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La caída

Escrito por Jaime Casillas-Ugarte | 6 de Febrero de 2007 | Categorias: Bélico, Cine de Siempre en DVD, Ensayo | Tiempo de Lectura: 17m 53s | Leido 1661 veces.

La caídaCasi un año después de su estreno en Europa, llegó a México la película alemana “La caída”. Corrió sin mucho éxito en los complejos de salas de cine y apareció en DVD. La cinta describe de manera puntual y acuciosa, los últimos diez días de la vida de uno de los personajes más patéticos de la historia de la humanidad, el dictador Adolf Hitler.

El final de Hitler y su tercer imperio, era una película que estaba escrita desde hace mucho tiempo. Tuvieron que pasar sesenta años para que estos acontecimientos, profundamente cinematográficos, fueran llevados a la pantalla.

Tiene que ver con el final del hombre que incendió Europa y que dominó con sus ejércitos de horrores, parte de la geografía de ese continente. El hombrecito de los odios, de las teatrales vociferaciones, el que vivió para amenazar y cumplir sus amenazas. El que retó a la historia y que estuvo a centímetros. También el hombre que se equivocó y el que desencadenó una fuerza en su contra, que nadie sospechaba. Sólo dos años antes dominaba hasta las puertas de las ciudades más importantes del país de los soviets. En Abril de 1945, cuando transcurre la película, el gran conquistador vivía como un topo, escondido a 12 metros bajo tierra en una guarida de hormigón. Era un hombre enfermo, una ruina física, un viejo prematuro, y, si siempre se ha sospechado sobre su desequilibrio mental, en estos caida1.jpgmomentos eran declarados sus ataques de neurastenia y una agudizada paranoia. Un hombre que contemplaba con enfado cómo se derrumbaba su castillo de naipes. La guerra había girado en su contra y ahora eran sus enemigos los que cosechaban las victorias. Hitler deambulaba en su laberinto subterráneo. Un personaje en busca de destino. Todas las fuerzas que se pueden conjurar en una tragedia, están presentes en él y lo mueven a su antojo. Hitler ya no es de dueño de si, ni de su nación, y sólo piensa en la manera de poner fin a sus días.

Yo no sé si “La Caída” sea una buena o mala película. Yo la disfrute intensamente porque por razones que ni yo mismo comprendo (y que espero que este texto me ayuden a entender), el final del tercer reich y su ominosa derrota, sus ruinas humeantes, su desaparición por la puerta trasera de la historia, me han obsesionado desde siempre. Por lo mismo, ya estaba ampliamente familiarizado con los acontecimientos que ahí se narran. Lo que es más, siempre pensé que estos hechos estaban dictándonos el guión de una película. Ahora que la vemos realizada debemos darnos cuenta de que “La Caída” marca un hito, una nueva relación entre cine e historia, porque en estos más de cien años que tiene el cine de edad, nunca había habido una película que relatara de manera fiel y puntual los acontecimientos que habían sucedido en la realidad.

caida2.jpgEvidentemente que cine histórico ha existido desde siempre y lo que siempre hemos contemplado son recreaciones más o menos acuciosas, más o menos apegadas a lo que llamamos la realidad histórica, pero jamás fielmente apegadas a ella. En “La Caída”, lo que vemos, es muy probablemente lo que sucedió tal como sucedió. Lo que dice Hitler, es muy probablemente lo que dijo Hitler, y lo que contestan los generales, es muy probablemente lo que contestaron los generales. Salvo algunos detalles, esta película es una exacta reproducción de los eventos que sucedieron en el interior del bunker entre el 20 de Abril y el primero de Mayo de 1945.

Aquí, preciso detenernos un momento, porque estamos hablando del cine, el medio que nació única y exclusivamente para reproducir la realidad. El medio que asustó a los parisinos con trenes que se salían de las pantallas y el que cien años después, con “La Caída”, propone una nueva manera de salirse de la pantalla.

Mucho tiene que ver, evidentemente, el que el tema de la película haya sido un acontecimiento histórico estudiado, investigado y acotado de manera minuciosa a través de todos estos años.

