Jack Palance

Escrito por Gustavo Arturo de Alba on Ene 18th, 2007 y archivado en Actores y Actrices, Biofilmografias, Cine Norteamericano. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Tu puedes dejar un comentario o enviar una referencia

Jack PalacePara las actuales generaciones de aficionados a la televisión, el nombre de Jack Palance quién falleció el pasado viernes 10 de noviembre, los remite a su labor de anfitrión en la serie “Ripley’s Believe It or Not!”, (Aunque usted no lo crea) realizada en los años ochenta, pero constantemente repetida en los canales culturales de los servicios de televisión por cable o, quizás lo hayan visto en “Cowboys de la ciudad” (City Slickers, ’91) en el papel de Curly Washbrun, especie de auto parodia de sus mejores roles de hombre del oeste, en films de los años cincuenta y por cuya labor ganó el Oscar de Mejor Actor Secundario en la entrega correspondiente a 1991, podría ser el motivo para que lo conocieran, mientras, para los cinéfilos asiduos a las matinées en los años cincuenta, enterarnos de su muerte fue evocarnos imágenes de varias cintas favoritas de los espectadores de esos años, sobresaliendo su caracterización del malvado pistolero Jack Wilson en “Shane, el desconocido” (Shane, ’53) quién mataba a sangre fría al indefenso granjero Frank “Stonwell” Torrey (Elisha Cook, jr. en una de las escenas más violentas de un western de esos años, aunque al final Wilson recibía su merecido, al ser liquidado por Shane (Alan Ladd). Por su composición del sádico Wilson recibió, Jack Palance, su segunda nominación al Oscar de Mejor Actor Secundario.

En rigor la primer ocasión en que ví a Jack Palance fue en “Hogueras de odio” (Arrowhead, ’53) en el rol del jefe indio Torrino el cual, al inicio de la película, regresa a la reservación después de haber estudiado en una universidad del este. Se presenta vestido de traje a la usanza del hombre blanco y en una efectiva escena al llegar con su tribu, se despoja de su sombrero Stetson dejando libre su cabellera, con cuyo gesto de inmediato nos trasmite el mensaje de haber regresado a su pueblo para encabezar, con ellos, la rebelión de la “danza fantasma”, profetizada por sus ancestros apaches que les hará sacudirse el yugo de los blancos. Como primer prueba de que nada lo ata a los blancos se dirige a las oficinas de la Wells Fargo, para matar al encargado quién es su hermano de sangre, ganándose la antipatía de la mayoría de la chiquillería, por lo que considerábamos un ataque cobarde, al estar condicionados a ver a los indios como los malos y a los blancos como los buenos, en ese código simple del western. Con el tiempo me quedó claro que “Hogueras de odio” es quizás el western más abiertamente racista y hostil hacia los indios, en el cual el director y guionista Charles Marquis Warren busca demostrar fehacientemente, a través de las diversas felonías cometidas por los hombres de Torrino, que el General Sherman tenía razón al afirmar “el único indio bueno es el indio muerto”. Pero más allá de consideraciones ideológicas “Hogueras de odio” no deja de ser un western excepcional con un Jack Palance en uno de sus roles convincentes de malandrín, en que gracias a su amenazadora presencia, poseedor de un rostro de apariencia perversa, con su voz gangosa, aunado a ello su notoria respiración al exhalar, le permitieron convertirse en uno de villanos más singulares del cine y por ende favorito de los aficionados.

Jack Palance nació el 18 de febrero de 1919 en Lattimer, Mines, Pensylvania, USA, en el seno de una familia de inmigrantes ucranianos, cuyo padre trabajaba de minero. Su verdadero nombre era el de Vladimir Palanyuk. En su juventud, utilizando el nombre de Jack Brazzo, fue boxeador profesional llegando a ganar 15 peleas, 12 de ellas por knock out, antes de perder ante Joe Baski en el cuarto round el 17 de diciembre de 1940. A causa de la guerra dejó el boxeo al incorporarse a la aviación. Al ir piloteando su bombardero B – 17 en suelo británico tuvo un accidente, sufriendo varias quemaduras en su rostro, teniéndole que realizar cirugía estética, siendo una de las secuelas la rigidez de su rictus y la forma de respirar, las cuales a la postre lo hicieron destacar en la escena. Por su destacada participación en la guerra recibió las medallas “Purple Heart” y la de la Victoria.

Al regresar a la vida civil ingresó a la Stanford University a terminar sus estudios de Periodista y trabajo de cronista deportivo en el San Francisco Chronicle. Al tiempo que hacía sus pininos en la radio, pasando al teatro en 1947 al debutar en la obra “The big two”. Más tarde fue contratado como suplente de Marlon Brando en la obra “Un tranvía llamado deseo”, quedándose con el papel de Stanley Kowlasky al emigrar a Hollywood Brando. Palance llamó la atención de la crítica por sus actuaciones en otras obras como “Darkenss on the noon”, ganando el premio de “revelación del año” en 1949 del Theatre World Award.

