Guillermo Cabrera Infante
Escrito por Gustavo Arturo de Alba | 21 de Febrero de 2007 | Categorias: Cinefilia (Divertimentos), Escritores | Tiempo de Lectura: 8m 3s | Leido 611 veces.
Si es cierto que hay escritores con los cuales logramos entablar una entrañable amistad virtual, a partir de su lectura, en mi caso uno de ellos es, sin duda alguna, Guillermo Cabrera Infante, al cual constantemente gusto de volver a leer y ahora que se cumplen dos años de su muerte, ocurrida el 21 de febrero del 2005, a los 75 años de edad, en Londres, Inglaterra, he vuelto a revisar su obra.
Dada mi afición al séptimo arte son, precisamente, sus compilaciones de comentarios, evocaciones, ensayos y críticas en torno al cine que encontramos en sus libros “Un Oficio del Siglo Veinte”; “Arcadia Todas las Noches y “Cine y Sardina”, los que han sido revisados y disfrutados una y otra vez, sin olvidar su clásica ¿novela? o mejor dicho obra de narrativa “Tres Tristes Tigres”.
No es ninguna gracia hacerse amigo y compañero de quién escribe con una sabrosura y amenidad, en que más que leerlo siente uno estarlo escuchando de forma arrobada, sentado en torno de una mesa, formando parte de su tertulia, al tiempo que paladeamos un café o un ron con coca, (por respeto al maestro evito decir “una cuba libre”), esperando se tome un momento de respiro, para poder interrumpirle y hacerle una pequeña acotación o solicitarle nos precise o amplíe algo de su aserto, lo cual solamente provoca una nueva y chispeante disgregación, como debe de ser, en una conversación en donde priva la espontaneidad y el dejar fluir los temas sin ataduras o cortapisas de un guión preestablecido.
Lograr esa narrativa refleja, indudablemente, un estilo trabajado y depurado un sinfín de ocasiones, para llegar fluidamente a establecer una naturalidad, en donde no hay cabida para la afectación y si el gozo del placer de contar una historia, la cual nos cautiva, antes que nada, por el efluvio de su cascada de imágenes, remitiéndonos a nuevas descripciones, en un torbellino de ideas cuyo fin parece no llegar o, que nos llevan de sorpresa en sorpresa, sin reposo alguno, salvo el tiempo tomado para detener la lectura y recobrar fuerzas, buscando así salir de nuestro asombro, ante la prodiga imaginación de este notable escritor, a quién, merecidamente, se le concedió el Premio Cervantes en 1997.
Conocí a Guillermo Cabrera Infante en febrero de 1964 cuando en las estanterías de la cafetería “Excelsior”, la cual entonces también fungía como la única librería de nuevo en Aguascalientes, me tope con “Un Oficio del Siglo Veinte”, publicada por Ediciones R, en La Habana 1963, bastándome darle una hojeada para adquirir ese libro, donde se compila una selección de sus críticas cinematográficas publicadas en la revista cubana “Carteles”, bajo el seudónimo de G. Cain, desde 1954 y hasta 1960.
Como me encontraba, en ese tiempo, en la etapa en que quería dejar de ser un simple “devorador” de películas y revistas de cine de consumo popular como “Cine Novelas”, “Cine Album” o “Cine Confidencial”, entre otras de la época, para intentar tornarme en un cinéfilo o simplemente un conocedor, un poco más avezado, me había ido haciendo de los pocos libros sobre cine, que llegaban a la ciudad, por lo cual ya había comprado “Panorama del Cine Negro” de R. Borde y E. Chaumeton y “John Ford” de Jean Mitry y el tercero sería “Un Oficio del Siglo Veinte”, libro con el cual, como le dijera Bogart a Claude Rains en la frase final de –off course-“Casablanca” “Louis, creo que éste es el inicio de una bella amistad”, ya que en “Un Oficio del Siglo Veinte” se encontraban una gran cantidad de críticas a películas que ya había visto, lo que suponía me facilitaría la confrontación o la coincidencia entre las apreciaciones de un consumado crítico y un mero aficionado, aunque ya con largos años de “quemarme” los ojos ante la pantalla grande, desde los cuatro años, allá por 1951, en que los domingos me enfrentaba a mi propia disyuntiva de “Cine o Sardina”. En mi caso se trataba de la exigencia paterna sintetizada en: “Misa y Matinee”.
Ello se debía a que si pretendía ir a la matinee del Cine Encanto, acompañando a mis hermanas mayores, tenía que asistir a la misa de 8.30 a.m. en la Parroquia del Señor San José, donde el Sr. Cura Alonso se la tomaba calmada, llegando a durar hasta 40 o 45 minutos el oficio religioso, dedicado especialmente a los niños en esa hora y no obstante la función iniciar a las 9.30 a.m. no era posible salirse del templo, antes de finalizar la misa, pues una vez concluida era el momento en el cual mi papa me entregaba mi “domingo”, pecunio indispensable para poder pagar la entrada al cine.