En aquel abril de 1945 el Ejército Rojo toma Berlín. La bandera de la hoz y el martillo ondea al amanecer del primero de mayo en algunos puntos de fuerte simbolismo histórico de la capital alemana.caida3.jpg Está en el aeropuerto de Gatow, en la puerta de Brandemburgo y después de una feroz batalla, Melitón Kantaria y Mijail Yegorov, la colocan en lo alto del Reichstag.

La noticia se propaga por el mundo. Surge en ese instante la pregunta ¿qué sucede con Hitler y su camarilla?
Podemos imaginar esos momentos de terrible agitación, de noticias de última hora, de rumores y desmentidos. Para el ciudadano común, el que seguía las noticias lejos del teatro de los acontecimientos, la suerte del dictador era un tema de inmensa curiosidad.

El primero de mayo, alrededor de las diez de la noche, el sucesor de Hitler el almirante Dönitz, tomó los micrófonos de Radio Hamburgo. Con voz grave anunció al mundo que Hitler había muerto, esa tarde, al frente de sus tropas. No se dieron más detalles sobre su deceso y por aquellos días debió haber sido la exclusiva más codiciada por cualquier periodista, saber cómo había caído el tirano alemán. Pero por supuesto que esa simple curiosidad en las calles, era información de vital importancia para los gobiernos de las naciones en guerra.

Es curioso que el almirante Dönitz haya comenzado su gestión como nuevo mandamás del tercer imperio, con una mentira flagrante. Hitler no había muerto al frente de su tropa defendiendo Berlín. Tampoco lo había hecho esa tarde sino el día anterior.

caida4.jpgAl día siguiente el general Weindling se encargó de dar a conocer la verdad. Era un llamamiento a los defensores de Berlín para que se rindieran. Este fue transmitido en la radio y difundido en camiones con altavoces por las calles de la ciudad en ruinas. En él informaba al pueblo alemán: “Berlín 2 de Mayo de 1945. El 30 de Abril el Führer se suicidó abandonando a su destino a todos a los que había jurado fidelidad.” La lógica en la amarga arenga del viejo combatiente era que si el Führer había abandonado a su pueblo, ya no tenía caso seguir obedeciendo sus insensatas órdenes de resistir a sangre y fuego.

En los días subsiguientes iría surgiendo más información, pero en el estado de guerra que imperaba, los datos se sucedían en medio de la confusión y el desorden. Comenzaron a surgir rumores que aseguraban que Hitler había huido dentro de un avión que había despegado del centro de Berlín y que era huésped de Franco. No, se encontraba a salvo en la Argentina.

Los primeros en investigar en el campo, fueron los soviéticos, a órdenes expresas de Stalin. Antes que nadie entraron a los escenarios del drama último del tirano, la cancillería, el bunker y los jardines donde fueron incinerados su cadáver y el de su cónyuge. Como era de esperarse, lo que Stalin mandó investigar quedó en el escritorio de Stalin y a través de los años, se ha revelado muy poco.

caida5.jpgEntra en escena Michel Angelo Musmanno, un oficial que estaba a las órdenes del general de marina Mark W. Clark. Acantonado en Florencia, hasta sus oídos llegaron las historias y rumores. Por esta razón recomendó a sus superiores investigar la muerte del dictador, hasta el más mínimo detalle. “El pueblo norteamericano y los miles de hombres que ofrendaron su vida combatiéndolo, merecen saber la verdad.” Con estas apremiantes palabras terminaba su arenga, que debió causar una honda impresión en sus superiores, puesto que a los pocos días le fue encomendada la misión de trasladarse a Berlín para averiguar todo lo que pudiera. Entre Mayo de 1945 y el verano de 1948 Musmanno interrogó a más de 200 personas que habían tenido contacto con el llamado Führer. Con esta información, además de despejar las dudas de sus superiores, publicó el libro “Ten Days to Die”, un recuento detallado de lo sucedido en el bunker entre el 20 de Abril y los primeros días de Mayo.

