Para el martes 20 a las 19.00 hrs. (tiempo de México) tendremos oportunidad de ver “La Condesa Descalza” el filme en que Ava Gardner consiguió su mejor interpretación en la pantalla, aunque no fuera nominada al Oscar por esta cinta, aunque si lo fue en 1953 por su labor en “Mogambo”. El que ganó el Oscar de Mejor actor Secundario fue Edmoind O’Brian, por su caracterización del nervioso agente de publicidad.
El rodaje de la cinta comenzó en la primavera de 1954 en Roma, ciudad a la que llegó Ava acompañada del torero Luis Miguel Dominguín, su novio en turno, para ponerse a las ordenes del talentoso director Joseph L. Mankiewicz.
Ava luchó, desde la primavera de 1953, cuando se iniciaron los preparativos de esta película, por hacer el rol de esa Cenicienta moderna con final trágico. El guionista y director Mankiewicz, quién a través de su compañía “Fígaro” producía la película, le ofreció, en primer lugar, el papel a Rita Hayworth, quién lo rechazo por suponer, acertadamente, estar inspirado en su propia vida, como posteriormente aceptó el guionista. Mankiewicz barajó también los nombres de Joan Collins, Lana Turner, Rossana Podesta y Elizabeth Taylor, aunque terminó por imponerse la selección de la coproductora United Artists, quién finalmente se salió con la suya, una vez que Dore Sachary, mandamás en turno de la MGM, mediante un pago de 200,000 dólares y el 10% de las ganancias, aceptó “prestar” la actriz a la United.
Sin intentar conjugar el verbo “hubiera” en el tiempo pluscuamperfecto de los tontos, haciendo elucubraciones baladíes sobre cual sería el resultado si en lugar de Ava, la interprete habría sido otra de las arriba mencionadas, el hecho cierto es que el personaje de “María Vargas”, ha quedado como paradigmática en la identificación de la persona que lo encarnó, asimismo, como ya lo señale al principio, en este film considero que esta la mejor interpretación de Ava Gardner, al grado de que la fusión o identificación entre personaje y actriz es plena, confundiéndose más allá de la pantalla que es recreación y cual la personalidad real de la actriz, marcada como “La Condesa Descalza” para toda su vida.
En su autobiografía la actriz reconoce que “no cabe duda de que La Condesa Descalza es con la que más me identifica la gente. Aquella maldita frase publicitaria: , seguramente me perseguirá hasta el fin de los tiempos”. Y como le chocaba en extremo dicho slogan, más adelante prefiere recordar que Francois Truffaut tuvo elogios más amables sobre su presencia en dicho filme, cuando hizo la reseña de la película recopilada en el libro de Truffaut “Las Películas de Mi Vida” en que señala: “La historia, cuyo núcleo visual es el cementerio donde, bajo la lluvia, se está enterrando a la gran estrella, es relatada sucesiva y fragmentariamente por varios personajes, uno de los cuales es el director de cine, Harry Dawes (Humphrey Bogart), que fue el único amigo verdadero de María y su único confidente. Ha llegado al lugar del suceso demasiado tarde para disipar el equívoco cuyo desenlace fatal intuía”.
“Riegan fuera del tiesto los que reprochan a Mankiewicz que haya abordado demasiados temas sin tratar a fondo ninguno, porque su intención no ha sido hacer una sátira de Hollywood (aunque es la más violenta que hemos visto), ni una película sobre la impotencia (que es simbólica, más que otra cosa), ni un panfleto sobre la Riviera y sus habitantes. Ha hecho un retrato de mujer, uno de los más hermosos que nos ha ofrecido el cine. La mujer es Ava Gardner, la actriz más bella de Hollywood”.
“Joseph Mankiewicz ha querido colocar a su protagonista, salvaje, natural y enigmática, en cuatro situaciones diferentes, en cuatro ambientes diversos, plantando cara a personajes contradictorios, examinar sus reacciones y explicar la moral que profesa la famosa estrella”.
En el capítulo dedicado a “La Condesa Descalza”, Ava aprovecha para hacer algunas reflexiones amargas sobre el estrellato: “El personaje de Muldon que le valió el Oscar a Edmond O’Brien, tiene mucha razón cuando el guión de Joe le hace decir . Y hablando como alguien que ya ha hecho el viaje de ida y vuelta, lo que realmente me gustaría decir acerca del estrellato es que me dio todo lo que no quería”.
“Lo que tienes que entender de mi, cariño, es que soy un ser humano normal, como cualquier otro. La cordura es mil veces más importante para mí que la celebridad, y considero que mi vida personal es asunto mío. Si la gente quiere ver lo que hago en la pantalla, pueden pasar por la taquilla y pagar su dinero. Más allá no siento ninguna responsabilidad”.
“Desgraciadamente, cuando tu cara y tu nombre están en posters por el mundo entero, se te trata como propiedad pública. He intentado decirme a mí misma que es ingrato quejarme, que si aceptas el dinero deberías aceptar lo que le acompaña: la perdida de intimidad, el foco constante. Pero nunca logré acostumbrarme a salir por la noche y tener a todo el mundo pendiente de si me tomaba una copa o tres antes de cenar. Nadie cree que pueda tener sentimientos. Leen las revistas y se piensan que lo saben todo acerca de mí”.
