “B” y en la época que aún no aparecían los sueldos millonarios a los actores.
En 1945 trabajo, al lado de Charles Laughton, en una curiosa y entretenida cinta de piratas titulada “El Capitán Kidd” (Captain Kidd) ubicada en 1699, sobre la búsqueda de un tesoro escondido, con el consiguiente enfrentamiento entre el ambicioso Capitán Kidd (Charles Laughton) y su lugarteniente Adam (Randolph Scott), lo vi hace tanto tiempo que mal recuerdo a Laughton en el plan de un pirata pícaro; pero se que en parte esa caracterización fue recogida por los creadores de “Piratas del Caribe”, pero no abusemos de la memoria y dejemos aquí el comentario en torno a “El Capitán Kidd” esperando encontrarla en el mercado del DVD y poder comprobar cuanto hay de imaginación en nuestro débil recuerdo de esta cinta.
Pero ese mismo año de 1945 forma una compañía con Nat Holt para producir una serie de films, empezando con “La Calle de los Conflictos” (Abilene Town) de Edwin L. Marin. Hacía el rol de un sheriff, encargado de meter paz en Abiliene al termino de la guerra civil, entre los norteños y los suerños y si bien se trata de un buen western, resultó mejor el siguiente “Donde los malos imperan” (Badman’s territory) dirigido por Tim Whelan, ambos, para variar, fueron grandes éxitos de taquilla, pudiéndose decir que dada la discreción con que siempre se manejo Randolph Scott, sin mayores aspavientos consiguió una independencia económica que le permitió hacer las películas que le vino en gana, sin meterse en estridentes pleitos con los estudios, al estilo de otras grandes estrellas como Bette Davis u Oliva de Havilland, siendo más el ruido que hicieron con sus demandas a los estudios, que lo que lograron en cuanto a poder decidir que filmar y protagonizar ellas. Otro cantar es el caso de Burt Lancaster y Kirk Douglas, entre otros de esa época, quienes también supieron de las mieles del éxito como actores – productores, aunque ya nos referiremos a ellos, cuando les toque su biofilmografía.
Con excepción de “Detectives por Fuerza” (Home sweet homicida, 1946); “Nochebuena” (Christmas Eve, 1947) y una aparición especial en el musical “El Amor lo Vence Todo” (Starlift,1951) a partir de “La Calle de los Conflictos” Randolph Scott sólo protagonizó westerns hasta cerrar brillantemente su carrera con su participación en “Pistoleros al Atardecer” (Ride the high country, 1962) de Sam Peckinpah. Fueron treinta y nueve en total que van de lo regular, a lo bueno y a lo excelso en algunos casos, pero en todos ellos encontramos algo que los hace gratos a los fanáticos del “género por excelencia”.
Aparte de Henry Hathaway que lo dirigió en una serie de siete westerns, hay otros cuatro directores con los que hizo también una serie completa de películas, como es el caso de Ray Enright, Edwin L. Marin, Andre de Toth y Budd Boetichear, siendo con este último la mas destacada y célebre en el la historia del western.
Con Edwin L. Marin, el más impersonal y artesanal de los cinco protagonizó “La Calle de los Conflictos” (Abiline town, 1945) ; “Corazones de Acero” (Canadian Pacific, 1949); “El Justiciero” (Fighting Man of the Plains, 1949); “Camino Virgen” (The Cariboo trail, 1950); “Aurora de Redención” (Sugarfoot, 1950) y “Texas 1876” (Fort Worth, 1951), siendo “La Calle de los Conflictos”; “El Justiciero” y sobre todo “Aurora de Redención”, los más destacados de los realizados bajo la batuta de Edwin L. Marin, aunque dentro de los parámetros de tratarse de productos de los llamados westerns serie “B” o menores.
Otro tanto puede decirse de la serie de los cinco realizados por el artesanal y poco inspirado Ray Enright a saber “Indomable” (The spoliers, 1942), “Sin Dios y Sin Ley” (Trail street, 1947) “Alburquerque” (Alburquerque, 1948); “Aguas Sangrientas” (Coroner Creak, 1949) y “Los Malos Regresan” (Return of the bad man, 1948). Aparte de lo ya mencionado sobre “Indomable”, líneas arriba de la serie bajo la batuta de Ray Enright, cabe destacar que en “Aguas Sangrientas” aparece, por primera vez, como motivación del personaje interpretado por Scott el tema de la búsqueda de vengar la muerte de su novia, en esta caso provocada por el malo que interpreta el eficaz villano de George Macready.