Era tan “sólida” la confianza que reinaba entre los aliados, que los ingleses también iniciaron su propia investigación. Dick White era jefe del contraespionaje en la zona británica de Alemania y en aquellos días necesitaba de alguien que la condujera. Afortunadamente para él, y para nosotros, entre sus hombres trabajaba el historiador, por la Universidad de Oxford, Hugh Trevor-Roper. Roper rastreó testigos, visitó gente, consiguió documentos, se careó con líderes. En el curso de esta investigación él encontró el “Testamento Político” de Hitler y su acta de matrimonio.

hitler.jpgSus conclusiones fueron presentadas el primero de Noviembre de 1945 al comité de inteligencia cuatripartito que ocupaba la ciudad y el país. Más tarde se convirtieron, y ahí nuestra gran fortuna, en el libro “Los Últimos Días de Hitler”, un delicioso retrato histórico que combina una prosa excelente, una clara exposición, lo mejor del drama psicológico y un poco de trama detectivesca.

Con base en estos trabajos, a través de todos estos años, se siguieron haciendo investigaciones. Cuando en 1955 el entonces Canciller Alemán Konrad Adenauer, consiguió la liberación y repatriación de muchos prisioneros de guerra que se encontraban en poder de los Soviéticos, el tema se reavivó considerablemente, puesto que entre ellos había testigos clave que volvieron a ser interrogados por los especialistas. El mismo Trevor-Roper revisó a la luz de nuevas evidencias y testimonios sus propias conclusiones.

Al correr de los años, muchísimas personas y personajes se dieron a la tarea de profundizar sobre estos hechos subyugantes.

elhundimiento.jpgEn el año 2002, otro reconocido historiador, el alemán Joachim Fest, volvió a levantar la tierra y a descender al bunker. Con el título de “El Hundimiento. Hitler y el Final del Tercer Reich”, el libro de Fest es la revisión última. La puesta al dia de lo que casi sesenta años de investigaciones arroja sobre este acontecimiento.

Como los de sus predecesores, el libro es una crónica histórica, que linda con la novela. Hay detalladas descripciones de los ambientes, de los personajes en sus apariencias físicas. Pero hay también, (confrontando los testimonios de los testigos) las recreaciones de diálogos y acciones.

Y claro que hubo alguien al que se le ocurrió acometer la empresa de convertir aquello que se contaba tan vívidamente, en una película. Ya estaban ahí personajes de trágico destino, un escenario irreal y demencial, y por si fuera poco, abundaba en parlamentos creados por personas en situaciones límite. Qué más se podía pedir.

“La Caída” está basada en esta suerte de investigación de investigaciones y en el testimonio de un testigo de primera fila de muchos de los acontecimientos narrados, la alguna vez secretaria de Hitler, Gertrude “Traudl” Junge. Con estos materiales se dio forma a una película que se inserta perfecto en un mercado alentado por un público ávido de realidad. Lo que se construye es una especie de “Big Brother histórico. La cámara se pone en el lugar que ocuparon los testigos. Y confrontando sus testimonios se reconstruye algo muy parecido a lo sucedido, pero infinitamente más interesante que esas competencias donde cretinos se pelean por dinero.

caida6.jpgMuy poco queda a la ficción en esta cinta, acaso los coritos guerreros de los niños Goebbels, que yo no recuerdo haber leído en ninguna de las fuentes consultadas. También la aventura de un muchacho miembro de las juventudes nazis, cuyo tránsito en la trama sirve para realizar un boceto del ambiente que imperaba en la capital alemana, amenazada por las “hordas comunistas”. Cumple la función que en la tragedia se le asigna al coro. Pero estos fragmentos, pueden haber sido perfectamente posibles, pues todo lo que retrata es exacto históricamente.

