El 15 de mayo de 1946 se estrenó “Gilda” en los Estados Unidos, convirtiéndose de inmediato en la cinta taquillera del año. Fue tal el impacto causado por Rita Hayworth con su sensual, erótico e insinuante número de strip-tease al cantar “Put the blame on mame”, traducido por algunos libremente como “Echame a mi la culpa”, que se convirtió en el objeto generalizado del deseo del público masculino. La conmoción fue de tal dimensión que el capitán de la nave que arrojó la bomba atómica, en las pruebas del 1 de julio de 1946, en el atolón Bikini, le pusiera por nombre a su avión: Rita.
Ese rol convirtió a Rita Hayworth en un mito cinematográfico y la marcó en su intimidad, al grado que cuando daba cuenta de sus infortunios amorosos y de la ilusión que provocaba en los hombres que buscaban poseerla, merced a los sueños vendidos en celuloide, llegó a pronunciar la frase compendio de su tragedia personal: “Los hombres se acostaban con Gilda y se despertaban con Rita Hayworth”.
Angel Fernández Santos en el diario El País, a los cincuenta años del estreno de “Gilda” señalo: “La película, después de tantos años, mantiene intacto su misterio. Es un filme hermoso, más complejo de lo que parece. Bajo él hay un trabajo fílmico de primer orden, uno de los umbrales del cine moderno, en el borde de la perfección”. Y efectivamente, visto con los ojos de un espectador actual, acostumbrado a lo explicito en el tratamiento de ciertas situaciones sexuales, termina uno por sucumbir ante la transpiración erótica de la Hayworth en su baile, a pesar de solo insinuar su desnudez, al iniciar el doblado de su guante para quitárselo. Nunca enseñó más, aunque no faltó el espectador viajero de la época, que si estaba con sus amigos de Barcelona, presumía haber visto una copia en Francia donde se mostraba desnuda. Los de México decían que en Venezuela, por esos tiempos menos timorata en su censura, el “strip-tease” duraba diez minutos.
En fin, en cada región donde se exhibió “Gilda” se tejieron leyendas sin fin, sobre cuanto enseñaba su cuerpo desnudo Rita en el filme y en particular en esa escena, culminada con el célebre bofetón propinado por el celoso de Glenn Ford, para sacarla del escenario.
[youtube]http://www.youtube.com/watch?v=OQbiu0PC0ok[/youtube]
“Gilda” inicia con Johnny Farell (Glenn Ford) a punto de ser asaltado por un ladrón en el muelle de Buenos Aires, siendo salvado del ataque y su posible muerte por Ballin Mundson (George MaCready) blandiendo un bastón-espada, que aleja al malhechor. Comienza una oscura amistad entre los dos hombres, al ofrecerle Mundson empleo en su casino a Johnny y convertirlo en su brazo derecho. Mundson, que también es un agente nazi, realiza un viaje a Córdoba y regresa casado con Gilda (Rita Hayworth), antigua amante de Johnny. Esté le monta una escena de celos a Ballin, diciéndole: “¿Cuando la conociste? ¿Sabes quién es? Habíamos dicho que las mujeres y el juego no concuerdan”. Mundson le replica, en actitud de mando: “Ninguno de los tres tenemos pasado. Quiero que te lleves bien con ella”.
Gilda es desatendida por Mundson. Intenta seducir a Johnny, quien la rechaza. La mujer entonces busca la satisfacción en otros hombres. Farell, por lealtad a Mundson, para no provocarle un disgusto, tapa las infidelidades de Gilda.
Al descubrirse las actividades delictivas de Mundson, escapa y simula su muerte en un avión en llamas. Farell sustituye a Mundson en la administración del casino y se casa con Gilda, sin llegar a tener relaciones sexuales. La mujer escapa a Montevideo a trabajar en un cabaret, hasta donde llega Farell a obligarla a regresar. Viene entonces la famosa secuencia del baile y la cachetada, provocando efectos catárticos en la pareja, la cual ahora si consuma su relación, al asumir su virilidad Johnny, con su potencia erótica, de celos y necesidad de ella. Regresa Mundson a querer ajustar las cuentas con la pareja, pero es ajusticiado por un viejo empleado, al tiempo que Johnny y Gilda se liberan de sus ataduras de servilismo, porque Gilda, más que una femme-fatale que destruya a los hombres, como es típico en el “cine negro”, es una mujer desvalorizada por los dos dementes con quienes se ha casado, la cual para no perder en el amor, busca producir estimulo sexual hasta conseguirlo con su erótico baile.
“Gilda” ha tenido una infinitud de interpretaciones sobre su tema, en que se ha querido ver una alegoría del complejo de Edipo, con el hijo sometido al padre; al igual que la historia de un triángulo con vínculos homosexuales no consumados o insinuados en la pantalla a causa de la censura y evadirla por el lado del conflicto de la lealtad varonil, de la culpa, del servilismo y la sumisión al amo y protector. En cierta medida la vigencia de “Gilda” es posible que se finque en todo el simbolismo que subyace en la historia, con unos diálogos donde su ambigüedad y posibilidad de dobles interpretaciones, permiten cualquier especulación sobre las motivaciones de los tres personajes de esta excelente joya del “cine negro”, la cual no solamente convirtió en mito a Margarita Cansino, sino también puso camino del estrellato a Glenn Ford, al no estar a la zaga a la actriz en cuanto a conseguir el aprecio del público femenino y la envidia del masculino por ser el hombre que abofeteó y amo a Rita Hayworth.
Textos Relacionados:
Glenn Ford: una estrella longeva (Primera parte),
La Bestia Humana de Fritz Lang,
La Casa de Té de la Luna de Agosto