La serie de westerns con el célebre tuerto Andre de Toth esta compuesta por seis películas, en las cuales encontramos un avance, en tanto ya no son meros productos artesanales, sino la intención de buscar una exploración, sobre todo en los motivos de los villanos, a los que era afecto Andre de Toth, quién ya puede decirse que su cine va más allá de lo artesanal para ubicarse en los linderos de la autoría. El grupo se inicia con “Muerte a Medias” (Man in the Saddle, 1951) a la cual le siguen “Falsos Caballeros”(Carson city, 1952) “Lance de Honor”(The stranger wore a gun, 1953) “La Ultima Patrulla” (Thunder over the plains, 1953); “La Soga Siniestra” (Riding shotgun, 1954) y “Fieras Humanas” (The bounty hunter, 1954) destacan de esta serie “Muerte a Medias”, Fieras Humanas” y sobre todo “La Soga Siniestra” en cuanto a que el tema de la futilidad de la venganza esta presente en este western.
Y antes de llegar a la serie de Budd Boetticher cabe mencionar como de los destacados en la filmografía de Randolph Scott “Mares de Arena” (The Walking Hills, 1949) que fuera el primer western de los dirigidos por John Sturges, uno de los grandes del género en los cincuenta. Ubicado en la época actual, toda su trama transpira el espíritu del género, al tratar sobre un grupo heterogéneo, al cual solo los une la ambición de la búsqueda de un cargamento de oro, perdido en el desierto y sin llegar a los niveles de “El Tesoro de la Sierra Madre” o de “Oro Maldito”, nos encontramos con el conflicto y el deterioro de las relaciones entre los miembros del grupo, a causa de la posibilidad de lograr un enorme botín, en que cada uno va viendo la conveniencia de no compartirlo con los otros. Acompañan en “Mares de Arena” a Randolph Scott un grupo de los mejores actores secundarios de la época que le dan solidez al filme, entre los cuales destacan Ella Rains, Arthur Kennedy, Edgar Buchanan, John Ireland y William Bishop. Igualmente para “Mares de Arena” formo otra exitosa compañía productora, asociado con Harry Joe Brown, sin dejar de alternar en la producción con la que ya tenía con Nat Holt.
Jeferson Brim Cown en su libro “Randolph Scott. A Film Biography” nos da cuenta de que “Los Forasteros” (Hangman’s Knott, 1952) fue la películas más taquillera de toda la carrera de Randolph Scott, la cual apenas recuerdo haberla visto en algún ocasión, por ello me remito a lo que nos señala Javier Coma en la revista “Dirigido” de abril de 2005 sobre el film: “Exceptuando sus colaboraciones con realizadores de la talla de Budd Boetticher o André de Toth, los westerns protagonizados por Randolph Scott durante los años cincuenta, definen, pese a su pulcritud visual y narrativa, un estilo simple, lento, así como unas tramas sentimentales estereotipadas, al límite de lo soportable. Empero, indican de que mimbre estaba hecho el western de serie B que siempre frecuentó el actor, quién si duda amó el sueño de coraje y aventura que significaba para él el Oeste. Un poco como Zane Grey (1875-1939) autor por excelencia del género en el ámbito literario, tan prolífico como poco imaginativo, pero dotado de una curiosa fuerza poética que surgía de su realismo costumbrista. No en vano, Scott y Grey coincidieron en diversos filmes, especialmente al inicio de la carrera del intérprete; quizá ahí estriben sus afinidades”.
“Por eso sorprende una película tan dinámica y, en ocasiones, brillante, como “Los Forasteros”. La cinta funciona casi por saturación, rebosante de sucesos, incidentes y detalles, sin tiempos muertos. (…) La caudalosa acción que anega “Los Forasteros” no tiene un valor rígido; la materia rehúye de artificios y la aventura no es una mera cuestión de ritmo. La película dirigida y escrita por Roy Hggins (1914-2002) –creador y productor de series televisivas tan populares como Maverick y El Fugitivo- sabe como dibujar personajes creíbles que confieren a la película un tono áspero, casi trágico. Los movimientos de cámara relacionan tanto a los personajes con el entorno natural como entre ellos, para recoger aquel gesto, aquella mirada, que denuncia sus pensamientos y emociones; de los espacios abiertos –como ese desierto del inicio, martilleado por el sol y el polvo- a la claustrofóbica cabaña. “Los forasteros” es un western de serie B atípico, diferente, incluso en su conclusión: el romance que finalmente une a los protagonistas está tocado por un matiz de ambigüedad, pues él deberá saldar sus cuentas con la justicia antes de reunirse con su amada. La mirada inquieta de Donna Reed hace prever que dicho rencuentro no será tarea fácil.