“La Caída” es entonces una mirada objetiva en eventos llenos de visceral electricidad. A primera vista parece que la narración se carga para presentarnos a un Hitler manipulado por las obvias antipatías a su alrededor. Pero todas las evidencias que existen, nos hacen pensar que el trabajo de Bruno Ganz, el actor que lo interpreta, y de Olivier Hirschbiegel, el director de la cinta, retratan sin pasiones a ese hombre atrapado en su mentira, el atribulado líder que se derrumba, el general de una catástrofe de históricas proporciones y que pretende arrastrar hacia la tumba, a todos los que le rodean incluido el pueblo alemán. Para la gente familiarizada con los acontecimientos que aquí se narran, los ataques de neurastenia, las caida7.jpgvociferaciones, la insensata exigencia de destruir, de resistir a toda costa, no son ninguna exageración. Los gritos, los ademanes expansivos, las palabras machacadas en ese lenguaje que parece copiar las onomatopeyas guerreras, pueden ser atestiguados en los numerosos discursos que se tienen de este líder, uno de los primeros en utilizar de manera sistemática al cine, como parte de su propaganda.

Como las grandes tragedias la película está construidas en cinco actos, claramente delimitados por otros tantos eventos que fueron precipitando los acontecimientos.

Comienza con el cumpleaños del Führer el 20 de Abril. Una fiesta sin nada que festejar, sirve para observar las conductas de la camarilla intima del dictador. Los hombres que lo siguieron y rodearon en sus épocas de lustre y que ahora se mueven sigilosos, conspirando ante la inminente salida del jefe del escenario. Los despavoridos militares que huyen de Berlín, en un intento de sobrevivir. En este acto, lúgubre y funesto, contrapuntea la presencia de Eva Braun, la concubina imperial, un curioso personaje que enfrenta la derrota con un alborozo incomprensible. La imagen convocada para poner punto final a este acto, no podía ser más hermosa. Una bomba de humo, de polvo, de pequeños fragmentos, hace terminar el imposible festejo. Es una imagen profética. Todo se lo llevará el humo.

caida10.jpgLa segunda parte es la tozudez del tirano en resistir sin abandonar la ciudad sentenciada. La muerte es su capricho. Si antes mataba a sus enemigos, ahora asesina a los suyos, a su pueblo. Aquí sus delirios de grandeza y su imaginación inventan fuerzas fantasma que se conjuran para liberar Berlín y salvar a su huésped más distinguido. Es el falaz ataque de Steiner y es el fracaso de las defensas de la ciudad para detener el avance soviético. Es también la primer rabieta de Hitler y su evidente derrumbe. El final no podía ser más puntual. Hitler habla de darse un tiro en la sien y de transferir los poderes al Reichsmarschall, Hermann Göring.

El tercer acto es la consecuencia lógica de su última declaración y está dominada por los mecanismos de la sucesión puestos en marcha. Los diversos actores mueven sus piezas tratando de asegurarse el poder, o un buen lugar en el gobierno del nuevo Führer. Es la visita de Speer, la escaramuza del telegrama de Göring, que hábilmente manipulado por Borman, lo descarta de manera fulminante. Es el dedo tembloroso de Hitler que apunta a Himmler, pero que se detiene al conocerse de sus negociaciones con los aliados, a sus espaldas. Este acto termina con funestos augurios (el fusilamiento del concuño de Hitler, el oficial de la SS, Fegelein) y traición es la palabra que mejor lo define. La “traición” de Göring y la traición con mayúscula de Himmler. Este es el punto donde Hitler se da cuenta de que su suerte está echada, pues ya no puede confiar ni en los más leales. Lo que sigue es preparar su despedida de este mundo.

goebbels.jpgEl cuarto capítulo es breve pero alucinante. Es la cúspide. Lo precipita a estas latitudes la impensable boda del Führer y la señorita Braun. En ese momento de derrota, en el que la fatal visión de los augures está a punto de cumplirse, esta ceremonia nupcial es un giro dramático que al introducir un elemento de festejo, acentúa la condenación que acecha a los personajes. Al ser lo menos indicado en ese momento, se constituye como el elemento más eficaz para establecer lo ineludible de su destino. Es el anudar la cuerda de la horca, el afilar la cuchilla de la guillotina, el último clavo en el ataúd.
Llegamos al acto quinto y final. Son las despedidas, la entereza de Eva Braun, los arrebatos y arrepentimientos. Las lágrimas. Balazos en la sien, las cápsulas de cianuro y su aroma de almendras amargas. El fuego de la pira funeraria. Los ridículos hombres que levantan el brazo en señal de saludo a su líder muerto, huyen a guarecerse cuando la metralla del enemigo irrumpe con tino feroz. Como en las grandes tragedias el último acto está dominado por la muerte y la condenación.