Si algo caracteriza a la obra cinematográfica de Joseph L. Mankiewicz es su juego constante en sus argumentos, sobre la realidad de las apariencias, en donde el juego de la ficción termina convirtiéndose en lo cierto o lo que provoca las consecuencias de una determinada conducta de los personajes, como es el caso de María Vargas, convertida en la esposa del conde impotente busca darle la felicidad de un hijo, a través de un padre “alquilado”, pero lo que era un “sacrificio de amor” es visto por el marido como un simple engaño que debe lavarse con sangre. Esta es una de las múltiples interpretaciones que logramos hacer de “La Condesa Descalza”, pero también podemos recurrir a Esteve Riambau en su ensayo “Joseph L. Mankiewicz” publicado en la revista “Dirigido”, números 135 y 136: “Cuando el cineasta dispone, por fin, de la gestión de medios económicos propios –derivados de la creación de la productora Figaro- y de un guión de integra creación propia –por primera y única vez en su carrera- centra toda su atención en el mundo del cine. La Condesa Descalza debe interpretarse, por ello, como un personal ajuste de cuentas, motivado por su propia experiencia en el seno de Hollywood, en el que delega su papel de víctima a una actriz de trayectoria meteórica y final trágico, mientras se reserva, en cambio, el de lúcido testigo de los hechos en una operación similar a la del crítico teatral Addison De Witt (George Sanders) en “La Malvada” (All about Eve, 1950). Ese no es, sin embargo, el único punto de contacto entre ambos filmes, puesto que –en un tono de común mordacidad- La Condesa Descalza reproduce la misma estructura de guión basada en la narración subjetiva; método que le había valido la obtención de sendos Oscar pero que remite inevitablemente al precedente de “El Ciudadano Kane”, (JLM). La diferencia entre ambos filmes estriba en que la condición social de la protagonista del de Mankiewicz se halla más próxima de la Cenicienta que del Kane wellesiano. El personaje central de La Condesa Descalza atraviesa sucesivamente la personalidad de una cantante española (María Vargas), una gran estrella de Hollywood (Maria D’Amata) y una aristócrata de la Costa Azul (María Torlati-Favrini) . Como la heroína del cuento infantil, María recibe las consecuencias del despotismo de una madre, tiene la oportunidad de acudir a una fiesta de ensueño –Hollywood- pero en cambio será víctima de las apariencias –como la gran mayoría de personajes mankiewiczianos- al desposeerse voluntariamente de sus zapatos y casarse con un príncipe que resulta no sólo impotente sino mortalmente celoso. La cruel Eva Harringnton y la inmortal Margot Channing se transmutan así en una simple víctima inmolada por la industria del cine ante la que el realizador Harry Dawes –el alter ego de Mankiewicz por la gracia de Humphrey Bogart- ”.
“Mankiewicz ha reconocido al respecto que . Lo que el realizador de Carta a Tres Esposas (A letter to three wives, 1949) omite, sin embargo, es que la protagonista de Gilda estuvo además casada con Orson Welles quién la convirtió en La Dama de Shanghai en símbolo, a la vez que víctima, de la caída del Imperio de Hollywood. Welles, como Mankiewicz, tenía también sus motivos para vengarse del despotismo de los productores, creando así con este film u n precedente que La Condesa Descalza sigue al pie de la letra. Harry Dawes, como Michael O’Hara en La Dama de Shanghai, son simples testigos de la decadencia de las respectivas protagonistas, pero también portavoces de sus correspondientes autores; factor que en el caso de Mankiewicz deviene en narcisismo sin excusas cuando se hace decir por María , como muestra de una serie de consideraciones personales sobre la profesión cinematográfica que, al parecer, fueron ampliamente mutiladas en el montaje definitivo”.
Y junto con la imposición (acertada) de llevar a Ava Gardner, el director tuvo que aceptar las sugerencias de los censores en el sentido de transformar la homosexualidad del conde, en un caso de impotencia derivado de heridas en la guerra, sin embargo, como señala Esteve Rimbau: “Pero todo ello no es obstáculo para que La Condesa Descalza mantenga aún hoy su carácter de ácido alegato contra la hipocresía y las apariencias en general y contra Hollywood en particular, en un mundo, como el del cine para una gitana, donde las apariencias deben siempre predominar sobre la realidad”.
Durante el rodaje Humphrey Bogart no tenía remilgos para mostrar su antipatía hacia Ava, como lo afirma Joe Hyams en su libro Biografía de Humphrey Bogart (Bogie) : “A Bogie no le gustaba Ava Gardner, la protagonista femenina, y no hacía nada por ocultarlo. Se quejaba de que, como actriz, no le daba nada con que trabajar. En consecuencia, cuando veía que una escena entre ambos no iba bien, deliberadamente equivocaba sus frases con objeto de que hubiera que repetirla. Su juicio era en general correcto, y él mereció parte del crédito que Ava consiguió por su actuación”. En rigor el disgusto de Bogart con Ava era que ella no ocultaba para nada su relación con Luis Miguel Dominguín, lo cual le incomodaba dada su estrecha amistad con Sinatra, haciéndole comentarios hirientes sobre su promiscuidad y censurando abiertamente su conducta. Dos años más tarde, cuando ya estaba recluido en su hogar, a consecuencia de su cáncer terminal y Sinatra brindaba estrecho consuelo a Lauren Bacall, no hizo ningún comentario sobre el especial sentido de la amistad que tenía el cantante, en cuanto a formas de consolar a la esposa de un amigo moribundo.
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