André Bazin, padre intelectual de los críticos de “Cahiers du Cinéma”, la mayoría de los cuales, devinieron en directores de la “nouvelle vague”, publico una elogiosa crítica a la película “Seven Men For Now” y que esta recopilada en su libro “Que es el Cine”, la cual encumbró en el Olimpo de los autores cinematogáficos a su director Budd Boetticher.
Indudablemente la obra de Boetticher resiste el paso del tiempo y la apología de André Bazin tiene las suficientes asideras que dan solidez a su argumentación encomiástica sobre su western “Hombres Sin Destino” la cual, posteriores analistas la extendieron, en mayor medida a toda la serie de Scott, aunque algunos también ahondaron en sus anteriores filmes. Igualmente resulta claro que si la teoría se hubiera popularizado a finales de los cuarenta, la revalorización podría haber alcanzado, sin salirnos del western “B”, a directores como Lesley Selander o Joseph H. Lewis, quedando así establecida la arbitraria selección, ya que al amparo de la boga de la teoría del “Cine de autor” se cometieron algunas injusticias, tanto de inclusión como de omisión, quedando así pendiente la revisión al “santoral autoral” para su expurgación.
Bazin en su citado ensayo nos señala: “Mi admiración por “Seven men from now” no me llevará a concluir que Budd Boetticher sea el más grande realizador de westerns –si bien es verdad que no excluyo la hipótesis-, sino solamente a pensar que su film es el mejor western que he visto después de la guerra. Solo el recuerdo de “El Precio de un Hombre” (The naked spur) y de “Más Corazón que Odio” (The searchers) me obligan a poner una cierta reticencia en esa afirmación. Y es que resulta difícil discernir con certeza entre las cualidades de este film excepcional, las que provienen específicamente de la puesta en escena y las que deben atribuirse al guión y a un diálogo estupendo; sin hablar, naturalmente, de las virtudes anónimas de la tradición que están siempre dispuestas a florecer cuando las condiciones de la producción no se lo impiden. (…) Sea lo que fuere, e incluso si “Seven Men Form Now” es el resultado de una coyuntura excepcional, no estoy menos dispuesto a sostener que este film es uno de los logros ejemplares del western contemporáneo”.
“El primer motivo de asombro –dice Bazin- que nos proporciona Seven Men Form now” reside en la perfección de un guión que realiza la difícil proeza de sorprendernos constantemente a partir de una trama rigurosamente clásica. Nada de símbolos ni de segundas intenciones filosóficas; ni sombra de psicología; nada más que personajes ultraconvencionales en situaciones archiconocidas, pero, en cambio, una puesta en situación extraordinariamente ingeniosa y sobre todo una invención constante en cuanto a los detalles capaces de renovar el interés de las situaciones”.
“Hombres Sin Destino” (Seven men from now, 1956) fue el primero de los siete westerns realizados por Boetticher, protagonizados por Randolph Scott, uno de los arquetipos del “hombre del oeste” cinematográfico, como hemos venidos señalando. La constante global del ciclo es su sencillo argumento, con ligeras variantes, sobre un hombre desarraigado, que busca al asesino de su esposa para cobrar venganza.
En 1956 John Wayne, a través de su compañía Batjac, contrata a Budd Boetticher para que lo dirija en “Seven Men from Now”, pero sin embargo al prologarse el rodaje de “Más Corazón que Odio” (The searchers) y que estaba obligado a filmar, también, para John Ford “Alas de Aguila” (The Wings of Eagles), al no poder posponer, por compromisos con la Warner el rodaje, Wayne habló con Randolph Scott quién aceptó sustituirlo en “Hombres Sin Destino” (Seven men from now) y así de manera circunstancial se inició la fructífera relación entre el hombre de la cara pétrea y el vigoroso director. Los otros seis títulos, en el orden que fueron realizados, son “Los Cautivos” (The Tall T, 1957); “Día de Justicia” (Decisión at Sundown, 1957); ¡Ese Soy Yo! (Buchanan Rides Alone, 1958); “El Secreto del Jinete” (Ride Lonesome, 1959); “Patrulla de Audaces” (Westbound, 1959) y “Estación Comanche” (Comanche station, 1960)