Muchos piensan que para condenar a Hitler tenemos que conocer el montón de atrocidades que hizo, elementos que, precisamente, no están en la película. Cuando en la tragedia de Macbeth, vemos el bosque caminar y vemos que para que se precipite su caída, se conjuran hasta esas imágenes imposibles, sabemos que es una condenación por los crímenes que cometió. El punto es que los cometió a unos metros de nosotros. Acicateado por la ambición, nosotros lo vimos empuñar el cuchillo y descargarlo sobre sus posibles adversarios políticos.

caida8.jpgEn “La Caída” se renuncia a mostrar las atrocidades. Se pretende que el final sea lo suficientemente elocuente y llene ese vacío. Respetamos la visión de los creadores, pero los que saben lo que sucedió, disfrutan inmensamente las casi tres horas de proyección. Es una satisfacción inigualada por ningún otra película, ver cómo el tirano chilletea, babea y se retuerce debajo de las bombas y las amenazas. Hitler es el centro de ese laberinto que es la guerra. Los soviéticos quieren tomar Berlín sólo para atraparlo. Él se encierra en sus cavilaciones, platica con su cuadro de Federico el grande (el que por un milagro no perdió la guerra contra los rusos). Hitler con su mano temblorosa y su expresión estúpida hace rabietas de niño. Deambula por su bunker. Antes inspiraba temor y, cómo es imposible que su figura nos inspire lástima, produce risa ver que está rodeado de hombres temerosos y de borrachos.

Como en las grandes tragedias, mirada en su totalidad, es la historia perfecta para ejemplificar la justicia divina. ¿Viste todo lo que hizo Hitler? Pues mira lo que le pasó.

Él creyó que al morir se liberaría, pero una vez más, estaba equivocado. También se equivocaron Goebbels, Göering y Himmler, que también, en otras circunstancias, se procuraron la muerte.

goebbels02.jpgSólo en el caso de los hijos del gusano Goebbels, la muerte es una liberación. Seis niños asesinados por su madre para liberarlos del oprobio de haber sido hijos de dos fanáticos de la crueldad.

Es un acto monstruoso que en el contexto de la película es terrible, pero es uno más dentro del desfile de horrores que se contemplan. Para tratar de dimensionarlo, habría que recurrir a las memorias del Mariscal Zhukov, el generalote Soviético que demostró sus capacidades militares cortando el avance de los nazis sobre Moscú y que desde ese momento (Diciembre de 1941), dirigió el Primer Grupo de Ejércitos de Bielorrusia, anotándose decisivas victorias. Fue el general favorito de Stalin (aunque después de la guerra cayó en desgracia) y a la postre el conquistador de Berlín. ¿Cuantas crueldades no vieron sus ojos? La guerra entre Alemania y la Unión Soviética, con ese tamiz de mundos en colisión, de ideologías en lucha y, la llamada por los alemanes “Rassenkampf” o guerra racial, ha sido una de las luchas más crueles de la historia. Los que hayan visto la película “Ven y Mira” del director Elem Klimov, sabrán de lo que estamos hablando. Ahora imagine el lector que en los primeros días de Mayo caida11.jpgde 1945, cuando se descubrió el bunker subterráneo de la cancillería del reich, Zhukov y su estado mayor fueron a inspeccionarlo. Alguien le dijo que allá abajo habían encontrado los cuerpos de los seis hijos de Goebbels. “Debo de admitir” confiesa en sus “Memorias”,que no tuve corazón para bajar a ver a los niños cruelmente asesinados por sus padres.” Aquí constatamos que el juicio de la historia los libera. El enemigo ni siquiera es capaz de ver sus cadáveres, porque esos niños fueron las últimas víctimas del nazismo.

Y haga el lector las reflexiones.

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