Pánico en la callesA instancias de Elia Kazan la Fox le ofreció un contrato el Hollywood, haciendo su debut en “Pánico en la calles” (Panic in the streets, ’50). La acción se desarrollaba en Nueva Orleáns y Palance era Blackie un criminal, infectado de peste bubónica por uno de sus compinches, recién llegado a Estados Unidos. Un médico del servicio de salud interpretado por Richard Widmark y Paul Douglas en el rol de teniente de la policía eran los encargados de emprender la búsqueda de Palance, ya que sólo tenían 48 horas, para que la peste no se propagara. Ya en el rol de Blackie Palance daba muestras de su talento, al dotar de cierto desequilibrio a su gángster de poca monta, el cual no se explicaba la razón de la cacería desatada por las autoridades en su contra, en este interesante filme de Kazan, el cual no dejaba de tener sus connotaciones simbólicas, sobre todo por el uso de la peste, dentro de la trama.

Después de participar en un pequeño papel en la recomendable cinta bélica “Hasta el último hombre” (Halls of Montezuma, ’51) logra su primer nominación al Oscar de Mejor Actor secundario por su rol del esposo de una rica heredera (Joan Crawford) a la cual planea matar con la ayuda de su amante (Gloria Grahame) en el excelente thriller de suspenso “Miedo súbito” (Sudden fear, ’52) dirigido por David Millar, cuya secuencia final de la persecución de Palance tratando de atrapar a la Crwaford, a través de las empinadas calles de San Francisco, resuelta de manera trepidante por su semejanza a una danza demoníaca.

Desde esos años combina su labor en el cine junto con apariciones en la televisión, hasta el año del 2004 en que participa en la cinta para televisión “Back When We Were Grownups”, en una larga carrera artística por cerca de 60 años en los escenarios, en que como señala Javier Coma en su “Diccionario de Cine Negro” se supo aprovechar “la torturada peculiaridad de sus rasgos. Su insólita faz, en la que sobrevivían connotaciones orientales, y su alta y delgada complexión le proporcionaron un look de inestabilidad e inadaptación, idóneo para personajes solitarios, huraños, y propicios al estallido. De este modo pudo añadir a la galería de villanos del cine negro composiciones extremas donde la brutalidad llegaba a convivir con cierto hálito romántico y donde asomaba una gran fuerza de expresión, adquirida en el teatro”.

Originalmente la Universal pretendía que Jeff Chandler hiciera el rol del bárbaro Atila en el film “Atila frente a Roma” (The sign of the pagan, ’54) pero el actor se rehusó, argumentando que sería malo para su carrera en ascenso ser el villano, razón por la cual aceptaba el de Marcisius, un oficial romano que combatía al rey de los hunos, sin hacerle caso al director Douglas Sirk, quién le insistía en que el centro de atención de la trama estaría en el personaje de Atila, pero Chandler se aferró a su idea de ser el galán, para que el público lo amara. Entonces alguien sugirió a Jack Palance, debido a su aspecto de oriental y después de verlo en “Shane, el desconocido”, Douglas Sirk se convenció de que poseía la fuerza suficiente y el aspecto sombrío necesario para sacar adelante al personaje, tal como sucedió al final de cuentas, en que terminó siendo un filme de Jack Palance opacando al galán Jeff Chandler.

Después de encarnar al rey de los hunos, regresó unos tres siglos atrás y al lado de Paul Newman, Pider Angeli y Virginia Mayo participar en “El cáliz de plata” (The silver chalice, ’54). Palance era Simón, el Mago, mezcla de mesías y charlatán que se autoproclamaba como liberador del pueblo de Israel, quién encabezaba una secta terrorista denominada los sicario. Llevado por su megalomanía y en un gran momento de actuación demencial de Palance, Simón se arroja desde una torre, pues creyéndose ya igual a Jesucristo, supone que si aquel pudo caminar sobre las aguas, él podrá volar y que al hacerlo, la gente le reconocerá como el verdadero hijo de dios. Obviamente Simón no lograba su objetivo, pero es posible que lo único rescatable de este churro seudo religioso sea la actuación de Palance, sobre todo si recordamos que Paul Newman, quién hizo su debut cinematográfico en este film, cuando fue exhibido en televisión, en la década de los setenta, mandó publicar una plana en Variety, pidiendole disculpas a la audiencia y lamentaba no tener los derechos de “El cáliz de plata” para destruirla, al considerarla el peor de los engendros en que había participado.

El productor y director Robert Aldrich le brindó una gran oportunidad de lucimiento en la adaptación de la obra de Clifford Oddets “Intimidades de una estrella” (The big knife, ’55) al darle el papel estelar de Charles Castle, un actor de Hollywood, atrapado en los engranajes de los estudios, en que debido a un accidente de carro en que mató a una persona y el estudio arregló que se ocultara su participación, se ha visto obligado a perpetrar todo tipo de filmes, perdiendo de vista sus ambiciones de juventud de realizar obras de calidad artística. Aunque no deja de delatarse el origen teatral del filme, tiene la suficiente fuerza la actuación de Jack Palance para darle credibilidad a su torturado personaje. Igualmente lucen en “Intimidades de una estrella”, Ida Lupino y Rod Steiger.