En el caso de su alianza con Boetticher no fue sólo dinero lo que ganó Scott, sino que realizo en el plano de lo artístico una de las series más apreciadas de la relación entre un actor y un director, equiparable a las establecidas, dentro del western, entre Anthony Mann y James Stewart en “Winchester 73 (Winchester 73, 1950); “Tierra y Esperanza” (Bend of the river, 1952); “El Precio de un Hombre” (The naked spur, 1953); “Sin Miedo y Sin Tacha” (The far country, 1955) y “Hambre de Venganza),, 1956) o Delmer Daves y Glenn Ford con la trilogía “El Hombre Pacífico” (Jubal, 1956); “El Tren de las 3.10 a Yuma” (3.10 to Yuma, 1957) y “Cowboy” (Cowboy, 1958), aunque en este último caso estaríamos forzando un tanto el parangón, al no tratarse estrictamente de historias similares, con ligeras variantes para ahondar en el acercamiento a las motivaciones del personaje principal, como en los otros dos ejemplos de Boetticher-Scott y Mann-Stewart. En todo caso cabría agregar a Howard Hawks y John Wayne con la trilogía formada por “Río Bravo” (Rio Bravo, 1959. “El Dorado” (El Dorado, 1967) y “Río Lobo” (Rio Lobo, 1970)
Resulta obvio señalar que después del éxito de “Hombres sin destino”, producida por Wayne, Scott contrató por su cuenta a Boetticher para los otros seis westerns en que colaboraron y que como señala Quim Casas en su libro “El Western”: “Boetticher pudo contar con un equipo estable. Scott por supuesto encarnó a un mismo personaje, con ligeras variantes que lo fueron ensombreciendo anímicamente en los últimos títulos de la serie. El hieratismo y rostro grave de Scott, curtido en centenares de westerns de serie B (en realidad son 64 westerns de un total de cerca de 100 películas en que participó a lo largo de su carrera) y en alguna otra producción de mayor envergadura, encontró en la austeridad y concentración de Boetticher su mayor respaldo. Siempre solitario, siempre introvertido, el personaje de Scott busca desde hace tres años al causante de la muerte de su esposa (Día de justicia), cuando puede encontrarlo ha transcurrido tanto tiempo que ya el asesino ni recuerda a su víctima (El secreto del jinete), o después de diez años recorriendo el país sigue buscando a su mujer sin la certeza de encontrarla viva (Estación Comanche). Esta todo dicho: los westerns de Boetticher , cortos y sintéticos exploran con gravedad y distanciamiento las tragedias del héroe westerniano, negándole a veces sus atributos clásicos y dejando siempre insatisfecha el ansia primitiva de la venganza”.
“Burt Kennedy escribió el primer, segundo, quinto y séptimo títulos del ciclo. Charles Lang Jr. se hizo cargo del tercero y cuarto, mientras que Berne Giler firmó el sexto y más atípico, “Patrulla de audaces”. (…) Boetticher trabajó siempre en una misma dirección y los resultados desde un punto esencialmente visual, físico, son parejos en los siete filmes de la serie. Pero a veces dependía demasiado del soporte argumental, leve pero conciso, que le ofrecían sus guionistas. Con Kennedy se encontró más a gusto. Lang Jr. le brindó una suerte de fugas, sustituyendo los trayectos intinerantes de los filmes escritos por Kennedy, en especial “El secreto del jinete” y Estación Comanche”, por espacios cerrados y acciones detenidas en el tiempo. Y Boetticher siempre se movió mejor siguiendo, en travelling y panorámica descendente, a sus personajes por cañadas y barrancas lunares, que observándolos más apaciguados en las calles y viviendas de una ciudad”.
La fotografía en los filmes de Boetticher es otro de los aciertos de su obra, buscando, casi siempre, escenarios pedregosos y estrechos, antes que las planicies. Al igual que sus arranques son con Scott cabalgando, en un largo plano general avanzando a paso lento, hasta prácticamente llegar a donde está la cámara, en el momento en que han terminado de pasar los créditos y se inicia la acción propiamente dicha, si es que la memoria no me falla en el caso de “Hombres sin destino” y “Día de Justicia”. Por cierto en este último no es Scott quién mata al villano, pues lo deja a merced del pueblo que ajusta cuentas con su explotador, al tiempo que abandona la ciudad solo y amargado.
Para entender un poco más de este personaje solitario encarnado por Randolph Scott vayamos al recomendable libro de Georges-Albert Astré y Albert-Patrick Hoarau “El universo del western” en que nos dicen: “El camino para el héroe de Boetticher es largo, y, de película en película, vuelven las mismas causas esenciales de su trágico ciclo. ‘Todas mis películas con Randy Scott –declarea Boetticher- cuentan casi la misma historia, con ciertas variantes. Un hombre que busca al asesino de su mujer’. A partir de este esquema clásico, Burt Kennedy, guionista de los principales de Boetticher, ha esculpido pacientemente la imagen de un Randolph Scott guiado a la vez que cegado por el recuerdo de un amor desaparecido demasiado pronto. Su dolor no podría, en la óptica de Boetticher, justificar todos sus actos con una coartada hipócrita.