Leído de cabo a rabo ese primer libro de Cabrera Infante lo siguiente fue, prácticamente, “fusilarme” más de una de sus críticas, en mis inicios de reseñista de películas, allá por 1966 en “El Sol del Centro” y después vino la lucha para sacudirme esa obvia influencia, con la intención de encontrar mi propio estilo, aunque sin dejar de mantener contacto con el autor, a lo largo de todos esos años, pues en cuanto salía un nuevo libro suyo, pronto buscaba adquirirlo y mantener así el contacto con ese escritor dotado de uno de los humores sardónicos, más deliciosos, en la cual la frase ácida o puntillosa aparece como con un dejo de indiferencia, soltada con la inocencia de quién pareciera no saber la hondura de su mordacidad o los alcances de su ironía, soltada con tal naturalidad, que resulta harto difícil no dejarse atrapar o fascinar con su lectura-conversación.
En relación a Cabrera Infante hay una anécdota que no me resisto platicárselas y es la siguiente: allá por octubre de 1970, junto con otros amigos teníamos un cine club que funcionaba los sábados en la “Casa de la Cultura” y resulta que presentábamos un ciclo dedicado al western, tocando ese día la exhibición de “Pueblo Embrujado” (Warlock, 1959) dirigida por Edward Dmytryk, con Richard Widmark, Henry Fonda, Anthony Quinn, Dolores Hart y Dorothy Malone y se suponía que en mi calidad de “fan” del género, me tocaba hacer la introducción a la cinta, pero como con motivo de la “Feria del Libro” estaba aquí en Aguascalientes Efraín Huerta, quién se había dedicado a la crítica y crónica de cinematográfica, para poder tener ingresos pecuniarios que le permitieran cultivar su “improductiva” pasión poética. Entonces tuvo a bien Víctor Sandoval, a la sazón director de cultura en el estado, “atravesarse”, como se diría en el argot taurino e imponer a Efraín, para hacer el multicitado prologo a la proyección.
Ese sábado, después de hacer labores de anfitrión con el poeta, en que anduvimos recorriendo algunos sitios de la ciudad y en que estuvimos en el Templo de San Antonio, cercano a mi casa paterna, agobiados por el trajín de la caminata, consideramos pertinente tomar un descanso, yendo a saborear un refresco en mi hogar, al tiempo que me pidió Don Efraín que le platicara ampliamente de “Pueblo Embrujado” en virtud de no conocer la película, ya que se rehusaba ver una obra del “traidor” Edward Dmytrick, que como todos sabemos, formó parte de los célebres “10 de Hollywood” que fueron a la cárcel por desacato, durante la cacería de brujas de McCarthy y el cual, doblado y humillado por la prisión, sucumbió y a los pocos meses aceptó “delatar” a sus compañeros de partido.
Disfrutando de un refresco en la estancia, en que también se encuentra mi biblioteca y al tiempo que buscaba convencer al poeta del excelente film que se perdía de disfrutar por su prejuicio o solidaridad de viejo militante del entonces clandestino Partido Comunista de México, se topó, curioseando entre los libreros, con mi ejemplar de “Tres Tristes Tigres” y para pronto me disgregue en mi perorata westerniana, para volcarme en elogios al libro, cuando me interrumpió Efraín Huerta con una nueva confesión: tampoco leía al “gusano” de Guillermo Cabrera Infante que había abandonado Cuba y se dedicaba a hablar mal de Fidel Castro.
Siempre le he agradecido a Don Efraín Huerta su franqueza aquel día, pues cuando por razones ideológicas o de empatía mi primera reacción es rehusarme a leer a alguien con quién no comparto su postura política, recuerdo aquella conversación y me digo: “¿No me estaré perdiendo de la obra de un gran autor o de otro Cabrera Infante, por el prejuicio de un compromiso político? Claro que en ciertas ocasiones, más me hubiera valido dejar ganar a mis prejuicios, sin embrago, cuando eso sucede siempre queda el refugio, para quitarse el mal sabor de boca, de regresar a uno de nuestros autores favoritos, entre los cuales se encuentra Guillermo Cabrera Infante, cuya relectura nos aportará un aire fresco de renovación y cuya desaparición física, no significa que no siga estando, junto a nosotros, a través de su valiosa obra literaria.
En “Cine y Sardina” el autor recuerda en su texto sobre la muerte de Néstor Almendros la siguiente anécdota: “Erase una vez cuando Billy Wilder encontró a William Wyler en el entierro de Ernst Lubitsch. <Que pena> , dijo Wyler, <no más Lubitsch>. Le respondió Wilder: <La pena es que no habrá más películas de Lubitsch> ¡Qué pena que no haya más libros de Guillermo Cabrera Infante!
Cineforever
Crisol Plural
El Electoral
Juega-ya
PsicoloBlog
Trozos de Código
El final del artículo no se entiende nada. ¿Así es la anécdota? La verdad parece que se les fue un párrafo.
Estimado Kubrick:
Gracias por tu acuciosa lectura. Efectivamente se nos fue una línea, pero ya esta corregida, esperando que ahora si se entienda.