Este miércoles 27, Elizabeth Rosamund Taylor cumplirá este 75 años de haber nacido, el 27 de febrero de 1932 en Londres Inglaterra, aunque sus padres eran de origen norteamericano, quienes administraban una galería de arte, propiedad de Howard Young, multimillonario tratante de arte de Nueva York y tío de Francis Taylor, padre la actriz y su madre fue Sara Warmbrodt.

Sara abandonó la ciudad de Arkansas, en Kansas, en su juventud, para buscar futuro como actriz, cambiándose su apellido por el de Sothern, ya que no le gustaba como sonaba el de Warmbrodt. Parece ser que sólo representó un papel importante en su vida, de acuerdo a lo que narra Alexander Walker en su biografía de Elizabeth Taylor y fue en la obra “The Fool”, aunque tuvo la fortuna de que pudiera trabajar en dicha pieza durante cuatro años, en que la representó tanto en Los Angeles, como en Broadway, así como en el West End de Londres, pero su carrera quedó truncada en 1926 al casarse con Francis Taylor.
Tanto Francis como Sara, pecaban un poco de snobs y gustaban de hacerse pasar como británicos y, quizás hubieran permanecido en Inglaterra, si la perspectiva de la Segunda Guerra Mundial, no hubiera convencido a Sara de regresar a Estados Unidos, en mayo de 1939, yéndose a vivir a California a la casa de su padre. Francis se incorporó a la familia en diciembre, una vez que finiquitó sus negocios en Londres.
Por eso no es de extrañar su afán de realizar su sueño de ser una gran estrella, a través de su adorable hija, la cual, a sus compañeras de escuela siempre les decía que sería actriz cuando creciera. Aunque Elizabeth iba a una escuela pública, Sara se las ingenió para que ingresara a una escuela privada de danza en Pacific Palisades, en un vecindario de gente de cine, al igual que Francis puso una galería de arte en Beverly Hills, siendo uno de sus clientes Cheever Cowden, presidente de Universal Pictures, por lo que no es de extrañar que pronto recibiera invitaciones a que hiciera una prueba cinematográfica su adorable chiquilla, tanto en la Universal como en la MGM, firmando., al final de cuentas, el 21 de abril firmó un contrato con la Universal, por 100 dólares semanales y renovación cada seis meses.
La Universal la colocó en la rutinaria comedia “Cada Minutos Nace Alguien” ( There’s one born every minute, 1942) al lado del entonces popular Carl “Alfalfa” Switzer, miembro de las comedias de “La Pandilla”. La cinta pasó sin pena ni gloria y como Liz ni cantaba, ni era una niña prodigio, el estudio no supo que hacer con ella, al no verle posibilidades de ser la nueva Deanna Durbin de la Universal, se suspendió su contrato en septiembre de 1941 y ya no se le renovó en febrero de 1942.
La MGM había empezado a finales del verano de 1942 el rodaje de “La Cadena Invisible” (Lassie comes home), teniendo prevista para el rol de la nieta inglesa del viejo duque (Nigel Bruce) a Maria Flynn, que había destacado en “Intermezzo”, pero al ver los primeros “rushes” se dieron cuenta que como estaban filmando en Technicolor, se requería una iluminación fuerte que provocaba el lagrimeo de los ojos de Maria Flynn, lo que obligó a toda prisa al productor Sam Marx a encontrar una sustituta y después de probar a cinco chicas la selección recayó en Elizabeth, que aun conservaba su dicción británica.
La MGM se fue con tiento en su contrato, al darle sólo uno de prueba por tres meses y 100 dólares semanales en octubre de 1942, pero para marzo del año siguiente se le hizo ya el de largo plazo (siete años) y prestándola a la Fox para una pequeña parte en “Tuyo es mi destino” (Jane Eyre), siguiendo “Evocación” (White clift of dover) y llegar su gran oportunidad en su quinta película que fue “Fuego de juventud” (National Velvet, 1944), en su inolvidable rol de la adolescente que gana la carrera de caballos, apoyada por el entrenador que interpretaba Mickey Roone, iniciándose así el estrellato de Elizabeth Taylor, que en un tiempo fue llamada “la reina” de la MGM en un trono mítico que compartía con el “rey” Clark Gable.
Elizabeth ha sido una de las bellezas más excepcionales que ha ofrecido el cine norteamericano y, si nos apresuran un poco, también podríamos decir que ha sido la mejor actriz entre todas las “sex-simbolos” impuestas por Hollywood. Igualmente se podría agregar que ha sido la única artista infantil, que ha gozado de mayor fama y gloria de adulta. Pero esto último en parte es debido, quizás, a que la Taylor niña, era una simpática y bonita chiquilla que solo aportaba de manera agradable su presencia en filmes como: “Cada minuto nace alguien” (1942) y “La cadena invisible”, pero en realidad no mostraba tener ninguna habilidad excepcional, a la manera de Shirley Temple (indiscutiblemente la más famosa de las actrices niñas). Pero precisamente su normalidad, fue lo que le permitió crecer de manera natural, a la vista del público, el cual fue aceptando como natural el desarrollo de la chiquilla de ojos violeta, al grado que la MGM pudo lanzar como campaña de publicidad para “Feliz amanecer” (Cynthia), en 1947, que en ella el público vería ¡el primer beso! cinematográfico de Liz Taylor.