Efectivamente, si en “Estación Comache”, por ejemplo, la esperanza de encontrar un día a su mujer raptada por los indios constituye el motor de la mecánica moral y física de Randolph Scott, el héroe de “Hombres sin destino” y de “El secreto del jinete” se ha dejado ahogar, sin darse cuenta, por su sed de venganza, que ha acabado por constituir para él una especie de finalidad en sí. Scott, creyendo que cumple una misión justa, endurece poco a poco su alma a todos los ataques externos, cortándose así el camino a toda evolución psicológica. El infierno son los demás, que podrían desviar el curso de esta acción que ha adquirido la serenidad pedregosa del decorado y cuya violencia interna corre el riesgo de destruir al imprudente que la lleve en sí. Es preciso señalar que el héroe de Botticher se niega con demasiada frecuencia a encaminarse hacia una concepción menos desesperada del honor, hacia esta soledad moral donde halla su razón de vivir. Y de matar. Sin embargo, en “Día de Justicia” comprenderá la inanidad de su venganza y volverá a partir solo, sin haber matado al hombre cuya amargura había sido la única responsable de la muerte de su mujer. En este caso, la propia acción lleva al héroe a comprender su absurdez, pero será también ésta la que le permitirá rehacerse y superar la simple función de herramienta asesina en la que el héroe de Botticher, prisionero de sus obsesiones, podría convertirse”.
Indudablemente la serie de Scott tiene altibajos y es fácil coincidir que “Patrulla de audaces”, es la más alejada de ellas, en cuanto a la visión de la motivación de la venganza de ese hombre en busca de los asesinos de su esposa, resulta así la menos interesante del ciclo. Y siguiendo en una escala ascendente pondría después a ¡Ese soy yo!. En quinto lugar a “Día de justicia”, aunque aquí la diferenciación es más derivada de la memoria, porque con relación a los otros cuatro títulos resulta mucho más arbitraria la valoración, al ser los más ligados en la concepción genérica del ciclo y en los cuales los villanos están interpretados por una serie de actores secundarios, que sirven adecuadamente de contrapartes al hieratismo de Scott, llegando a brillar, inclusive, un poco más que el personaje principal, pero en rigor no se explican sin la presencia del otro, como es el caso de Lee Marvin en “Hombres sin destino”; Richard Boone en “Los cautivos”; James Cobrun y Lee Van Cleff en “El secreto del jinete”; Claude Akins y Skip Homeier en “Estación Comanche”. En realidad el análisis del ciclo puede hacerse a partir de cualquiera de estas cuatro cintas y las conclusiones no variarían, aun iniciando a partir de “Estación comanche”, para llegar a “Hombres sin destino”. A excepción de que la intención sea destacar la visión de Bazin para llamar la atención sobre este cineasta, a partir de la primera, sin que aun se supiera que con ella empezaba un ciclo, tan importante para la historia del género.
Y como ya estamos enrachados en las citas va esta de Andrew Sarris: “De los admiradores de “Pistoleros al atardecer”, de Peckinpah, ¿cuántos admiten que esta película es una especie de resumen de la prestigiosa serie de Westerns de Boetticher-Randolph Scott-Harry Joe Brown, que a partir de 1956 estableció un nuevo estilo en el género? Construidos en parte como odiseas alegóricas y en parte como juegos de póquer en casinos flotantes en que cada persona fanfarronea respecto a su mano, hasta que llega el momento de enseñar el juego, los Westerns de Boetticher expresan una serenidad cansona y una certidumbre moral muy contraria a las técnicas más neuróticas de otros directores de este género un poco olvidado. (…) No puede menos que preguntarse uno de dónde directores como Boetticher sacan la energía y la inspiración para hacer obras tan excelentes, cuando los críticos son tan increíblemente indiferentes al género, que quizá no pueden distinguir entre una película de Boetticher y una de Selander o de alguien aun peor”.
Efectivamente el último film de Randolph Scott fue “Pistoleros al Atardecer” (Ride the High Country, 1962). Western crepuscular que nos ofrece una ácida visión de la transformación del Oeste americano, en que tanto Randolph Scott y Joel McCrea aportan todo su background de estrellas del género, para darle sustento, precisamente, a esa visión del ocaso del heroe westerniano, con la cual cerró brillantemente su carrera Randolph Scott, para entrar al mundo de la leyenda del western.
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