También es recordable la actuación de Palance como Roy Earle en “He muerto mil veces” (I died thousand times, ’55) remake de “Su último refugio” (High Sierra, ’41) cinta que significó un triunfo para Humphrey Bogart. Resulta interesante revisar ambas cintas, ya que tanto Bogart como Palance con diferentes matices, lograron llamar la atención del público, con su personaje del ex convicto que acepta realizar un último atraco que le permita retirarse, al tiempo que cree reivindicarse al ayudar a una chica ciega, pagándole su operación, sin percatarse de estar siendo utilizado. Por otra parte igualmente son dignas de comparar la puesta en escena de Raoul Walsh en “Su último refugio” fotografiada en blanco y negro, pero sabiendo hacer lucir los escenarios naturales de la sierra de California y, por su parte, Stuart Heisler utilizando el formato del cinemascope y el color consigue, igualmente, mostrarnos la torturante soledad de Ry Earle.

He muerto mil veces

El Pentágono rehusó darle cualquier clase de ayuda a Robert Aldrich en el rodaje de “¡Ataque!” (Attack!, ’56) al tratarse de una “historia indigna de la conducta del ejército en acción”, razón por la cual tuvo que ingeniárselas para dar un contexto de batalla, durante la Segunda Guerra Mundial al grupo de sus soldados americanos, que tratan de tomar una colina fuertemente custodiada por un batallón alemán, pues Aldrich sólo pudo contratar dos tanques, que gracias a su habilidad parecen una docena. Basada en una obra de Norman Brooks “¡Ataque!” es un duro enjuiciamiento, casi abstracto, a la estructura burocrática del ejército. Por un lado tenemos al teniente Costa (Jack Palance) enfrentando con su cobarde capitán Cooney (Eddie Albert), quién se negó a auxiliarlo para rescatar a un grupo de hombres atrapados en un campo abierto, durante el ataque a la fortificación alemana. Cooney es protegido por el Coronel Clyde Bartlett (Lee Marvin) originario del mismo pueblo que Cooney, quién es hijo de un influyente juez y político del lugar, razón por la cual Clyde se hace de la vista gorda de la mediocridad de Cooney. Al final de cuentas la cobardía de Cooney lleva a la muerte a la mayoría de sus hombres y Costa termina sacrificándose en un acto de heroísmo, un tanto inútil. Es evidente que Aldrich en su dualidad de productor – director, no contaba con un gran presupuesto para “¡Ataque!” y por ello recurrió a un reparto de sólidos actores, la mayor parte de ellos con experiencia teatral le dan consistencia al filme, que como es característico en Aldrich enfatiza el mensaje moralista de su historia, que a pesar de algunos “ganchos” de efectismo mantiene su vigencia, esta visión antibélica centrada en la futilidad de la guerra y el uso inmoral de los soldados rasos, por parte de los oficiales, en su lucha por ascensos rápidos, a costa de mandarlos al matadero.

Todavía trabajaría, Jack Palance, bajo las ordenes de Aldrich en la regular “Diez segundos al infierno” (Ten seconds to hell, ’59) ubicada en el Berlín de la posguerra, en la cual, junto con Jeff Chandler, comanda un grupo de expertos en desarmar bombas que no estallaron, durante la etapa de reconstrucción de la ciudad, buscándolas entre los escombros. El conflicto entre los dos protagonistas se suscita por el amor de la misma mujer interpretada por Martine Carol. En todo caso lo contrastante, en relación con “Atila frente a Roma”, es que en esta el villano era Jeff Chandler y el bueno Jack Palance.

Flor de Mayo (1959)Otra de sus interesantes aportaciones en el western es su participación en “Tempestad de odios” (The lonley man, ’57) dirigida por el artesano Henry Levin. Palance era el pistolero Jacob Wade, quién decide retirarse de la profesión y va en busca de su hijo adolescente Riley (Anthony Perkins) quién resiente el abandono del padre y le reclama su tardía preocupación por rehacer su vida, al no haber estado junto a él y regresar cuando ya su madre ha muerto. Realizada en pleno auge de los filmes de adolescentes y rebeldes sin causa “Tempestad de odios” salía airosa de la incursión del tema en el ámbito del western, siendo quizás una de las mejores cintas de las realizadas por Henry Levin.Jack Palance incursionó en nuestro cine cuando en 1959, bajo la batuta de Roberto Gavaldón y al lado de María Felix y Pedro Armendáriz, trabajo en la adaptación fílmica del melodrama de Vicente Blasco Ibáñez “Flor de mayo”. Lo cierto es que Jack Palance fue, en rigor, un sólido actor secundario que supo labrarse un nombre entre los cinéfilos y supo mantener su status a lo largo de su carrera, contando con una filmografía combinada de cerca de 130 películas, tanto para cine como televisión, en la cual los papeles que mejor le salían, o quizás aquellos en los que lo encasillaron fueron los que le permitían mostrar inadaptabilidad, desequilibrio, soledad y furia como su Jack Wilson de “Shane, el desconocido”.Š

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