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El Tren de las 3:10 a Yuma

Escrito por Gustavo Arturo de Alba | 20 de Enero de 2007 | Categorias: Cine Norteamericano, Cine de Siempre en DVD, Western | Tiempo de Lectura: 7m 30s | Leido 851 veces.

PortadaDelmer Daves solía platicar que en una ocasión, estando ya dormido, le llamó Harry Cohn, para enviarle, en ese momento, un guión el cual le urgía leyera y le diera su opinión lo más rápido posible. Ya no pudo conciliar el sueño y se lo devoró de un tirón. Así, al filo de las 5 de la madrugada le devolvió la llamada al magnate de la Columbia, con toda la sana intención de aguarle su sueño. Daves le dijo: “He leído el guión y me ha gustado mucho. Es quizás el primero que he leído y que podría empezar a rodar mañana mismo, sin necesidad de cambiar ninguna escena”. Cohn le replicó que entonces contaba con él si se decidía a comprar el libreto.
Posteriormente Daves se enteró que Cohn tenía una opción de compra que vencía a las 9 de la mañana de ese día. El guión le pertenecía a Robert Aldrich, a quién acababa de despedir de la dirección de “Bestias de la ciudad” (The garment jungle, ‘57), película terminada por Vincent Sherman. Cohn tenía el compromiso con Aldrich de que se podría llevar el guión a otro estudio si no ejercía su preferencia. La moraleja de esta anécdota nos la da el mismo Daves: “los encargos surgen así a veces. Una llamada telefónica a las dos de la mañana se convierte luego en una de tus películas favoritas: El tren de las 3:10 a Yuma”.
La acción se abre con la cámara en un full shoot en picado a la tierra, de arriba hacia abajo, permitiéndonos apreciar la rugosidad del terreno, causada por la sequía. Se inicia un contra picado de abajo hacia arriba, al tiempo que corren los créditos. Se va estabilizando el movimiento de la grúa, a una altura de unos dos metros y medio o a lo mucho tres, manteniendo fija la medida del lente y la profundidad de campo hasta el horizonte; de izquierda a derecha, vemos avanzar una diligencia, que levanta mucho polvo. Hay un ligero movimiento de la cámara, en el mismo sentido, para poder captarla al tomar una curva en el camino y naturalmente se dirige de frente hacia el sitio en que está la cámara, para terminar el plano secuencia en un nuevo full shoot, pero ahora de la diligencia. Desde esta secuencia de créditos Charles Lawton Jr. que utilizó filtros rojos para su esplendida fotografía en blanco y negro, nos da una densidad dramática, útil en la definición de unos personajes que no se van a mover en la oscuridad total, sino en la penumbra de los claroscuros de la propia vida, acordes a la ambigüedad del tema del filme sobre las motivaciones de dos hombres, los cuales sutilmente nos harán entrar en los terrenos de la discusión clásica sobre las nociones del Bien y del Mal.

Portada

Después del prólogo de los créditos vemos a un grupo de vaqueros arreando un hato de ganado que colocan en el camino de la diligencia, obligando al conductor a frenar. Se va disipando el polvo y comprendemos se trata de un asalto. Uno de los malhechores se sube a la diligencia junto al conductor Bill Moons para sacar la caja en que viene el oro. En un instante de descuido, Moons desenfunda y amenaza con matar al asaltante, buscando con ello frustrar el robo. Ben Wade (Glenn Ford) el jefe de la banda, sin inmutarse, dispara a su compinche que cae al suelo y entonces liquida a Moons. El granjero Dan Evans (Van Helfin) junto con sus dos hijos pequeños de unos diez y siete años de edad respectivamente, ha visto desde una loma el asalto. Wade, acompañado de su lugarteniente Charlie Prince (Richard Jaeckel) obliga a Dan a entregarle sus caballos, prometiéndole dejarlos sueltos al llegar a Bisbee y regresarán a su granja. Evans recoge, con sus hijos, su hato utilizado por los malhechores en el hurto. Acto seguido de llevarlo a la granja, toma unos caballos para regresar a dar ayuda al dueño de la diligencia asaltada. Antes se ha quejado con su esposa de los tres años de sequía y estar a punto de perder todo su patrimonio si no consigue doscientos dólares que le permitan aguantar otros seis meses, en lo que lleguen las lluvias.
La pandilla de Wade en Bisbee le avisan del asalto al sheriff del lugar, el cual sale con una partida a buscar a los asaltantes, conforme a los falsos datos que le han dado. Ben Wade ordena a sus compinches irse del pueblo, para quedarse a tener un breve romance con la cantinera Emmy (Felicia Farr), en uno de los bellos momentos líricos de este western.
Debido a su exceso de confianza Wade es capturado y el dueño de la diligencia ofrece 200 dólares a los hombres que acepten a llevarlo al pueblo de Contention, para que tomen allí el tren de las 3:10 a Yuma y entregarlo a las autoridades para que sea juzgado. Solo Dan Evans motivado por su urgencia de dinero y el borrachín del pueblo Alex Potter (Henry Jones) aceptan el encargo. Lo que sigue es una hora de tensión dramática y enfrentamiento entre los dos protagonistas, con escuetos diálogos que nos van descubriendo las motivaciones de ambos. Con un Wade, imperturbable conocedor de las debilidades de los otros hombres y la suya propia, deviene la fuerza y certeza de que al final de cuentas recobrará su libertad de una forma u otra. En tanto, Dan descubre que en el fondo los dos se mueven con una ética personal que los eleva por encima de los demás, permitiéndole trascender la motivación inicial de ganarse un dinero, al entender que está haciendo lo correcto. Al final del trayecto lo que encontramos en “El tren de las 3:10 a Yuma” es el juego dialéctico de comprendernos a través de aprehender al otro.
Elmore Leonard publicó por entregas su novela “3:10 to Yuma” en 1953 en el Saturday Evening Post y el guión lo realizó Halstad Welles, quién también en colaboración con Wendell Meys realizó el guión de “El árbol de la horca” (The hanging tree, 59), otro magnifico western dirigido por Delmer Daves. Estos son los únicos dos trabajos dignos de recordar de Welles para el cine, pues el grueso de su aportación literaria fue en series de televisión. Resulta obvio llamar la atención en que independientemente de la afirmación de Daves en su disposición a filmar el guión, sin agregarle o quitarle algo, la aportación del director en el establecimiento de la atmósfera adecuada para plasmar en imágenes su narración es básica y, se necesita de un cineasta para terminar llevando a la pantalla una historia correcta en el papel, pero la cual adquiere dimensión cinematográfica cuando se sabe filmar, diría Perogrullo, adecuadamente.
Efectivamente, en “El tren de las 3:10 a Yuma” solo contamos cinco muertos y una docena de balazos, haciéndonos decir que hay poca violencia para ser un western; pero a cambio de ello, hay una tensión dramática merced a un diálogo inteligente y bien estructurado, aunado a una puesta en escena cuya preciosa fotografía del agreste paisaje y gracias a la textura de la misma, nos hace sentir por momentos en el propio paisaje, oliendo el polvo seco de esa región semiárida. Una obra maestra del western, dirigido soberbiamente por Delmer Daves y con las sólidas actuaciones de Glenn Ford y Van Helfin.

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