En un principio, durante su carrera de chica adolescente, la MGM le dio papeles fáciles de hija rica, cuya única preocupación era la de poder mantener a su lado, al hombre que amaba. Mujeres frívolas y sofisticadas. Inconscientes y vacías. Así la vimos en “Rapsodia”(Rhapsody, 1954), tratando de conseguir el amor, por capricho, de Vittorio Gassman o perturbar la inspiración de Van Johnson en “La última vez que vi París” (The last time I saw Paris, 1954). Hablar de nimiedades matrimoniales en “El padre de la novia” y “El padre es abuelo” (The father of the bride, 1950 y Father’s little dividend, 1951). En realidad el único rol dramático que hizo en esa primera época fue el de “Ambiciones que matan” (A place in the sun, 1951) y de cierta manera era igual a todos los demás, pues era “la chica que lo tenía todo”; dinero, belleza y amor. Aunque en este filme causaba la perdición del joven Montgomery Clift.
Sería precisamente George Stevens, el director de “Ambiciones que matan”, quien le daría la oportunidad de romper el molde de la ingenua adolescente caprichosa, convirtiéndose de manera plena en una actriz completa en “Gigante”, al lado de Rock Hudson y James Dean. Ese filme la elevó a la calidad de superestrella. Stevens, a la vez que hizo lucir su serena belleza, supo mostrar su fuerte temperamento, con sus contradictorios arrebatos de ternura y agresividad, pero de carácter firme y enérgico, como su personaje “Luz Benedict” de “Gigante”.
A partir de “Gigante” ya sólo trabajaría en superproducciones o proyectos ambiciosos que en los siguientes cuatro años le harían ser nominada al “Oscar” de mejor actriz, el cual lo obtendría en su cuarta nominación por su actuación, apenas recordable, en “Una Venus en visón” (Butterfield
en 1960.”Oscar” concedido más por razones sentimentales que por las artísticas, pues indiscutiblemente, había mayor razón para que lo hubiera obtenido por su trabajo en “El árbol de la vida” (The Raintree county) (1957), “Un gato sobre el tejado caliente” (1958) o “De repente en el verano” (1959), que fueron las otras nominaciones.
Sobre todo, su caracterización de “Maggie, la gata”, será otro de sus personajes femeninos difíciles de olvidar por los cinéfilos. De manera acertada, Liz sabe darle toda la necesaria potencialidad sexual a Maggie. Una de las pocas mujeres que no resulten grotescas, dentro de la galería de personajes femeninos de Tennesse Wuilliams.
Después de “Una Venus en visón” vendría el accidentado rodaje de la subestimada “Cleopatra”, con todo y su escándalo en torno al divorcio de Liz Taylor y Eddie Fisher y su unión con Richard Burton. Película que por su líos extracinematográficos, cuando su estreno fue mal apreciada, pero no es del todo desdeñable el trabajo del realizador Joseph I. Mankiewicz.
En esa misma década de los sesentas, Liz ganaría otro “Oscar” en 1966 por su labor en “¿Quién teme a Virginia Wolf”? y lograría otra excelente y recordable interpretación en “Reflejo en un ojo dorado”, otro de sus filmes subestimados. Igualmente su Kate de “La fierecilla domada” merece estar en la galería de sus personajes inolvidables. Precisamente a partir de esta cinta su imán taquillero decayó, en parte por su exceso de participar en filmes de escaso atractivo comercial y que se alejaban en demasía del tipo de películas que a sus “fans” les gustaba ver interpretar por ella. Fueron “El ángel de la muerte” y “Ceremonia secreta”, ambos de Joseph Losey, los que iniciaron el declive estelar de Liz Taylor, quien a partir de ellos no ha volvió a lograr ser la gran estrella taquillera que alguna vez fuera. Siendo su última cinta la comedia “Esas chicas fabulosas” (These old broads, 2001), en que era la representante de Debbie Reynolds, Joan Collins y Shirley MacLaine. Pero es indudable que a lo largo de su extensa filmo biografía (63 títulos) tuvo muchos momentos estelares, que sirvieron para hacerla una de las grandes favoritas del público, sobre todo en los cincuentas y sesentas, que serán siempre recordados por los cinéfilos, al margen de los escándalos que haya sido su vida privada, pues ella ha sido ante todo una gran actriz de una belleza excepcional.
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